Diez cuentos de Santander: entre el encanto y el miedo

7. El pacto de don Timoteo

Eran cerca de las diez de la noche y estábamos reunidos en la casa de Nicolás. Afuera, el viento comenzaba a silbar. El calor del fogón de leña apenas aliviaba el frío de la noche santandereana.

Nicolás afinaba el tiple. Después tomó unos quiribillos y los hizo sonar: aquellas cañas unidas por cuerdas, que se agitaban con las manos, producían un sonido vibrante y acompañaban la música de las fiestas campesinas. Eran instrumentos conocidos en Santander y Cundinamarca. Nicolás los dejó a un lado, nos miró con una sonrisa astuta y dijo:

—Les voy a contar una historia que les enseñará a no hacer promesas de esas que solo llevan al mal camino.

Sabíamos que siempre tenía una historia bajo la manga. Nos acomodamos para escucharlo y él, de nuevo con el tiple entre las manos, comenzó:

—Este es el relato de don Timoteo, un campesino que, por querer hacerse rico, terminó en manos del mismísimo Viruñas.

Permanecimos en silencio. Nicolás nos miró uno por uno, asegurándose de que prestábamos atención.

—Don Timoteo era un hombre pobre, criado en la humildad y acostumbrado a las carencias. Siempre había soñado con darles una buena vida a sus padres, pero ellos murieron sin conocer la prosperidad. Se quedó con su esposa y sus hijos y, por mucho que trabajara, la pobreza lo seguía persiguiendo.

Nicolás hizo una pausa y pulsó suavemente las cuerdas del tiple.

—Un día, Timoteo se cruzó con la bruja del pueblo. Ella le habló de un camino oscuro para conseguir riqueza. Él le ofreció unos pesos que tenía ahorrados y le pidió consejo. La bruja, con una sonrisa maliciosa, le entregó un libro viejo, lleno de palabras extrañas. Le dijo que allí estaba el ritual para hacer un pacto con el Viruñas, ese ser tan temido puaqui.

Aquel puaqui era la manera de decir «por aquí» que aparecía en su relato. Nicolás conservaba esas expresiones al contar, como si quisiera que escucháramos a los personajes tal como hablaban.

La bruja miró fijamente a Timoteo.

—Oiga, busté, si dinero es lo que quiere, esto deberá hacer: busque el cruce de cuatro caminos más solitario que encuentre. A la medianoche en punto, lleve una vela negra, sal gruesa y una botella de aguardiente. Forme el círculo con la sal, prenda la vela y vierta tres gotas de aguardiente en cada dirección del cruce. No mire hacia ningún lado mientras hace esto. Luego diga las palabras que le enseñé. Pero recuerde: busté no debe levantar la vista hacia quien aparezca, por más fuerte que sea el miedo o la curiosidad. Lo que escuche, respóndalo con seguridad y sin dudar.

Busté quería decir «usted». En la voz de la bruja, aquella forma de tratamiento hacía más tajante la advertencia.

Las indicaciones del relato evocaban los rituales de invocación atribuidos a antiguos grimorios, como la Clavícula de Salomón: libros de fórmulas y ceremonias que, entre las historias de pactos, adquirían una fama inquietante. Para Timoteo, el volumen que había recibido parecía contener la salida a todas sus carencias.

Nicolás se detuvo un momento antes de continuar.

—Desesperado por cambiar su vida, Timoteo siguió las instrucciones. Esa noche llegó al cruce de caminos. Mientras pronunciaba las palabras, sintió un escalofrío que le recorrió el cuerpo. Entonces salió de la oscuridad una voz grave:

—¿Qué desea busté?

Álvaro, que también escuchaba con atención, dejó de tocar. Nicolás prosiguió:

—Hacerme rico, eso quiero —respondió Timoteo, temblando.

—¡BRRRRRR!

Nicolás hizo retumbar aquel sonido y nos quedamos inmóviles.

—El Viruñas, sin dejarse ver, le advirtió que no debía mirarlo, porque, si lo hacía, se lo llevaría. Timoteo, con la voz entrecortada, le ofreció su alma a cambio de riqueza. Creía que, al final de su vida, podría deshacer el pacto si se arrepentía, se confesaba y recibía los santos óleos.

La historia nos tenía en suspenso. Nicolás sostuvo el tiple y continuó:

—Con el tiempo, Timoteo se hizo rico. Ayudó a su familia y hasta a la iglesia del pueblo. Pero cuando sintió que se acercaba su última hora, mandó a buscar al sacerdote. Entonces ocurrió algo: el sacerdote enfermó de repente y no pudo acudir. Timoteo, desesperado, les pidió a su esposa y a sus hijos que rezaran por él. Antes de morir, pronunció palabras de arrepentimiento, intentando romper el pacto.

Nicolás nos dirigió una mirada sombría y bajó la voz.

—Como por obra de magia, el sacerdote se levantó de su enfermedad y alcanzó a llegar al velorio. Pero ya era tarde. La casa estaba impregnada de un olor a azufre tan fuerte que nadie lo soportaba. Decidieron enterrar pronto a Timoteo, porque no querían que aquel hedor permaneciera entre ellos.

El sepulturero, que había observado desde lejos, contó que a las tres de la mañana escuchó ruidos en la tumba. Se acercó a mirar y vio al Viruñas con un saco enorme. Estaba metiendo el féretro dentro. Después se alejó saltando de cerro en cerro, con una risa de animal salvaje.

El pacto no se había roto. El Viruñas se había llevado el alma y los restos de Timoteo.

La última nota del tiple se desvaneció en el aire. Nicolás nos dejó en un silencio inquietante. Aquella noche entendimos que las promesas y los pactos con lo oscuro podían no tener vuelta atrás, y que la riqueza conseguida por ese camino exigía un precio que nadie quería pagar.




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