El despertador sonó a las 6:00 de la mañana. Salí de la cama con ese impulso automático que me dejó la disciplina del baloncesto universitario. Mi cuerpo exigía movimiento incluso cuando la mente prefería quedarse a oscuras un par de minutos más. Encendí la cafetera, me metí bajo la ducha de agua fría y dejé que el chorro me golpeara la nuca.
Mientras me vestía —vaqueros oscuros, camiseta negra básica y camisa blanca, el uniforme neutro que solía llevar cuando no había exigencias de protocolo—, me detuve frente al espejo del recibidor para peinarme el pelo rebelde con los dedos. Tenía un aspecto relajado, pero por dentro sentía una inquietud sutil, una aceleración en el pulso propia de las mañanas de partido importante.
Hoy no era un día cualquiera en la oficina. Hoy iba a ponerle rostro a Elena.
Llevaba tres años colaborando con ella a través de pantallas, chats corporativos y repositorios de código. Tres años completos donde su presencia se reducía a un nombre en una ventana de chat, una voz calmada y precisa en llamadas de voz donde su cámara jamás se encendía, y un flujo constante de algoritmos limpios y pulidos.
Mentiría si dijera que no me había construido una imagen mental de ella durante todo este tiempo. La mente humana aborrece el vacío, y cuando pasas cientos de noches resolviendo incidencias complejas con alguien, acabas dibujando a esa persona en la penumbra.
Por la madurez de sus análisis, la contención de su lenguaje y la frialdad implacable con la que desarmaba mis arquitecturas de software para mejorarlas, me la imaginaba como una mujer de mediana edad, alta, erguida, con esa elegancia distante de las profesionales que han tenido que imponerse a base de autoridad en un mundo de hombres. La admiraba profundamente. Trabajar con ella era como disputar un partido con un jugador de liga profesional: no había movimientos desperdiciados, no había ego, no había adornos inútiles. Su código era puro arte conceptual, una demostración constante de lógica refinada. Más de una vez me había descubierto sonriendo a medianoche frente al monitor tras leer una solución suya, preguntándome qué clase de mente albergaba semejante lucidez y qué aspecto tendría la mujer detrás de esa brillantez sin grietas.
Tenía ganas de conocerla. De estrecharle la mano, de mirarla a los ojos y de decirle en persona lo mucho que respetaba su trabajo.
Salí a la calle a las 8:15. El aire helado de la mañana me despejó los últimos restos de sueño. Caminé hacia el metro a buen paso, disfrutando de la sensación del espacio, del movimiento de mis piernas, de la soltura con la que cruzaba entre la gente de la acera. Siempre había ocupado mucho espacio sin pensar en ello; con mi metro ochenta y siete y la espalda ancha de haber entrenado durante años, la física me otorgaba un lugar natural en el mundo del que raras veces me hacía consciente. El mundo nunca me había parecido un lugar amenazante.
Llegué al edificio corporativo pasadas las 8:50. Subí en el ascensor tarareando una melodía cualquiera, ajustando la mochila sobre el hombro. Caminé por el pasillo central hacia la sala de reuniones principal con la soltura habitual, escuchando el eco de mis propias pisadas sobre el suelo técnico. Tomás me había citado a las nueve para presentar la propuesta de arquitectura del proyecto Nexus al cliente.
Al llegar a la puerta de la sala de reuniones, la empujé suavemente y entré.
Tomas y una chica menudita, que supuse sería Elena, ya estaban allí.
Y en ese preciso instante, todo el esquema, la imagen mental y la idea que me había construido de Elena durante tres años se desmoronaron contra el suelo como un cristal hecho pedazos.
La mujer que estaba sentada al fondo de la mesa no se parecía en nada a la figura imponente que yo había imaginado. Era pequeña, menuda, envuelta en capas de ropa oscura dos tallas más grandes que le borraban por completo la forma del cuerpo. Llevaba el pelo recogido en un moño tenso, sin un solo mechón suelto, y unas gafas de pasta negra tan grandes y gruesas que le cubrían media cara, actuando como una auténtica pantalla protectora.
Pero no fue su aspecto físico lo que me detuvo en seco. Fue su postura. Fue la atmósfera de tensión casi eléctrica que emanaba de su rincón.
Elena no estaba simplemente sentada en una reunión de trabajo; estaba atrincherada. Había elegido la silla más alejada de la puerta, pegando la espalda por completo a la pared para tener una visión panorámica de toda la estancia. No había relajación en sus hombros, ni soltura en las manos. Tenía la mirada fija en mí con una rigidez felina, como un animal acorralado en una esquina que calcula las vías de escape antes de que el depredador dé el primer paso.
Sentí un choque de realidad violento. La mente brillante, segura y quirúrgica que dominaba nuestros repositorios de código vivía dentro de un cuerpo que parecía habitado por el pánico permanente.
Intenté disimular mi sorpresa. Reprimí el impulso de acercarme demasiado para no resultar invasivo y elegí una silla a dos lugares de distancia, dejando una mesa de cristal vacía entre los dos.
—¿Elena? —pregunté, esforzándome por sonar cálido. Mi voz resonó más grave y profunda en las paredes de la sala que a través de los altavoces de un ordenador.
Ella se limitó a asentir. Vi cómo se le contraían los músculos del cuello, cómo tragaba saliva con dificultad. Tenía la garganta completamente cerrada, incapaz de articular un solo sonido.