Era una tarde húmeda y sofocante. Caminábamos por el sendero hacia Gualilo, en el camino a Landázuri, bajo los árboles que se inclinaban sobre nosotros y nos cubrían de sombras.
Entre las ramas encontramos una culebra juetiadora, de esas verdes, rápidas y escurridizas. En el campo decían que podía golpear con la cola las piernas de quien la sorprendiera, como si diera un juetazo. Aquel golpe, según contaban, causaba más susto que daño, pero bastaba para que muchos le tuvieran miedo.
A nosotros no se nos ocurrió mejor idea que atarla a una pita para asustar a quienes subieran por el camino. Entre risas, se la arrojamos a una señora que llevaba un canasto en la cabeza. Apenas sintió caer la culebra, soltó un grito que se escuchó hasta el otro lado del cerro y se desmayó.
Cuando volvimos a la casa, Nicolás nos esperaba en el corredor, con los brazos cruzados y aquella mirada que parecía vernos hasta el fondo del alma.
—¿Qué estaban haciendo? —preguntó.
No levantó la voz, pero su tono nos dejó clavados al suelo. Bajamos la cabeza y confesamos la travesura, avergonzados. Nicolás negó con la cabeza.
—No jueguen con esas cosas. Hay espíritus en el monte que no toleran a los muchachos que hacen maldades. Si siguen así, algún día se encontrarán con algo de lo que no podrán escapar.
Nos sentamos en silencio. Sabíamos que estaba a punto de contarnos otra de sus historias. Él se acomodó en una silla de madera, encendió un tabaco y nos miró fijamente.
—¿Alguna vez han oído del duende de Gualilo?
Soltó una bocanada de humo que quedó suspendida en el aire.
—¿El duende? —pregunté.
Nicolás asintió. El cielo comenzaba a oscurecerse.
—Se dice que un duende ronda por estos caminos. Busca niños traviesos como ustedes. A los que se portan mal, se los lleva al monte y los pone a recoger leña hasta que se les olvidan sus propios nombres. Los mete en cuevas oscuras y húmedas, donde ni los gritos se oyen. A las niñas les habla dulce, las enamora, pero les quita la razón y las hace perderse para siempre en el monte.
Uno de mis amigos se estremeció. Yo me removí en la silla, incómodo, pero Nicolás continuó:
—El duende tiene gustos raros. Le encanta la carne podrida y, por las noches, va al cementerio a buscar restos. Cuando no encuentra lo que quiere, se va a los mataderos o persigue a los chulos y les tira piedras para quedarse con los cadáveres. Y no se contenta con eso: entra a las casas, amontona bordones, dobla machetes y agria la comida. También es celoso con los hombres. Una vez se enamoró de un jornalero y, para evitar que se fuera, le dobló el machete como si fuera una cuerda de guitarra.
—¿Pero cómo saben que es real? —preguntó uno de los niños, con los ojos muy abiertos.
Nicolás sonrió de medio lado, como si hubiera estado esperando aquella pregunta.
—Eso lo cuenta don Ramón, un campesino de por aquí. Una vez, él y su padre intentaron cazar un duende. Pero a un duende no se lo puede atrapar con cualquier cosa. Tuvieron que hacer una jaula con la madera de un féretro, de esos que habían usado para enterrar a un inocente. Al duende le gusta esa madera, sobre todo si el muerto era alguien que había sufrido una injusticia.
Nicolás hizo una pausa y dio otra calada al tabaco.
—Para atraerlo, pusieron en el centro de la jaula una planta de ají mira pal cielo. Ese ají le gusta como a los chulos la carne podrida.
Conocíamos aquel ají, cultivado en Santander. Sus frutos crecían derechos, apuntando hacia arriba; de ahí le venía el nombre de mira pal cielo. Nunca había imaginado que una planta así pudiera servir para atrapar a un duende.
—¿Y lo atraparon? —pregunté, más curioso que asustado.
Nicolás asintió y se inclinó hacia nosotros.
—Dicen que llegó en la noche, atraído por el olor del ají. Se metió en la jaula y ya no pudo salir. Gritaba y golpeaba las barras; tenía una voz que parecía el chillido de un animal herido. Ramón y su padre lo dejaron encerrado hasta el amanecer. Entonces lo soltaron y consiguieron ahuyentarlo con cuerdas de guitarra y agua bendita. Dicen que el duende no soporta ni las cuerdas ni el agua bendita, porque no le gustan las bendiciones.
El silencio se hizo pesado en el corredor. Afuera soplaba el viento. Las sombras se alargaban y yo sentía que algo más podía estar escuchando desde el monte.
—¿Y qué pasó con el duende después? —pregunté, casi en un susurro.
—Dicen que todavía ronda por Gualilo, buscando a quienes lo hicieron prisionero —respondió Nicolás—. Y recuerden esto: si se encuentran con un duende y le hacen una promesa, deben cumplirla. Si la rompen, los buscará para siempre.
Esa noche, mientras nos retirábamos a dormir, no pude dejar de mirar hacia el monte. Pensaba en el duende, en la jaula de madera y en la culebra juetiadora que habíamos usado para nuestra broma. Prometí en silencio no volver a hacer algo semejante. No quería que el duende de Gualilo viniera a buscarme en medio de la noche.