Era una tarde de esas en que la lluvia baja con fuerza por las montañas de Bolívar y llena el aire de un olor fresco a tierra mojada y a hojas de cafetal. Mi abuela Raquel, sentada en el corredor, desgranaba mazorcas. Su voz se mezclaba con el sonido de la lluvia.
Habíamos caminado casi tres horas por un camino destapado para llegar hasta su casa. Mientras observaba el paisaje y escuchaba a la abuela, sentía que todo lo que nos rodeaba tenía vida. Las montañas, los ríos, la neblina… Cada rincón parecía guardar un secreto, y yo, curioso como siempre, escuchaba con atención.
La abuela Raquel, robusta y de cabello blanco, comenzó a contarme una de esas historias que ella sabía y que todavía me inquietan al recordarlas.
—Vení, mijo, le voy a contar algo que le pasó a un hombre en Barbosa —dijo, haciéndome una seña para que me sentara junto a ella.
Me acomodé, ansioso por escucharla. Se inclinó hacia mí y bajó la voz.
—Dicen que allá, por los caminos empedrados, vivía un hombre muy borracho y cruel. Le gustaba beber hasta la madrugada y, cuando volvía a casa, trataba mal a su mujer y a sus hijos. La gente del pueblo le decía que esas cosas no se perdonan, que en las noches las ánimas benditas no se quedan quietas, pero él no hacía caso.
La lluvia golpeaba las tejas de barro y el viento helado me hacía acercarme más a mi abuela.
—Una noche —continuó—, después de beber hasta no poder más, decidió regresar a su casa tambaleándose. Eran las tres de la madrugada, la hora en que las ánimas despiertan y caminan por estos senderos. Entonces escuchó el llanto de un bebé, solito en el camino. Se acercó y vio a un niño envuelto en una manta, abandonado a la orilla. «¿Quién habrá dejado a este muchacho aquí?», murmuró. Sin pensarlo, lo recogió y siguió andando.
La abuela hizo una pausa. Yo sentí un escalofrío.
—El hombre siguió caminando con el niño en brazos, pero a cada paso notaba algo distinto. Primero se fijó en sus ojos: eran grandes, oscuros y parecían brillar en la noche. Pensó que el aguardiente le estaba haciendo ver cosas. Pero, de pronto, vio que el niño tenía dientes. Y no cualquier diente, mijo, sino dientes de hombre, largos y filudos como los de una bestia.
Me miré las manos, inquieto. La abuela me observaba con sus ojos serenos y graves.
—Pero eso no fue todo —dijo, acercándose más—. A cada paso, el niño iba creciendo. Primero le empezó a brotar un poco de barba; luego se le pusieron las manos huesudas y la piel gris, como si estuviera muerto. Y él, como si nada, miraba al hombre con una sonrisa torcida. El pobre ya empezaba a sentir miedo, pero no se atrevía a soltarlo. En un momento, el niño, que ya no era tan niño, lo miró y le dijo: «Papá, tengo barba». Ahí fue cuando el hombre se dio cuenta de que lo que llevaba en brazos no era de este mundo.
La abuela me miró fijamente. Había algo en sus ojos que no supe reconocer. La lluvia arreciaba: caía cada vez con más fuerza, y el golpeteo sobre el tejado acompañaba sus palabras.
—Pero la cosa no paró ahí —continuó—. El hombre seguía caminando sin poder soltar al muchacho. Sentía que algo lo sujetaba, como si el niño lo tuviera atrapado. Mientras tanto, el pequeño seguía transformándose y su sonrisa se volvía más siniestra. Al cabo de un rato, tenía una barba espesa y la piel tan gris que parecía hecha de cenizas. Y en su boca, mijo, en su boca asomaban unos colmillos largos, como los de un animal hambriento.
Sentí que la piel se me erizaba. La abuela prosiguió:
—Fue entonces cuando el hombre, asustado, tartamudeó: «¿Quién eres tú?». Y el niño, que ahora era una criatura maligna, le respondió: «Soy el contrario de aquel a quien ustedes rezan en el credo. Has cruzado mi terreno y yo soy el Viruñas. He venido a darte lo que mereces».
El Viruñas era uno de los nombres con que se hablaba del diablo en aquellas tierras; también lo llamaban el Patas. En los relatos que escuchábamos, podía tomar distintas formas y aparecer ante quienes incumplían sus promesas o desobedecían las advertencias de los mayores. Aquella vez había elegido el llanto de un bebé abandonado en el sendero.
La abuela guardó silencio y me dejó con el corazón acelerado. El viento seguía golpeando las tejas, y yo tenía la impresión de que hasta las montañas esperaban el final de la historia.
—Pero eso no es todo, mijo —dijo, con la voz más baja y grave—. Antes de desaparecer, el Viruñas sacó un tabaco, un tabaco largo, grueso, de esos mismos que les gustan a las brujas…
Volvió a detenerse. Me miró y se acercó un poco más. Luego cambió la voz, como si el propio Viruñas hablara por su boca:
—Porque dicen que las brujas, mis servidoras, disfrutan de esos tabacos y, con cada calada, el humo se lleva las almas de los que tienen deudas con ellas.
El eco de aquellas palabras quedó flotando en el corredor. La abuela se recostó en la silla y siguió mirándome. Yo tenía los ojos muy abiertos. En esas montañas, las historias que escuchábamos llevaban advertencias que uno tardaba en olvidar. Entre el viento y la neblina de las tierras de Bolívar, me parecía que había algo que observaba, algo que no perdonaba y que siempre estaba dispuesto a recordarle a uno lo que era.
La lluvia seguía cayendo. El sonido del viento mezclaba las palabras de mi abuela con susurros de otros tiempos.