Diez cuentos de Santander: entre el encanto y el miedo

1. La bruja: una historia de Landázuri, Santander

Era una de esas noches en las que la oscuridad del campo parecía envolverlo todo con un manto pesado. Doña Blanca preparaba el cacao y tostaba arepas al calor del fogón cuando comenzó a relatar una historia que había escuchado en sus años de niña. Mientras removía la bebida caliente, bajó la voz, y quienes la escuchábamos nos acercamos un poco más.

—Esa noche, la bruja apareció de nuevo —dijo, con los ojos entrecerrados, como si todavía llevara el susto dentro.

Contó que, siendo niña, había oído hablar de una vecina, doña Dominga, que vivía sola, apartada de la comunidad, y a quien todos temían. Era una mujer misteriosa, de ojos negros como el fondo de un pozo, cuya risa hacía eco en el campo. Movida por la curiosidad, Blanca se acercó una vez a su casa sin que nadie lo supiera. A las doce de la noche, mirando por una rendija entre las tablas de la pared, vio algo que nunca pudo olvidar.

A la luz de una vela, doña Dominga estaba sentada frente a un espejo. El cabello suelto le caía sobre el rostro como un velo oscuro. Con voz grave, exclamó:

—Aquí estoy y busco un favor. Convertirme en animales es lo que quiero.

Blanca, petrificada, vio cómo la sombra de doña Dominga parecía cobrar vida y se deformaba hasta adoptar una figura que ya no era humana. El reflejo del espejo mostraba un rostro de ave, con ojos oscuros que brillaban como carbones encendidos. De su garganta surgió un graznido bajo y amenazante. Blanca salió corriendo y, desde aquella noche, el miedo a doña Dominga se volvió parte de su vida.

Pasaron los días. Una tarde, mientras Blanca se iba al monte a recoger leña, su abuela, una mujer perspicaz, invitó a doña Dominga a entrar en la cocina.

—Siga, pues, comadrita. ¿Cómo me le va? —la saludó, señalando una silla de madera junto al fogón.

La llamaba comadrita, como se acostumbra en el campo para dirigirse con familiaridad y respeto a una amiga o a una vecina cercana. Sin embargo, aquella cordialidad ocultaba una intención que doña Dominga todavía no conocía. Apenas la visitante se sentó, la abuela abrió una Biblia en el salmo 91 y dejó unas tijeras abiertas sobre la mesa. Susurró una oración sin apartar los ojos de ella.

Doña Dominga sintió de inmediato el peso de algo invisible que la retenía en la silla.

—Me siento muy agotada —dijo, entre la irritación y el desespero.

La abuela disimuló su satisfacción.

—Comadrita, ya que está aquí, ¿por qué no me ayuda con el molino? Tengo mucho maíz que moler.

Sin poder marcharse, doña Dominga comenzó la tarea. El tiempo pasaba lentamente. Dos horas después, agotada, intentó levantarse de nuevo.

—Por favor, deseo irme.

Pero la abuela desatendió su urgencia.

—Ah, pero primero ayúdeme a desgranar el maíz, que es mucho y necesito terminar esta tarea.

La bruja, obligada a obedecer, desgranó las mazorcas con los dedos temblorosos, mientras murmuraba entre dientes. Cuando terminó, intentó marcharse una vez más, pero la abuela le pidió otro favor:

—No es suficiente, comadrita. Necesito que me ayude a picar los ingredientes para una sopa. Los trabajadores llegarán cansados y hay que alimentarlos bien.

La noche avanzaba y doña Dominga seguía prisionera de aquellas labores interminables. Hasta que, incapaz de soportarlo por más tiempo, exclamó:

—Por favor, cierre esa Biblia y esas tijeras. No puedo irme de aquí.

La abuela sonrió. En sus ojos había una chispa de astucia.

—¡Este paparote! ¿Creías que no me iba a dar cuenta? Vienes aquí, atormentas a mi nieta, le masticas el pelo mientras duerme, y he tenido que rodear su cama con borrachero y ruda para que la dejes en paz. Eres una bruja, comadrita.

Aquel paparote llevaba el reproche con que, en Santander, se señala a quien actúa sin pensar, hace torpezas o se equivoca una y otra vez. En boca de la abuela, además, dejaba claro que no se había dejado engañar.

Atrapada y exhausta, doña Dominga cedió.

—Lo he prometido, y por aquel que me ha permitido convertirme en lo que soy, juro que no volveré a molestarlos.

Entonces la abuela cerró la Biblia y recogió las tijeras. Libre al fin, la bruja salió de la casa tambaleándose, y la noche se tragó su figura.

Durante algunos días, todo pareció regresar a la normalidad. Pero una tarde, cuando el sol estaba por ocultarse, los jornaleros del cafetal vieron un enorme gallinazo volando sobre ellos. Uno de los hombres alzó la vista.

—Ahí está la comadre Dominga —afirmó.

Sin perder un segundo, tomó su trampero, un arma hechiza capaz de derribar a un animal a corta distancia, y apuntó al gallinazo. El disparo resonó entre los cafetales. El ave cayó sobre la copa de uno de los árboles y dejó un rastro oscuro entre las ramas.

Días después, doña Dominga apareció en el camino al pueblo. Tenía el rostro más sombrío que nunca y una venda improvisada cubría el lugar donde antes había estado su mano derecha. Un vecino se acercó, movido por la curiosidad.

—¿Qué le ha pasado, señora Dominga?

Ella lo miró con frialdad.

—Es mejor no preguntar. El diablo concede favores y transformaciones, pero no devuelve miembros humanos. Perdí lo que me ayudaba a volar, pero les juro que no volveré a cruzarme con ustedes. Quedé condenada a servirle al diablo.

Dicho esto, se alejó. Su sombra se alargaba sobre el polvo del camino, y sus palabras dejaron en los vecinos de Landázuri una mezcla de respeto y temor.

Desde entonces, los lugareños procuraron no cruzarse con ella. Sabían que había un poder oscuro en doña Dominga y preferían no desafiar aquello que se ocultaba entre las sombras del cafetal y las noches del pueblo.

Doña Blanca apenas había terminado aquella historia cuando se desató una fuerte borrasca. La tranquilidad que nos había acompañado junto al fogón desapareció en un instante. El viento arremetía contra las ventanas y la lluvia caía con tal fuerza que parecía que el cielo se hubiera desplomado sobre nosotros. El estruendo llenaba la casa, y yo sentía que el temporal traía algo más que agua y truenos.




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