Mi nombre es Marco. Soy hijo de un médico y una diseñadora de modas. Nací y crecí en Bogotá. A los catorce años regresé a la tierra de mis ancestros, un rincón cargado de historias y secretos que, hasta entonces, solo conocía por las anécdotas de mi madre. Allí, ella, mis tías, mis abuelos y hasta mis bisabuelos habían tenido un pedazo de tierra. Pero la violencia los había obligado a dejar su hogar. En los recuerdos de mi familia, aquel despojo tenía un nombre: la chusma. Desplazados, terminaron refugiándose en las tierras de otros familiares ganaderos, en Landázuri, Santander.
Con el tiempo comprendí que aquella palabra guardaba una historia más compleja de lo que yo podía entender siendo niño. En las zonas rurales de Colombia se había utilizado para nombrar a distintos grupos armados irregulares. Durante las décadas de 1950 y 1960 podía referirse a autodefensas y guerrillas liberales; en otros momentos y lugares, también se empleó para señalar a guerrillas de orientación comunista. Su significado cambiaba según la época, la región y la posición de quien la pronunciara. Para mi madre, sin embargo, la chusma era, ante todo, el recuerdo de quienes habían llegado armados y de la huida que separó a su familia de la tierra donde había vivido.
La violencia y el despojo habían alterado la vida de muchas comunidades campesinas. Detrás de aquella palabra había disputas por la tierra, enfrentamientos políticos y familias que buscaban un lugar seguro. Al conocer después los estudios de Yie Garzón sobre las memorias de los chusmeros, entendí que esos relatos también exigían escuchar las distintas experiencias de quienes habían atravesado el conflicto. La de mi madre era una de ellas, y durante mucho tiempo la conocí a través de sus silencios, de los nombres que recordaba y de las cosas que nunca pudo recuperar.
El viaje desde Bogotá fue largo y sinuoso. Las carreteras nos alejaban del bullicio de Chapinero Alto y nos llevaban hacia paisajes de verdes intensos que parecían cobrar vida en cada curva. Hicimos una parada en Vélez, como acostumbrábamos en nuestros viajes. Allí, mi padre siempre compraba bocadillos y panelitas. Esos dulces calmaban mis antojos de niño citadino mientras nos preparábamos para continuar hacia un lugar que yo apenas comenzaba a conocer.
Desde Vélez tomamos una chiva que nos llevaría hasta Landázuri. Nos acomodamos en sus asientos de madera, duros e incómodos. Llevaba a mi gato Simón sobre las piernas y, cada tanto, lo acariciaba para tranquilizarlo mientras él miraba alrededor con sus ojos grandes y curiosos. La chiva avanzaba lentamente. Entre el murmullo de los árboles, el canto de los pájaros y el traqueteo del vehículo, el tiempo parecía transcurrir de otra manera.
Cuando el reloj marcaba las siete de la noche, encontramos un derrumbe en el camino. Tuvimos que bajar y continuar a pie. El lodo nos llegaba hasta los tobillos y dificultaba cada paso; el aire olía a tierra mojada y hojarasca podrida. Cargué a Simón y nuestras maletas mientras mi padre avanzaba con paciencia, sin perder el ritmo. Nervioso, el gato me rasguñaba al intentar soltarse, pero lo mantuve entre mis brazos hasta que llegamos a la casa de Blanca y Nicolás, dos campesinos de Landázuri que nos recibieron con los brazos abiertos.
La oscuridad envolvía aquella casa de paredes de adobe y corredor amplio, sencilla y acogedora. Mientras mi padre atendía a los pacientes que habían venido a verlo, doña Blanca me dio la bienvenida con una sonrisa y me preparó un tinto especial, más aguado y endulzado con panela, como lo hacen para los niños en estas tierras. Me sentí más despierto, aunque también un poco inquieto. La noche, los sonidos del campo y los rincones que todavía no conocía despertaban mi curiosidad.
De repente, se fue la luz y la casa quedó en penumbra.
—¡Nicolás! —llamó doña Blanca.
—¡Aguáite! —respondió él con calma.
Aquella era su manera de pedirle que esperara, que tuviera un poco de paciencia. La expresión, familiar en el habla de muchas zonas rurales de Colombia, salió de su boca con la naturalidad de quien sabe qué hacer cuando todo queda a oscuras. Encendió una vela, y su luz hizo bailar las sombras sobre las paredes.
Nicolás era un campesino y músico conocido en la región. Tenía el semblante sereno y las manos callosas de tanto trabajar la tierra. Tomó su tiple y comenzó a cantar con una voz profunda:
—¡Ay, ay, si la guabina!
Alargaba las notas mientras la melodía llenaba el corredor. Mi madre y doña Blanca se movieron al compás, cada una con un chal negro sobre los hombros. Alzaban los brazos y balanceaban los chales como si fueran alas. Sus sombras se mezclaban con las del fogón mientras seguían el ritmo de la guabina.
Después de un rato, la música se detuvo. Mi madre se quedó mirando el fuego, con un nudo en la garganta. En voz baja comenzó a contarme la historia de aquella tierra que tanto amaba y de la que había tenido que huir. Recordó a su gato, el compañero que dejó atrás, y a los vecinos que habían formado parte de su vida.
El día en que llegó la chusma, uno de aquellos vecinos logró escapar y corrió hasta su casa para advertirles del peligro.
—La chusma está cerca… Tienen que huir para salvarse.
La voz de mi madre temblaba al recordar la salida rumbo a Landázuri. Aquella noche buscaron refugio en la casa de un familiar para evitar que los descubrieran. Permanecieron en silencio, conteniendo la respiración, con el temor de que el menor ruido revelara dónde estaban escondidos.
Era 1960. Aunque yo escuchaba una historia familiar, lo que mi madre contaba pertenecía también a una herida que atravesaba el país. El periodo conocido como La Violencia suele situarse entre 1946 y 1958, pero sus consecuencias y los enfrentamientos armados continuaron durante las décadas siguientes. El asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, en 1948, y el Bogotazo habían agravado una confrontación que ya afectaba la vida política, social, económica y religiosa de Colombia. En el campo, las rivalidades partidistas podían decidir quién permanecía en su casa y quién debía abandonarla.