Era una noche de cielo despejado, con miles de estrellas parpadeando y luciérnagas que iluminaban el aire con destellos breves. Estábamos en la casa de doña Blanca y don Nicolás, quienes nos habían acogido durante una brigada médica que mi papá realizaba en Landázuri. Mis padres y yo nos alojábamos allí junto con Simón, nuestro gato, que había viajado con nosotros desde Bogotá. En aquella región, las puertas y las ventanas se aseguraban con trancas gruesas para protegerse de las guerrillas y también, según decían, de aquello que uno no podía ver, pero cuya presencia se sentía en el aire de la noche.
Mi mamá se sentó a mi lado en la cama. La seriedad con que me miró me hizo comprender que estaba a punto de contarme algo que quería que escuchara con atención.
—Marquito, hoy te contaré algo que le sucedió a tu primo Saúl. Quiero que lo recuerdes bien, porque habla de cosas con las que uno no debe meterse.
Me miré las manos, nervioso, mientras Simón se acomodaba a mis pies. Mamá bajó la voz y continuó:
—Saúl, desde niño, sintió una atracción extraña por el mundo oscuro, por todo lo que tenía que ver con pactos, con el diablo y con secretos prohibidos. Cuando era pequeño, se le aparecía un perro negro, enorme, de ojos brillantes. Nadie sabía de dónde venía, pero siempre estaba cerca de él. A veces lo veía parado en medio del camino; otras, rondando la casa, como si lo vigilara.
Me estremecí al recordar que una vez había visto un perro negro en la montaña. Quise preguntarle, pero mamá siguió hablando.
—Cuando Saúl creció, también creció su interés por esas cosas. Empezó a leer libros que hablaban de pactos con el mismo Patas, de asuntos que uno no debería conocer. Un día, ya siendo un hombre, iba solo por el campo y se encontró con una mujer tan hermosa que le quitó el aliento. Ella lo tomó de la mano y lo llevó bajo un árbol. Él se dejó llevar sin pensarlo. Pero cuando dijo: «En el nombre de Dios, hagámoslo», la figura cambió.
Mamá hizo una pausa. El silencio de la habitación me obligó a escuchar el crujido de las ramas afuera.
—La piel de la mujer se volvió gris y fría. Sus ojos, que antes brillaban, se convirtieron en pozos oscuros, como si no tuvieran fondo. De su boca salieron colmillos afilados y el rostro se le deformó en una mueca de odio. Saúl comprendió que estaba frente al mismo diablo. Intentó retroceder, pero la figura se acercó y, con una sonrisa torcida, le dijo: «Pensaste que podías jugar con el Patas. Aquí te quedarás y dejarás todo lo que llevas en esta tierra».
Antes de que Saúl pudiera hacer algo, el diablo le arrancó el poncho de un tirón y desapareció. Solo quedó un rastro de humo negro.
Sentí un escalofrío en la espalda. Afuera, las luciérnagas seguían encendiéndose y apagándose entre los árboles.
—Después de eso, Saúl no volvió a estar en paz —continuó mamá, con la mirada distante—. Se fue de Campanas, queriendo olvidar lo que había visto. Llegó a un pueblo llamado Berbeo y, una noche, mientras cruzaba la plaza de la iglesia, volvió a encontrárselo. Esta vez no tenía la apariencia de una mujer. Era un hombre alto, vestido de negro, con un sombrero que le ocultaba el rostro. Apenas lo vio, supo que era el Viruñas, el mismo al que llamaban el Patas, y que había dado con él.
Saúl quiso correr hacia la iglesia, pero el hombre lo llamaba desde la sombra. Movía las manos como garras y pronunciaba su nombre en susurros que parecían venir de todas partes.
La noche se me hizo más pesada. El viento sacudía las ramas de los árboles cercanos y yo escuchaba cada crujido sin apartar los ojos de mi madre.
—Tiempo después, Saúl vino a Bogotá y se quedó con nosotros —dijo, mirándome—. Una noche nos contó todo lo que le había sucedido: lo que había visto y el miedo que tenía de que aquello todavía lo persiguiera. Después se fue a dormir. No había pasado mucho tiempo cuando empezó a escuchar pasos en el corredor, como si alguien arrastrara algo pesado.
Se levantó y salió de su cuarto. En medio de la sala vio un ataúd negro. Al principio pensó que tu papá le estaba jugando una broma. Pero, al mirar con cuidado, se dio cuenta de que el ataúd avanzaba hacia la puerta de su habitación, como si algo invisible lo empujara.
Mamá me miró con gravedad. A mis pies, Simón había dejado de ronronear.
—Saúl vino corriendo a nuestra habitación y nos pidió ayuda. Tu papá y yo tomamos una cruz de madera y fuimos con él. Comenzamos a rezar y el ataúd desapareció. Saúl nos dijo que el Patas les temía a las cruces de madera porque le recordaban el madero en que habían crucificado a nuestro Señor. Nos quedamos acompañándolo y rezando hasta que la casa quedó en silencio. Pero él nunca volvió a sentirse tranquilo.
El viento soplaba afuera. Las palabras de mamá parecían quedarse en la habitación, suspendidas entre nosotros.
—Pasaron los días y Saúl decidió irse al Vichada para dejar todo atrás. Allí conoció a una mujer llamada Felisa y creyó que con ella podría empezar de nuevo. Pero un día, mientras caminaba solo por el campo, volvió a ver al diablo. Esta vez no era el hombre de negro ni la mujer hermosa. Era una sombra que parecía desdoblarse en varias formas, como si quisiera atraparlo.
Sin detenerse, Saúl recogió unas ramitas y comenzó a formar pequeñas cruces con ellas. Rezaba mientras corría. Decían que aquellas cruces de madera, hechas con cualquier rama, eran lo único capaz de ahuyentar al diablo.
Mamá guardó silencio. Las estrellas seguían brillando afuera, pero yo ya no miraba la oscuridad de la misma manera.
—Marquito, esta historia es para que recuerdes que hay cosas con las que uno no debe meterse —me dijo—. Aunque esta noche esté llena de estrellas y luciérnagas, siempre puede haber algo entre las sombras. Aquí en el campo trancamos bien las puertas y las ventanas por las guerrillas y por esas otras cosas que uno no alcanza a ver. Pero recuerda: mientras uno se aferre a la luz y tenga una cruz de madera, habrá una manera de alejarlas.