El suelo de madera del recibidor estaba frío, pero no me moví.
Me quedé sentada sobre la alfombrilla, pegando la espalda a la puerta blindada, abrazándome las rodillas contra el pecho con tanta fuerza que los nudillos de las manos se me pusieron blancos. En la penumbra del pasillo de mi piso, el único sonido era mi propia respiración: acelerada, rota, entrecortada por un sollozo mudo que intentaba ahogar presionándome la boca con la manga del jersey.
Al otro lado de esa hoja de roble de cuatro centímetros de grosor, estaba él.
Podía sentir la tibieza de su cuerpo apoyado contra la madera exterior. Podía escuchar el roce de su chaqueta de paño cada vez que se acomodaba sobre el granito del descansillo. Nos separaba una barrera física insignificante, pero para mi mente traumatizada, esa puerta era la frontera entre la seguridad de mi aislamiento y el abismo terrorífico de dejar entrar a alguien.
—Elena... —dijo Daniel.
Su voz no sonó fuerte ni autoritaria. No había el menor rastro del volumen imponente con el que había amedrentado a Carmen en el café, ni la firmeza con la que guiaba las reuniones de arquitectura en la empresa. Era una voz cansada, desgastada por una semana de angustia, suave como una confesión susurrada en la penumbra.
—No sé si me estás escuchando —continuó, y escuché el chasquido sordo de sus nudillos al rozar la madera exterior—. No sé si estás al otro lado o si te has ido a la habitación a cubrirte las orejas para no oírme. Pero necesito hablarte. No como tu codirector de proyecto, ni como el tío de metro noventa que te asusta cuando camina demasiado cerca en el pasillo... Necesito hablarte simplemente como un hombre que está roto a su propia manera.
Me congelé. Un calambre helado me recorrió la columna vertebral.
¿Roto? La palabra resonó en mi cabeza con un eco extraño, disonante. En la arquitectura rígida de mis pensamientos, el mundo se dividía de forma quirúrgica en dos categorías: las víctimas destruidas —como yo, que arrastrábamos el horror en la piel— y las personas intactas, fuertes y plenas que caminaban por la vida sin marcas. Daniel pertenecía, en todos mis esquemas, a la segunda categoría. Era brillante, atractivo, seguro de sí mismo, un hombre respetado que no tenía motivos para temer al mundo físico.
—Tú me miras y ves a alguien invulnerable, ¿verdad? —dijo él, como si hubiera leído los pensamientos que se agolpaban en mi cerebro—. Ves a un tipo alto, con una carrera profesional sólida, que parece tener el control de todo. Piensas que entre tú y yo hay un abismo insalvable porque crees que tú llevas una marca horrenda y que yo soy alguien que jamás ha pisado el barro.
Apreté los labios, hundiéndome más sobre mí misma. Era exactamente lo que pensaba. Era la única premisa que justificaba mi huida.
—Pues te equivocas, Elena. Te equivocas del todo.
Se produjo un silencio largo, un espacio denso en el que solo se escuchó el suspiro profundo que exhaló al otro lado.
—Hace cuatro años —empezó a contar Daniel, con un tono pausado que iba desgranando cada palabra con dolorosa honestidad—, yo pensaba que tenía la vida resuelta. Salía con una chica desde la época de la universidad. Se llamaba Natalia. Era absurdamente guapa, de esas mujeres que hacen que la gente se gire por la calle cuando entran en un sitio. Quería ser modelo. Tenía ambición, una presencia deslumbrante y una capacidad increíble para hacerme sentir que, si estaba a su lado, yo también era alguien importante.
Escuchar el nombre de otra mujer en su boca me produjo un pinchazo extraño en el pecho, una punzada amarga que no supe clasificar.
—El problema es que las aspiraciones cuesta pagarlas —siguió Daniel, y su voz se volvió un punto más fría, teñida de un poso de amargura antigua—. La escuela de modelaje, los viajes a los castings, los fotógrafos, el vestuario... Natalia no tenía recursos y yo acababa de conseguir mi primer gran contrato como consultor sénior. Ganaba un buen dinero. Y estaba ciegamente enamorado. Así que asumí todo. Durante casi tres años, me pasé la vida trabajando catorce horas al día, quemándome las pestañas frente al ordenador para pagar cada una de sus facturas, sus cursos, sus portafolios. Me convertí en su financiero, en su chofer, en su soporte emocional. Me convencí de que eso era el amor: darlo todo, sacrificar tu tiempo y tu energía para que la persona que quieres alcance su sueño.
Escuchaba sin mover un solo músculo. La imagen de Daniel —tan meticuloso, tan protector— volcándose de forma incondicional en alguien encajaba perfectamente con el hombre que yo había conocido en el trabajo.
—Pero mientras yo me dejaba la piel escribiendo código de madrugada para financiar su carrera, algo dentro de mí empezó a vaciarse —continuó él—. Natalia consiguió sus primeros trabajos importantes, pero nuestra relación se volvió una cáscara vacía. Ya no hablábamos de nada profundo. Si le explicaba un problema técnico o un concepto de arquitectura que me apasionaba, ella ponía cara de aburrimiento o miraba el teléfono. Yo me sentía profundamente solo, Elena. Vivía acompañado por una mujer hermosa, pero me acostaba cada noche en una soledad helada, sintiendo que para ella yo solo era una tarjeta de crédito con patas.
Un escalofrío me recorrió los brazos. Conocía esa soledad. La conocía de memoria.
—Y entonces, en medio de ese desierto... apareciste tú.