El algoritmo de la distancia

PRÓLOGO: EL PESO DE TRES

Hay tres tipos de oscuridad.

La primera es la del cuarto vacío, la que puedes hacer desaparecer cuando enciendes un interruptor. La segunda es la de los párpados cerrados, la que viene cuando decides no ver. Y la tercera... la tercera tiene peso, tiene olor, tiene el sonido de la propia sangre golpeando en los tímpanos como un tambor lejano.

Yo conozco las tres.

Ahora mismo estoy en la segunda, intentando no caer en la tercera. Tengo los párpados apretados, las manos crispadas sobre el volante, el coche parado en mitad de un semáforo que hace minutos que debería haberse puesto verde. No abro los ojos. Si abro los ojos, el mundo podría seguir ahí, real, sólido, y yo podría seguir siendo yo, la Elena de los treinta años, la que paga el alquiler y escribe código y come sola en cafeterías.

Pero si los cierro demasiado tiempo, vuelvo a los veintitrés.

Respira. Uno, dos, tres.

El truco no funciona. Mi cuerpo no escucha a mi cerebro. Mi cuerpo —este cuerpo que engordé a propósito, que escondí bajo ropa tres tallas más grande, que convertí en fortaleza blanda e invisible— ha decidido recordarme que nunca es del todo mío. Que hubo una noche en que se convirtió en territorio ocupado. En campo de batalla. En objeto.

Una bocina suena detrás. Un golpe seco, violento.

Mis ojos se abren.

El semáforo está verde. Lo ha estado durante... ¿cuánto? ¿Segundos? ¿Minutos? Hay un coche detrás del mío, un BMW negro, y un hombre con gafas de sol que gesticula, enfadado, impaciente. Un hombre. Un desconocido. Un desconocido enfadado.

Mi corazón explota.

No es él. Lo sé. Lo sé racionalmente. Él no está aquí, él no conduce ese coche, él no sabe ni siquiera en qué ciudad vivo ahora. Pero mi cuerpo no sabe de racionalidades. Mi cuerpo siente la rabia de un hombre desconocido y traduce: peligro, peligro, peligro.

Piso el acelerador. El coche salta hacia delante, brusco, descontrolado. Cruzo la intersección demasiado rápido, casi atropello a un peatón que cruza con verde, oigo su grito lejano. No paro. No puedo parar. Tengo que llegar a casa. Tengo que encerrarme. Tengo que—

El móvil vibra en el soporte.

Un nombre ilumina la pantalla. Daniel.

Y de repente, el aire vuelve a mis pulmones. No es una cura. No es que esté mejor. Es solo que su nombre, esas dos sílabas, crean una pequeña isla de ahora en medio del océano de entonces. Daniel, que escribe mensajes demasiado largos. Daniel, que discute conmigo sobre algoritmos a las doce de la noche. Daniel, que no sabe que cuando me sonríe por chat, yo guardo esas sonrisas como quien guarda monedas raras, sin atreverme a gastarlas.

No cojo el teléfono. No puedo hablar ahora. Mi voz sonaría rota, agrietada, y él notaría la grieta y preguntaría, y yo tendría que explicar, y la explicación es un territorio donde todavía no puedo poner los pies sin hundirme.

Pero dejo que siga sonando.

Una. Dos. Tres vibraciones. Luego silencio.

Luego, un mensaje.

- "¿Estás bien? He tenido una sensación rara. Como que necesitaba escribirte. No hace falta que respondas. Solo quería que supieras que estoy aquí. Aunque sea en el chat. Aunque sea a kilómetros."

Cierro los ojos otra vez. Esta vez, la oscuridad es diferente. No es la tercera. Es una mezcla nueva, extraña, que no tengo nombre todavía.

Porque hay algo peor que recordar la noche en que tres hombres te rompieron.

Es empezar a esperar que un solo hombre pueda ayudarte a recoger los pedazos.

Y saber que, si falla, si él también falla, quizás no queden más piezas que juntar.

El semáforo vuelve a ponerse rojo delante de mí.

Yo sigo conduciendo.



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En el texto hay: drama, superacion, amor

Editado: 23.09.2026

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