El algoritmo de la distancia

CAPÍTULO 8: LA FRAGILIDAD DEL GIGANTE

El olor a tostadas con mantequilla, café recién hecho y detergente infantil era el sello inconfundible de la casa de Lucas.

Llegué pasadas las diez y media de la mañana del domingo. Apenas crucé el umbral del recibidor, un cochecito de plástico rojo rodó a toda velocidad entre mis tobillos, seguido por las risas estruendosas de Leo, el pequeño de cuatro años, y los pasos apresurados de Lucía, de siete, que llevaba una corona de cartón torcida sobre la cabeza.

—¡Tío Dani! —gritó Leo, lanzándose contra mis piernas con un impacto que habría hecho tambalearse a alguien menos corpulento.

Me agaché de inmediato, amortiguando la embestida con la soltura que da el afecto, y lo levanté en el aire hasta ponerlo a la altura de mis hombros. Leo se rio a carcajadas, agarrándose a mi cuello mientras Lucía tiraba de la esquina de mi chaqueta para reclamar su turno.

—Cuidado, Dani, que este enano te va a partir la espalda —dijo Lucas, apareciendo desde la cocina con un trapo de cocina colgado al hombro y las mangas de la camisa remangadas hasta los codos.

Lucas era mi amigo desde los años de universidad. Habíamos compartido pisos universitarios de mala muerte, exámenes interminables de programación y las primeras borracheras de juventud. Verlo ahora, rodeado de juguetes desperdigados por la alfombra del salón, con las ojeras propias de quien no duerme más de seis horas seguidas desde hace un lustro, me provocó un pellizco de envidia amarga en la garganta.

No era una envidia destructiva. Era un anhelo sordo. Yo tenía una carrera profesional envidiable, un piso de diseño en el centro y una rutina impecable, pero al entrar en esa casa siempre sentía que mi vida estaba vacía de vida real. La casa de Lucas estaba llena de caos, de ruido, de marcas de lápices de colores en la pintura de la pared y de un calor humano denso que a mí me faltaba por completo.

—Deja a los niños un momento, enanos, id a terminar el dibujo en la cocina que la mamá está ordenando —ordenó Lucas con voz afable pero firme.

Los niños protestaron un par de segundos, pero la promesa de unas galletas los hizo correr hacia la parte trasera de la casa, dejando el salón sumido en una tregua relativa.

Me dejé caer en el sofá de tela gris. Lucas sirvió dos tazas humeantes de café negro sobre la mesa baja de centro, apartando de un manotazo un bloque de construcciones de madera. Se sentó enfrente, en el sillón orejero, y me observó durante unos segundos en silencio. Lucas tenía una inteligencia emocional afilada; sabía leerme sin necesidad de que yo abriera la boca.

—Tienes una cara que asusta, Dani —dijo, dándole un sorbo a su taza—. Y no es el cansancio habitual de cuando cerráis un sprint en la empresa. Estás en otro sitio.

Me pasé la mano pesadamente por la nuca, sintiendo los músculos del cuello rígidos como cuerdas de guitarra.

—Ha sido un mes infernal, Lucas —admití, dejando que la espalda se me hundiera contra los cojines del sofá.

—Cuéntame. Mariela va a preparar a los niños para ir al parque, así que tenemos un rato para hablar como las personas normales.

Me quedé mirando el humo del café subir en espirales hacia el techo. No sabía por dónde empezar. Para el resto del mundo —para mis jefes, para el cliente, para los ingenieros de la plantilla—, yo era Daniel: el tipo seguro, el profesional brillante que mantenía la calma bajo presión, el exatleta que caminaba por la planta quinta ocupando todo el espacio con la firmeza de quien jamás ha dudado de sí mismo. Pero toda esa fachada, todo ese teatro de compostura, se venía abajo en cuanto pensaba en ella.

—Se trata de Elena —dije por fin. Pronunciar su nombre en voz alta fuera del entorno de la oficina hizo que las entrañas se me apretaran en un nudo.

Lucas esbozó una sonrisa lenta, sin sorpresa.

—Elena. La chica de la que llevas tres años hablándome como si fuera la reencarnación de Turing. La que nunca encendía la cámara en las videollamadas.

—La misma —asentí, fijando la mirada en mis propias manos, en los nudillos anchos que el jueves pasado se habían puesto blancos sobre la mesa de reuniones—. Por fin hemos trabajado presencialmente. El proyecto Nexus nos ha obligado a estar juntos en la oficina estas últimas semanas.

—¿Y qué tal? ¿Es tan brillante como decías?

—Es infinitamente más brillante de lo que imaginaba —respondí, y la voz se me volvió más grave, rasgada por una emoción que me costaba contener—. Pero también es... un misterio que me rompe el corazón cada día.

Lucas se reclinó en el sillón, cruzando los brazos y prestándome toda su atención.

—Explícate, Dani. Sabes que me tienes intrigado desde que me dijiste que ibais a codirigir el proyecto.

Solté un suspiro largo, dejando que la taza de café se enfriara entre mis manos.

—No sé ni por dónde empezar a contar la bomba que ha sido esto para mi cabeza —confesé—. Llevo tres años ciego, Lucas. Absolutamente ciego. Creía que lo que sentía por Elena durante este tiempo era una admiración profesional profunda, un respeto intelectual por la única persona en la empresa capaz de desafiar mis propuestas con una elegancia impecable. Pero en cuanto la vi cruzar la puerta de la sala de reuniones el primer día... me di cuenta de la mentira que me había estado contando a mí mismo.



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En el texto hay: drama, superacion, amor

Editado: 23.09.2026

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