Diez cuentos de Santander: entre el encanto y el miedo

6. El difunto Quiñones

Era una noche lluviosa en la casa de Nicolás y doña Blanca. El nieto de ambos, Álvaro —un joven músico que tocaba el tiple— y yo, Marquito, estábamos jugando parqués. En medio de la competencia comenzamos a hacer promesas para ver quién ganaba. Apostábamos cuatro mil pesos colombianos por partida, y la emoción aumentaba con cada turno, hasta que Nicolás, que nos observaba en silencio, decidió intervenir.

—Muchachos, les voy a contar una historia. Es la del difunto Quiñones, para que aprendan que, en estas tierras, hacer promesas y no cumplirlas trae consecuencias…

Nos quedamos callados. Sabíamos que las historias de Nicolás siempre dejaban algo en qué pensar. Álvaro, a quien tantas veces habíamos visto con el tiple entre las manos, apartó la mirada del tablero y se dispuso a escucharlo.

En el campo se hablaba del difunto o del finado para referirse a quien había muerto. Eran palabras que escuchábamos en las conversaciones, en los rezos y en los relatos de los mayores. Pero, aquella noche, al oír el nombre de Quiñones, sentí que Nicolás iba a hablarnos de alguien que no se había resignado a permanecer entre los muertos.

—Quiñones era un hombre pobre, conocido por todos —comenzó—. Mantenía a su familia con las pocas monedas que la gente le daba. Pedía ayuda para alimentar a su esposa y a su hijo. Un día, un rico ganadero de la región le prometió que, si llegaba a pasarle algo, él se encargaría de los dos. Le dijo que no se preocupara más. Quiñones se lo agradeció y se marchó con el corazón tranquilo.

Doña Blanca entró en ese momento y se acomodó para escuchar. Afuera, la tormenta rugía, y cada trueno parecía acompañar las palabras de Nicolás.

—Con el tiempo, Quiñones enfermó y murió. Lo enterraron en el cementerio del pueblo, en un féretro sencillo y en un rincón por donde pocos pasaban. Pero el ganadero no cumplió su promesa. Dejó de pensar en la esposa y en el hijo del difunto, como si ya no tuviera ninguna obligación con ellos.

Dos noches después del entierro, en medio de una tormenta, alguien golpeó su puerta.

—Bum, bum.

El ganadero se levantó. Entonces escuchó una voz ronca:

—Soy yo, padrino… el difunto Quiñones. Vengo a cobrarle lo que me prometió.

Sentí un escalofrío en la espalda. El nieto de Nicolás se encogió en su silla, asustado. Álvaro permanecía en silencio, atento a cada palabra.

—El ganadero y su familia se asomaron por la ventana —continuó Nicolás—. Lo que vieron los dejó paralizados. Bajo la lluvia estaba Quiñones, con la carne descompuesta: el mismo hombre al que habían enterrado hacía dos días. La esposa del ganadero gritó y se desmayó del terror. Él, sin saber qué hacer, mandó a buscar al sacerdote.

Nicolás hizo una pausa y nos miró para comprobar que seguíamos escuchándolo.

—El sacerdote llegó y le dijo que debía cumplir su promesa. El alma de Quiñones no descansaría mientras él no hiciera lo que había ofrecido en vida. Pero el ganadero, todavía incrédulo, no hizo caso.

La noche siguiente volvieron a escucharse los golpes en la puerta. Esta vez, desesperado, el ganadero cayó de rodillas y le suplicó al espíritu:

—Difunto Quiñones, vuelva usted a la tumba, que mañana cumpliré mi promesa.

Doña Blanca asintió, como si ya conociera el desenlace. Nicolás prosiguió:

—Al día siguiente, el ganadero llevó a la familia de Quiñones la ayuda que había prometido. Después fue al cementerio a pedirle perdón. El sepulturero, que lo observaba desde lejos, dijo que durante aquellas dos noches había visto al espíritu de Quiñones levantarse de la tumba y caminar hasta la entrada del cementerio, como si estuviera pendiente de que cumplieran lo prometido.

Al terminar el relato, Nicolás miró a Álvaro. El muchacho tomó el tiple y comenzó a tocar una melodía triste. Afuera, la tormenta seguía arreciando. Nicolás nos miró a los tres y, con voz baja y seria, cantó las coplas del difunto Quiñones:

En el camposanto frío,
Quiñones sale a cobrar
lo que en vida le prometieron
y nadie quiso pagar.

Cuando el muerto toca la puerta,
más te vale recordar
lo que le juraste en vida,
porque él no va a descansar.

En noches de viento y lluvia
se escucha en Santander
la voz de un alma en pena
que viene su deuda a hacer ver.




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