El lunes comenzó a las seis de la mañana con el ritmo sordo de mi propio corazón percutiendo contra las costillas.
Me quedé inmóvil en la cama, mirando las sombras del techo mientras la alarma del móvil vibraba sobre la mesilla. La conversación del domingo con Marta y la sesión con Sofía seguían flotando en mi mente, pero la teoría de la calma siempre se disuelve cuando el mundo real reclama su espacio. El dolor físico en el esternón, esa opresión pesada que me acompañaba como una coraza invisible, se intensificó en cuanto puse los pies en el suelo frío del dormitorio.
Me vestí con una lentitud casi ceremonial. Me puse el jersey negro de cuello alto de siempre, pero mantuve la decisión de usar los pantalones de vestir más ajustados que había seleccionado el día anterior. Al mirarme al espejo del recibidor para ajustar mis gafas de pasta oscura, me temblaron los dedos al guardar en la libreta la hoja doblada con la arquitectura de la base de datos de Nexus. Esa hoja no era solo un documento técnico; era la excusa que me había prometido entregarle a Daniel.
Salí del edificio pasadas las ocho. El aire fresco de la mañana en Madrid no logró despejarme la niebla de aprensión que llevaba dentro. Caminé hacia la oficina acelerando el paso, esquivando las miradas de los transeúntes, sintiéndome una impostora que intentaba convencerse a sí misma de que hoy sería capaz de romper un milímetro de su propia jaula.
Llegué a la planta de la empresa a las ocho y cuarenta. El murmullo habitual de las teclas, las conversaciones cruzadas y el aroma a café recién hecho impregnaban el pasillo central. Me escurrí hasta mi rincón con la agilidad furtiva de los últimos días, dejando la mochila sobre la mesa y atrincherándome tras la mampara.
A las nueve menos cinco, escuché sus pasos.
Eran pasos pausados, firmes, pero deliberadamente audibles para no tomarme por sorpresa. Levanté la vista un segundo por encima de la pantalla. Daniel acababa de llegar a su puesto, saludando con una inclinación de cabeza al pasar a dos metros de mi mesa, guardando la distancia que se había impuesto desde el incidente de la primera semana.
—Buenos días, Elena —dijo en un tono de voz suave, grave y tranquilo, ofreciéndome ese espacio neutro donde yo solía refugiarme.
—Buenos días —murmuré, clavando la mirada en el teclado antes de que mi respiración se descontrolara.
Pero la rutina de esa mañana se rompió dos minutos después.
Desde el pasillo central apareció una figura que caminaba con un desparpajo que me obligó a tensar la espalda. Era Andrés.
Andrés era la última incorporación al equipo de desarrollo directo de Nexus. A diferencia de la contención analítica de Daniel o de mi frialdad defensiva, Andrés era pura energía desenfadada. Alto, de sonrisa fácil y con esa desenvoltura de quien no concibe que el entorno pueda ser hostil, se acercó a la isla de trabajo con una taza de café en la mano.
Andrés respetaba mi trabajo y no traspasaba las líneas rojas que yo marcaba con el lenguaje corporal, pero tenía un arrojo mucho más directo que el de Daniel. No dudaba en acercarse al borde de la mesa para consultar una duda o en soltar una broma rápida antes de volver a su sitio.
—¡Buenos días a la cúpula de la arquitectura! —exclamó Andrés, apoyando ligeramente la cadera contra el borde de la mesa contigua, a una distancia que me hizo contener el aire, aunque sin llegar a resultar amenazante—. Elena, he estado revisando el módulo de sincronización que subiste el viernes a medianoche. Es una genialidad. Te prometo que casi lloro de la emoción cuando vi cómo habías optimizado la latencia.
Me encogí levemente en la silla, sintiendo el rubor amargo que me provocaba ser el centro de atención.
—Solo era lógica básica —respondí, con la voz seca y automática que usaba como escudo.
—Lógica básica dice... —se rio Andrés, dándole un sorbo a su café y mirándome con una simpatía directa, brillante y sin dobles intenciones—. Eres muy modesta. Si este proyecto sale en fecha, la mitad del mérito es tuyo por no dejarnos meter la pata con la base de datos.
Desde su mesa, vi cómo Daniel levantaba la cabeza de la pantalla. La mirada de Daniel hacia Andrés no tenía agresividad, pero sí una atención reconcentrada, casi protectora. Daniel observaba la soltura con la que Andrés se dirigía a mí, notando cómo mi cuerpo se rigidizaba ante la energía arrolladora del recién llegado.
—Tomás nos espera en la sala de reuniones en cinco minutos —intervino Daniel con tono pausado, cortando suavemente la interacción para darme un respiro—. Conviene que repasemos el orden del día antes de que entre el cliente.
—Recibido, jefe —guiñó un ojo Andrés, dando media vuelta con soltura y dirigiéndose hacia la sala con su taza de café—. Os veo dentro.
Me quedé a solas en la isla de trabajo con Daniel. El silencio que siguió al marcharse Andrés se volvió denso, cargado de una expectativa invisible.
Me levanté de la silla con las piernas temblándome por dentro. Cogí la libreta donde guardaba la hoja impresa. Mi corazón latía a tal velocidad que sentía un pitido agudo en los oídos. La sombra de todos mis miedos —la agresión del pasado, la invasión de David el jueves, la altura física de los hombres de la oficina— se acumuló en mi garganta como una maraña de espinas.