El despacho de Sofía siempre huele a lavanda y a madera limpia. Es un espacio diseñado al milímetro para infundir sosiego: luz cálida y tamizada que entra por el ventanal, dos sillones de tela clara separados por una mesita baja de nogal y, sobre ella, la inevitable caja de pañuelos de papel que nunca antes me he atrevido a tocar. Siempre he considerado que coger un pañuelo de esa caja implica rendirme, admitir que el pasado ha ganado una batalla.
Pero esta mañana de sábado, el aroma a lavanda me resulta sofocante. No puedo respirar.
Estoy sentada en el sillón con las piernas encogidas contra el pecho, abrazándome las espinillas con una fuerza desesperada. Siento un dolor físico real, una presión viva y punzante justo en el centro del esternón que se extiende como un torniquete hacia los hombros, la mandíbula y la nuca. Es la misma sensación de llevar puesta una armadura de hierro pesado tres tallas más pequeñas de lo que necesitaría. Las manos me tiemblan tanto que he tenido que esconderlas de la vista de Sofía, ocultándolas bajo las mangas del jersey negro holgado.
—Elena... —la voz de Sofía llega como un murmullo constante, suave, un ancla tendida en mitad de mi marejada—. Estás muy tensa hoy. Respira conmigo. Vamos. Inhala contando hasta cuatro, aguanta el aire contando hasta siete, exhala contando hasta ocho.
Intento seguir su ritmo. De verdad lo intento. Visualizo los números en mi mente como si fueran líneas de código en una pantalla, pero el aire se me frena en la garganta, seco y áspero. El diafragma se me bloquea en un espasmo. Se me quiebra el pecho por dentro. Y antes de que pueda alzar cualquiera de mis defensas habituales, rompo a llorar.
No es un llanto silencioso, ni ese goteo tímido y controlado que logro disimular en el baño de la oficina. Es un sollozo amargo, sofocado y gutural que llevaba acumulándose en mis entrañas desde el lunes a las seis y media de la mañana. Me cubro la cara con ambas manos mientras las lágrimas corren calientes por mis mejillas y se cuelan por debajo de las gafas de pasta oscura. Me siento exhausta, rota, aplastada por el peso del mundo.
—Ha sido... una semana horrible, Sofía —logro decir entre pausas convulsas, con una voz rasgada que casi no reconozco como mía—. Horrible. No puedo más.
Sofía no me interrumpe. No se precipita a decirme que todo estará bien ni intenta llenar el espacio con consuelos vacíos. Con un movimiento pausado, coge la caja de pañuelos de la mesita y la acerca sutilmente hacia mi lado del sillón, respetando el tiempo que necesito para que la ola de angustia baje un grado de intensidad.
—Has completado tu primera semana entera de trabajo presencial en la oficina —me recuerda ella con infinita delicadeza cuando al fin consigo despegar las manos de mi rostro—. Es un paso gigantesco, Elena. Tu cuerpo está reaccionando a un estado de hipervigilancia prolongado. Es normal que sientas este agotamiento extremo. Cuéntame qué ha pasado desde el lunes.
—Me siento más sola que nunca —confieso, y la crudeza de la verdad me quema la garganta como si me hubiera tragado un trago de ácido—. He estado allí cinco días seguidos, de ocho a cinco, bueno casi a ocho, rodeada de docenas de personas. El ruido de las teclas alrededor, los pasos constantes sobre el suelo, las risas en la máquina de café... Y yo era un fantasma. He pasado la mayor parte de las ocho horas diarias atrincherada en mi mesa, comunicándome con todo el mundo a través del Teams corporativo. Exactamente igual que cuando estaba encerrada en mi casa, pero con el pánico añadido de saber que en cualquier segundo un cuerpo físico podía aparecer a mi espalda.
Me limpio las lágrimas con la manga del jersey, sorbiendo el aire a grandes bocanadas.
—He construido una burbuja tan densa y blindada a mi alrededor que nadie puede atravesarla —continúo, sintiendo el ahogo de mi propia trampa—. Pero el precio de estar a salvo de los demás es esta soledad devastadora. No he sido capaz de entablar una sola relación real con nadie. Hablo con compañeros que están sentados a diez metros de mi puesto enviándoles mensajes de texto porque la mera idea de levantarme y cruzar la sala para hablar cara a cara me paraliza el corazón. El mundo físico me aterra, Sofía.
Sofía me observa en silencio. Toma una nota breve en su libreta de pasta de cuero y vuelve a fijar sus ojos claros en mí.
—¿Y qué ha ocurrido con Daniel durante estos días? —pregunta suavemente.
El nombre de Daniel provoca una chispa inmediata en la base de mi estómago. Un nudo complejo donde se mezclan el terror visceral, la vergüenza por mis reacciones y un anhelo muy profundo y silenciado que me niego a admitir.
—Daniel... casi no hemos cruzado palabra en persona —admito, bajando la vista hacia mis rodillas—. Ha sido absurdamente respetuoso. Creo que después de lo que ocurrió el primer día —la mano en mi cintura, mi grito, el pánico en el pasillo—, ha entendido que mi espacio vital es una zona de guerra. Mantiene la distancia de seguridad de forma milimétrica. No se acerca a mi mesa sin avisarme antes por chat, habla en un tono bajo cuando estamos cerca y casi todo el trabajo de la arquitectura de Nexus lo hemos diseñado mediante correos y código compartido. Nos decimos apenas tres o cuatro frases al día en persona, las estrictamente necesarias.
Aprieto los puños sobre la tela de mi pantalón, sintiendo el dolor muscular en la espalda.
—Y aunque sé que lo hace por mí, aunque sé que intenta no asustarme... me duele —susurro, dejando que el llanto vuelva a asomar—. Me rompe por dentro ver cómo los demás se acercan a su mesa a charlar, cómo se ríen con él en el pasillo con esa naturalidad fácil que yo he perdido para siempre, mientras yo solo puedo comunicarme con el hombre al que admiro a través de una pantalla fría, a pesar de tenerlo a cinco metros de distancia.