Diez cuentos de Santander: entre el encanto y el miedo

4. El visitante del campo

Era una tarde típica en Landázuri, de esas en las que el aire del campo se llena de los aromas dulces del cacao y el café. Mi padre, el doctor, estaba en el corredor de la casa de Nicolás y doña Blanca, escuchando otra de las historias de nuestro anfitrión. Yo, como siempre, sentía una mezcla de curiosidad y miedo. Me acomodé en la hamaca, aunque el vaivén y el murmullo del campo comenzaban a adormecerme.

Nicolás inició su relato con un tono serio que me hizo prestar atención.

—Este cuento ocurrió en un atardecer santandereano —dijo, bajando la voz—, cuando el sol empezaba a ocultarse detrás de las montañas y dos niños, Lucas y Mateo, jugaban despreocupados en el cafetal, sin saber el peligro que los acechaba.

Los niños corrían entre las matas, ajenos a las advertencias de sus padres, que les habían pedido no alejarse demasiado.

—Pero de repente apareció un extraño en el borde del cultivo —continuó Nicolás—. Era un hombre alto, vestido con ropas oscuras y un sombrero de ala ancha que le ocultaba el rostro. Fumaba un tabaco y había algo en él… algo que hacía sentir que no era bueno acercársele.

Recordé la historia de la bruja Dominga, que doña Blanca nos había contado, y un escalofrío me recorrió la espalda. Me parecía reconocer aquella misma presencia inquietante, como si el mal pudiera tomar distintas formas entre los caminos y los cultivos.

El hombre dijo llamarse Mandíngas, uno de los nombres con que se hablaba del diablo en Santander. Pero los niños todavía no comprendían ante quién estaban.

—Hola, pequeños —los saludó, con una voz que resonó en la penumbra—. He venido de lejos para jugar con ustedes.

Lucas y Mateo intercambiaron miradas. Aunque sentían algo de temor, pudo más la curiosidad.

—¿Qué juego tienes en mente, Mandíngas? —preguntó Lucas, con un tono desafiante.

El extraño sonrió. Había algo macabro en aquella sonrisa.

—Cosquillas traigo y temor llevo. Del averno vengo, y aquí he llegado para hacerlos volar por estos senderos —recitó, con un susurro que parecía convertirse en viento—. No recen, porque si rezan, desapareceré…

Los niños sintieron un escalofrío. Aun así, lo siguieron hacia un claro más adentro del cafetal, donde apenas llegaba la luz del sol. Los árboles parecían susurrar advertencias, como si todo a su alrededor quisiera impedirles que continuaran.

—Fue entonces cuando el ambiente se volvió frío y la luz desapareció —dijo Nicolás—. Mandíngas se detuvo y su sonrisa se hizo más siniestra. El rostro comenzó a cambiársele, hasta deformarse en una mueca grotesca. Sus ojos brillaban con un rojo intenso, como brasas en la oscuridad.

Un trueno resonó a lo lejos. Cerré los ojos, pero seguía viendo lo que Nicolás contaba.

El Mandíngas se volvió hacia los niños.

—Es hora de jugar, pequeños.

Lucas y Mateo intentaron retroceder, aterrados, pero ya era demasiado tarde. Mandíngas atrapó a Mateo con una rapidez inhumana. Lo sujetó con unas manos que parecían hechas de sombras.

—Tú serás el primero —susurró.

Su risa sonaba como el crujido de ramas secas. Con movimientos lentos y calculados, comenzó a rasgar la ropa y la piel de Mateo, desollándolo como si fuera un animal. Lucas, paralizado por el horror, no podía moverse. El Mandíngas colgó la piel del niño en una rama, como un trofeo macabro, mientras Mateo caía al suelo, jadeando y temblando.

Nicolás bajó todavía más la voz.

—Entonces el Mandíngas miró a Lucas y le dijo: «¿Ves lo que les sucede a los desobedientes?».

Los ojos de Lucas se llenaron de lágrimas.

—¡Por favor, déjalo ir! —gritó.

Pero el Mandíngas solo sonrió.

—Ahora es tu turno.

En ese momento, mi madre entró en el corredor y me encontró inmóvil en la hamaca. Miró a mi padre, y él asintió para que Nicolás mantuviera los nombres inventados, procurando que yo no advirtiera la intervención. Entonces no comprendí el significado de aquella mirada; lo entendí después. Nicolás siguió contando y yo continué escuchándolo, con el miedo recorriéndome el cuerpo.

—El Mandíngas se abalanzó sobre Lucas y lo atrapó con unas garras afiladas como cuchillos. Su risa se convirtió en un eco que resonaba entre los árboles. Lucas sintió que le faltaba el aire y comprendió que el juego había terminado. Supo que él también sería colgado en aquel árbol, como una advertencia para quienes desobedecieran.

Al terminar, Nicolás sonrió y le dijo en voz baja a mi padre:

—Y así, el Mandíngas dejó su lección en el campo, como un aviso de lo que les ocurre a quienes desafían los límites del mal.

Mi madre me ayudó a levantarme de la hamaca.

—Ojalá no tenga pesadillas —murmuró.

Me llevó al dormitorio. Mientras me acomodaba para dormir, las historias de la bruja, las ánimas y el Mandíngas se entrelazaban en mi mente. En Landázuri, aquellos cuentos llevaban advertencias sobre los secretos que se escondían en la oscuridad del campo. Yo seguía pensando en los dos niños, en el cafetal y en aquella voz que les había pedido que no rezaran.




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