Era una tarde calurosa en Landázuri, durante la Semana Santa de 1999. Mi padre y yo habíamos vuelto a la región para que él atendiera a algunos pacientes, como acostumbraba por esas fechas. Nos encontrábamos en una vereda cercana, conocida como El Estanquito, donde el tiempo parecía detenerse entre el aroma del cacao y el café y los sonidos de la naturaleza.
Eran las tres de la tarde. Mientras mi padre se preparaba para atender a una anciana, yo jugaba cerca de su casa, sin hacer caso de las advertencias de los campesinos:
—No juegues en Semana Santa, niño, o te asustarán.
La mujer, de rostro curtido y cabello canoso, nos había recibido con una sonrisa cansada. Respiraba con dificultad después de tantos años de cocinar con leña. Apenas llegamos, me lancé a explorar los alrededores con el perro de la casa. Corría y reía mientras mi padre atendía a su paciente.
Al verme tan entretenido, la anciana me hizo una seña para que me acercara.
—Ven, niño, deja de jugar un momento y escucha. Esta es la Semana Santa y hay cosas que no deben hacerse.
Me senté a su lado, curioso. Cuando vio que le prestaba atención, comenzó a contarme una historia que, según decía, era bien conocida en el campo.
—Hace muchos años, en una vereda cercana al río Orta, vivía una niña llamada Rosita. Era traviesa y desobediente. En Semana Santa, como ahora, su madre tuvo que viajar a Cimitarra para visitar a un tío enfermo. Antes de irse, le advirtió que no jugara durante esos días. «Estos días son de respeto», le dijo. Pero Rosita, apenas se quedó sola, comenzó a correr y a reír en el solar, sin hacer caso de lo que su madre le había pedido.
La anciana hizo una pausa. Mi padre, que escuchaba desde un rincón, se acomodó para prestar más atención. Yo permanecí en silencio, pendiente de sus palabras.
—Era Miércoles Santo. Rosita jugaba sin preocuparse cuando escuchó unos murmullos extraños. Se acercó a la ventana de la cocina y, al mirar hacia afuera, vio algo que la dejó paralizada. En el solar, donde había estado jugando, avanzaba un cortejo fúnebre.
Las personas iban vestidas de negro. Tenían el rostro pálido y los ojos vacíos. Rezaban en voz baja, y sus pasos parecían hundir la tierra. Rosita intentó gritar, pero no pudo. Tampoco conseguía moverse. Era como si una fuerza invisible la retuviera y la obligara a presenciar aquella escena.
Mientras escuchaba, sentí que el aire se volvía más pesado. Hasta el perro, echado a mis pies, parecía haberse puesto en guardia. La anciana continuó con su voz suave y pausada:
—El cortejo se detuvo en el centro del solar. Rosita, atrapada por el miedo, vio cómo un ataúd aparecía frente a ella.
Las figuras seguían rezando:
—Ay, dale, Señor, el descanso eterno… Ay, ay…
—Entonces sintió que todo se le desvanecía —prosiguió la anciana—. Los vecinos cuentan que, cuando su madre regresó al día siguiente, la encontró desmayada en el suelo. El solar estaba lleno de marcas, como si una procesión hubiera pasado por allí. Desde entonces dicen que el cortejo aparece cada Semana Santa, para recordarles a quienes juegan y desobedecen lo que puede ocurrir en esos días sagrados.
Cuando terminó, mi padre sonrió y le agradeció la historia. La anciana, agotada, cerró los ojos y suspiró.
De regreso en Landázuri, mi padre me habló un poco más de aquel relato. Me explicó que en distintas regiones de Colombia se contaban historias de cortejos y apariciones fúnebres conocidas como el Guando o la Barbacoa del Muerto. En El Estanquito, según nos habían contado, aquella aparición recibía el nombre de el Velorio.
Con los años, el recuerdo de esa tarde se mezcló en mi memoria con las advertencias de los campesinos y con las leyendas que acompañaban nuestros viajes a Landázuri. Todavía podía escuchar la voz de la anciana y aquel lamento que había repetido junto a nosotros.
Esa noche, ya en la cama, recordé sus palabras y sentí un escalofrío. Pensé en Rosita, inmóvil frente a la ventana, y en las huellas que su madre había encontrado en el solar. En aquellos rincones del campo, durante la Semana Santa, la frontera entre lo real y lo sobrenatural me parecía tan tenue como la neblina que se cuela entre las montañas.