El algoritmo de la distancia

CAPÍTULO 1: NO TOCO A NADIE DESDE HACE CUATRO AÑOS

La alarma suena a las 6:30 de la mañana. Una hora antes de la que necesito para estar en la oficina a las nueve; una hora y media antes de la reunión; dos horas y media antes de verlo a él. A Daniel.

Mi cuerpo responde antes que mi cerebro. Los músculos del cuello se me tensan, la mandíbula se aprieta hasta hacerme crujir los dientes y el estómago se me convierte en un nudo de cables enredados. Respiro hondo y pongo en práctica el ejercicio que me enseñó Sofía: inhala contando hasta cuatro, aguanta el aire contando hasta siete, exhala contando hasta ocho. Funciona a veces. Hoy no funciona del todo.

Me levanto y me miro en el espejo del baño. La mujer que me devuelve la mirada es una extraña que comparte mi pelo, mis ojos y mi piel. Llevo el pelo recogido en un moño severo, como siempre, y las gafas de pasta oscura me cubren la mirada, esa única traidora que delata todo lo que siento. La ropa la elegí anoche: pantalones negros holgados, camiseta gris de algodón y un jersey negro dos tallas más grandes de lo que necesitaría. Capas. Siempre capas. Neutralidad e invisibilidad.

—No voy a una cita —le susurro a mi reflejo—. Voy a trabajar. Solo es trabajo.

Sé que es mentira. Llevo tres años colaborando con Daniel. Tres años de correos electrónicos, de video llamadas ocasionales —siempre con la cámara apagada por mi parte— y de chats a medianoche sobre algoritmos y arquitectura de sistemas. Tres años admirando su mente, su forma de plantear problemas y su capacidad para encontrar soluciones que a mí se me pasan por alto. Tres años sintiendo algo más que respeto profesional, pero negándomelo a mí misma cada vez que su nombre aparece en mi pantalla.

Por sus fotos de perfil sé que es guapo; demasiado guapo. Pelo negro, ojos azules y una sonrisa fácil que raras veces veo dirigida a mí. En las imágenes del Meet parece imponente, ocupando el espacio con esa seguridad propia de quienes jamás han tenido que temerle al mundo físico. Mi cuerpo reconoce esa imagen, esa presencia masculina, y dispara alarmas que mi cerebro intenta apagar con pura lógica: «No es él. No es como ellos. No es un peligro».

Pero mi cuerpo no escucha a mi cerebro. Mi cuerpo recuerda.

El desayuno es un ritual mecánico: café solo y una tostada sin mantequilla. Nada que requiera concentración ni que pueda desencadenar un recuerdo. Mi mente ya está en la oficina, calculando rutas de escape, identificando zonas seguras y anticipando cada interacción posible. Resulta agotador este vivir siempre un paso por delante del presente.

Llego a la oficina a las 8:15, cuarenta y cinco minutos antes de la reunión. Necesito medir el espacio, calcular distancias y encontrar mi rincón seguro. La recepción está vacía a esta hora; solo el guardia de seguridad me saluda con un gesto de cabeza desde su puesto. No le devuelvo el saludo. No me gusta que me vean entrar ni que registren mi presencia; prefiero ser una sombra que se desliza por los pasillos.

La sala de reuniones es grande, dominada por una mesa de cristal que lo refleja todo. Demasiado brillante, demasiado expuesta. Elijo la silla más alejada de la puerta, con la espalda pegada a la pared para tener una visión completa de la entrada. Mi territorio. Mi fortaleza. Saco el portátil, lo conecto al proyector y reviso los archivos una vez más. Todo debe estar perfecto: la precisión técnica es mi armadura contra las imperfecciones humanas.

A las 8:45 entra Tomás, nuestro jefe. Me saluda dándome una palmada en el hombro que me hace dar un brinco. Retrocedo en un movimiento brusco que él no alcanza a entender. Se disculpa, algo confuso, y se sienta al otro lado de la mesa. Sé que no volverá a tocarme hoy; he aprendido a leer estas señales, a predecir comportamientos y a crear barreras invisibles que los demás no perciben pero que me mantienen a salvo.

—¿Todo listo para la reunión, Elena? —pregunta Tomás, consultando su reloj.

—Sí —asiento—. El cliente tiene los requisitos técnicos. He preparado una propuesta inicial de arquitectura.

—Excelente. Daniel vendrá también. Quiero que os presentéis como codirectores del proyecto. El cliente quiere seguridad, quiere saber que está en buenas manos.

Asiento en silencio. Codirectores. La palabra resuena en mi cabeza como una condena. Tres meses. Tres meses trabajando codo con codo con Daniel. Tres meses luchando contra este instinto que me dice que huya.

A las 8:55 entra Daniel.

La puerta se abre y él ocupa todo el marco. Es más alto de lo que imaginaba, más ancho de hombros... más presente. Lleva una camiseta negra ajustada al pecho, una camisa blanca sobre ella que cubren su seguro, musculados brazos, y unos vaqueros oscuros que enfatizan unas piernas largas y fuertes. Camina con la seguridad de los atletas. El corazón se me acelera, pero no por atracción, sino por puro pánico. Es como si mi cuerpo reconociera su fuerza física como una amenaza inmediata.

Se sienta. No a mi lado, gracias a Dios, sino a dos sillas de distancia, aunque sigue estando demasiado cerca. Puedo oler su colonia —algo sutil, limpia, casi imperceptible—, puedo sentir el calor que desprende su cuerpo a través del aire acondicionado y puedo ver las venas marcadas en sus antebrazos cuando se remanga la camisa blanca que lleva sobre su camiseta negra, sin darse cuenta, como un gesto cotidiano.

—¿Elena? —dice, y su voz es más grave que por el ordenador.



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En el texto hay: drama, superacion, amor

Editado: 23.09.2026

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