Diez cuentos de Santander: entre el encanto y el miedo

9. La maldición del visitante

Doña Blanca, mi madre y mi padre siempre me decían que antes de dormir había que rezar, porque, de lo contrario, uno podía recibir la visita del Viruñas.

—Reza, Marquito —me susurraba mi madre—, que, si no, el Viruñas puede venir a visitarte, y no querrás conocerlo.

Una noche, en el campo santandereano, me contaron la historia de José Antonio, un joven que disfrutaba de los placeres y bebía sin medida. Su tía estaba preocupada por él, pero José Antonio seguía empecinado en sus andanzas.

Una noche, mientras regresaba a casa, vio junto a un árbol un pájaro grande y oscuro, con ojos que parecían brasas encendidas. José Antonio sabía lo que aquello significaba: el Viruñas estaba cerca. La presencia del animal anunciaba que pronto recibiría su visita.

La primera vez que apareció, José Antonio ya estaba acostado. De repente sintió un frío que le calaba hasta los huesos. Allí, en un rincón de la habitación, estaba el Viruñas, vestido de negro y con un sombrero de copa alta.

El aire se volvió denso. José Antonio intentó moverse, pero no pudo. Estaba privado, como decían en Santander: paralizado por el espanto, sin poder hacer que su cuerpo respondiera.

El Viruñas avanzó lentamente. Con una sonrisa torcida, se acercó a su oído y comenzó a murmurar:

—Aquí estoy… ¡Y del averno vengo! Maldad llevo y cosquillas traigo… ¡No tienes por dónde escapar!

Aquel susurro helado le provocó un temblor que le recorrió todo el cuerpo. El Viruñas lo levantó en el aire y comenzó a hacerle cosquillas. Lo lanzaba de un lado a otro de la habitación y lo atrapaba antes de que cayera al suelo. Su risa resonaba entre las paredes.

—¡Ja, ja, ja! No reces, que, si lo haces… ¡me desvanezco!

José Antonio sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. El Viruñas le pasaba por la piel sus uñas largas y afiladas, dejando rasguños que ardían como fuego. Después volvió a hablarle al oído, con tono burlón:

—Si pides ayuda, nadie vendrá. ¡Grita todo lo que quieras, que aquí me quedo contigo esta noche! ¡Vamos a divertirnos!

Entonces le mordió el cuello y dejó una marca oscura.

—¡Déjame! ¡Vete! —intentó gritar José Antonio.

Pero las palabras no le salían. El Viruñas sonreía. Lo sujetó por el cuello y lo lanzó hacia la pared; en el último momento lo detuvo y, entre carcajadas, lo dejó caer al suelo.

Al escuchar el golpe, su madre y sus hermanas corrieron a la habitación.

—¡Toño! ¿Qué pasa? —gritaron.

José Antonio, pálido y tembloroso, apenas conseguía balbucear. Su cuerpo seguía rígido, sin responder.

Aquella fue la primera de muchas noches en que el Viruñas regresó. Siempre lo acompañaba el pájaro oscuro, que se posaba cerca de la casa. José Antonio reconocía el mal presagio, pero no encontraba la manera de impedir lo que venía después.

Varias veces, el visitante lo despertó bajo la apariencia de una mujer de rostro demoníaco. Se abalanzaba sobre él y luego revelaba su verdadera forma: el Viruñas, de piel gris y ojos vacíos, que lo devoraba con la mirada.

En una de aquellas visitas le susurró al oído:

—Soy tu sombra y tu pecado. Reza, si te atreves, pero de nada te servirá, porque donde yo entro… ¡la fe se quiebra y la esperanza se apaga!

Después entonó un canto que llenó la habitación:

—Hoy, por más que grites, nadie te oirá, pues todos duermen y Satanás te arrullará… Ay, ay, mi compañía es sombra y soledad, y aunque reces, tu fe no te salvará.

José Antonio, aterrorizado, se aferró al crucifijo de madera que su madre le había dejado bajo la almohada. Reunió las fuerzas que le quedaban y recitó un avemaría.

Al instante, el Viruñas gruñó y se cubrió el rostro.

—¡Esa madera maldita! No sabes cuánto la odio… ¡Me recuerda aquel madero de Cristo! Pero esto no termina aquí… Volveré, José Antonio, y la próxima vez no tendrás más que palabras vacías. ¡Ja, ja, ja!

Con un último chillido, desapareció.

José Antonio permaneció temblando, aferrado al crucifijo. Después de tantas noches de espanto, comprendió que solo la fe verdadera podía mantenerlo a salvo.

Desde entonces no volvió a olvidar sus oraciones antes de dormir. Rezaba con sinceridad, porque sabía que el Viruñas seguía acechando, a la espera de cualquier oportunidad para regresar.




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