Las dos semanas siguientes no transcurrieron; se abalanzaron sobre nosotros. El proyecto Nexus, que hasta entonces había sido un ejercicio pulcro de arquitectura en papel, se convirtió de la noche a la mañana en una trinchera cuando la directiva del cliente cambió las condiciones de entrega de forma unilateral. Lo que era un despliegue progresivo a seis meses se redujo a un hito crítico en tres semanas.
El ritmo en la planta quinta se volvió abrasador. Los días dejaron de medirse en horas y pasaron a medirse en entregables, pruebas de estrés y tazas de café acumuladas en las mesas.
En mitad de esa vorágine, la isla de trabajo que compartíamos Daniel, Andrés y yo se convirtió en un microcosmos de tensiones cruzadas.
Andrés desplegó todo su repertorio. No había en él ni una gota de malicia, ni un solo ademán que pudiera catalogarse de acoso o falta de respeto; sus acercamientos eran intachables bajo cualquier norma de etiqueta corporativa, pero para mi sistema nervioso, saturado de alertas, suponían un desafío diario. Andrés pertenecía a esa clase de personas extrovertidas que expresan la camaradería mediante la proximidad física y los detalles espontáneos.
El primer martes de esa maratón, Andrés llegó a la oficina a las ocho y media portando una bolsa de papel artesanal de una cafetería de especialidad. Se acercó a mi mesa con su soltura habitual y, sin invadir mi perímetro crítico, dejó sobre la esquina de mi escritorio un vaso térmico con un té de jazmín y un croissant de almendras.
—He visto que no eres de café, Elena —dijo con una sonrisa franca y una inclinación ligera de cabeza, manteniéndose a una distancia impecable—. El té de jazmín ayuda con la concentración. Considera que es un combustible para la maratón de hoy.
—No hacía falta, Andrés —murmuré, tensando los hombros bajo el jersey y mirando el vaso con sospecha.
—No es ninguna molestia. Hacemos esto juntos —respondió con calidez antes de girarse hacia su sitio.
Era un gesto educado, atento y socialmente irreprochable. No podía quejarme. No podía ir a Recursos Humanos a decir que un compañero me había traído un té. Sin embargo, por dentro me producía una doble convulsión: por un lado, una incomodidad punzante al sentirme observada en mis gustos cotidianos; por otro, una extraña y amarga calidez al darme cuenta de que alguien en ese edificio se tomaba la molestia de registrar mis hábitos.
Desde su mesa, Daniel presenció la escena. Lo vi por el rabillo del ojo: su mano se congeló un segundo sobre el ratón. No dijo nada, no frunció el ceño de forma evidente, pero la rigidez de su mandíbula y la forma en que volvió a concentrarse en la pantalla con una severidad repentina delataron una corriente subterránea. Era un celo mudo, contenido y elegante, incapaz de manifestarse porque Andrés no había cometido ningún exabrupto.
Dos días después, durante una revisión de código en la pantalla gigante de la isla, Andrés volvió a cruzar esa línea invisible. Se inclinó sobre mi hombro para señalar un parámetro en mi monitor. Su rostro quedó a escasos treinta centímetros del mío; olía a agua de colonia fresca y a café.
—Mira esta variable, Elena. Si la cambiamos aquí, nos ahorramos dos llamadas al servidor —comentó, con el tono profesional de quien habla de un algoritmo.
Mi cuerpo se congeló al instante. Sentí el pulso dispararse en el cuello. No me tocó, no rozó mi ropa, pero su proximidad era un aire caliente que me paralizaba.
—Puedo verlo desde aquí, Andrés —dije con voz helada.
—Ah, claro, perdón —dijo de inmediato, dando un paso atrás con absoluta naturalidad, sin una sola mala cara ni un gesto de enfado—. A veces me gana el entusiasmo con la optimización.
Daniel se levantó de su silla de golpe, haciendo un ruido seco con las ruedas sobre el suelo técnico. Cogió su libreta y miró a Andrés con una fijeza serena pero pesada.
—Andrés, pásame ese bloque a mi terminal. Elena está cerrando el módulo de seguridad y necesita concentración —dijo Daniel. Su voz no era agresiva, sino impecablemente ejecutiva, pero el mensaje flotó en la sala como una advertencia sutil.
—Hecho, jefe —asintió Andrés, volviendo a su puesto sin perder la sonrisa.
Esa danza trilateral me agotaba la mente. Andrés me incomodaba porque su frescura me obligaba a estar alerta, pero me agradaba de forma inocente porque me trataba como a una persona viva, no como a un espectro. Y Daniel sufría en silencio, prisionero de su propia caballerosidad, viendo cómo otro hombre se permitía las aproximaciones que él, por respetarme, se autoprohibía.
El primer sábado de esa quincena frenética llegué al despacho de Sofía al límite de mis fuerzas.
El olor a lavanda me recibió como un golpe en el estómago. En cuanto me senté en el sillón y Sofía me preguntó cómo había ido la semana, el dique se rompió por completo. Rompí a llorar con una desesperación amarga, sofocada en el pañuelo, sintiendo el dolor del esternón multiplicándose por el cansancio acumulado.
—No puedo más, Sofía... es demasiado —sollocé, cubriéndome el rostro mientras las lágrimas humedecían las mangas de mi jersey—. Andrés no para de acercarse... me trae cosas, se inclina sobre mi mesa... No hace nada malo, es educado, pero mi cuerpo siente que estoy en un campo de minas todo el día. Y Daniel lo mira todo en silencio, distante... Siento que la oficina me está devorando.