El algoritmo de la distancia

CAPÍTULO 2: LAS MATEMÁTICAS DE CUANDO ERA FELIZ

El teclado del ordenador es el único instrumento que no te exige mentir. Si cometes un error, el compilador no te juzga, ni busca dobles intenciones, ni intenta consolarte con palabras falsas: simplemente detiene la ejecución y te muestra la línea exacta, el carácter preciso donde el orden se rompió. En el código todo es causa y efecto. Si defines bien las variables, el universo responde con una lógica simétrica y reconfortante.

Mantenía la mirada fija en el monitor mientras la tarde en la oficina se apagaba en tonos grisáceos. A mi alrededor, las luces led iluminaban las mesas vacías. La mayor parte de la plantilla se había marchado a las seis, pero Daniel continuaba en su sitio, a cuatro mesas de distancia. De vez en cuando, el eco amortiguado de las teclas de su teclado mecánico marcaba un compás constante. Podía sentir su presencia ahí, como una masa de aire denso que alteraba la gravedad de la sala, aunque no necesitara mirarlo para saber que seguía con los brazos remangados y la vista clavada en sus tres pantallas.

Hacía años que no pasaba tantas horas dentro de un edificio corporativo. El aire acondicionado, seco y filtrado, traía un olor neutro a papel, moqueta limpia y plástico recalentado. Un olor industrial que, de forma insidiosa, me transportaba a otro tiempo. A las aulas de la Facultad de Informática de la Universidad Politécnica.

Cerré los ojos un segundo, dejando que el sonido de mi propia respiración borrara el murmullo de los servidores.

Tenía diecinueve años cuando comprendí por primera vez la belleza de la programación. No fue en una clase teórica ni en un examen de álgebra lineal, sino en una noche de octubre, en la biblioteca de la facultad, rodeada de apuntas subrayados en amarillo y latas de refresco a medio terminar. Recordaba la mesa de madera arañada, la luz fluorescente parpadeante y el olor a lluvia colándose por los ventanales altos.

A mi lado estaba Álvaro.

En aquel entonces, Álvaro no era la sombra que mi mente evitaba; era un chico de veinte años con una sonrisa fácil, las manos siempre tibias y los bolsillos llenos de caramelos de menta. Estudiaba Derecho, un mundo de leyes escritas por hombres para corregir a otros hombres, una materia que a mí me parecía caótica y arbitraria. Él se sentaba conmigo en la biblioteca simplemente para hacerme compañía mientras yo peleaba contra mi primer algoritmo complejo para la asignatura de Estructura de Datos.

—¿Otra vez atascada con la recursividad, Elena? —me había preguntado aquella noche, quitándose las gafas y frotándose el puente de la nariz con cansancio afectuoso.

—No es recursividad, es un problema de optimización —había respondido yo, ensimismada, mordisqueando la parte trasera de un bolígrafo—. Si uso este bucle, la complejidad temporal se dispara a un nivel exponencial. Necesito que sea lineal. Si no es lineal, el sistema colapsará cuando maneje miles de datos.

Él había soltado una carcajada suave, esa risa baja que solía darme escalofríos en la nuca, un escalofrío que en aquel tiempo me producía una calidez bonita en el pecho. Me había pasado un brazo por los hombros —un gesto natural, cotidiano, sin miedo, sin cálculo— y había apoyado la barbilla en mi cabeza.

—A veces se te olvida hablar en español, hacker. Háblame en cristiano.

—Es como organizar un armario, Álvaro —le había explicado, girándome hacia él con los ojos brillantes por el entusiasmo del descubrimiento—. Si metes la ropa sin mirar, tardarás horas en encontrar un calcetín cuando el armario esté lleno. Pero si creas un índice, si organizas cada cajón por patrones, solo necesitas mover un brazo para encontrar exactamente lo que buscas. La programación no es calcular; es crear orden donde solo hay caos.

En aquella época, yo no programaba para protegerme del mundo; programaba porque el mundo me parecía un rompecabezas fascinante que deseaba comprender. Tenía una capacidad analítica natural, una forma de ver las conexiones invisibles entre las cosas que a los demás les llevaba días descifrar. Mis profesores hablaban de mi «intuición lógica». Para mí no era intuición; era simplemente ver las líneas de aire por las que debía fluir la información.

Aquellos años en la universidad habían sido luminosos. Me acordaba de las mañanas de primavera en la cafetería del campus, el sol colándose entre los árboles de la plaza central, el sonido de las risas y la música saliendo de los altavoces de los colegios mayores. Tenía un grupo de amigos maravilloso. Éramos cinco: Álvaro, dos chicas de mi carrera —Bea y Cristina—, un compañero de telecomunicaciones llamado Sergio, y yo.

Éramos inseparables. Hacíamos viajes improvisados los fines de semana en un coche viejo que se calaba en los semáforos. Nos apilábamos en el sofá del piso compartido a comer pizza fría mientras discutíamos sobre películas, política o chistes absurdos que solo nosotros entendíamos. Yo era la "cerebrito" del grupo, la chica tranquila a la que acudían cuando necesitaban organizar un itinerario, resolver un contrato de alquiler o arreglar un ordenador averiado. Me gustaba ese papel. Me hacía sentir útil, querida, integrada en una colmena humana perfecta donde cada pieza encajaba con suavidad.

Y Álvaro... Álvaro me quería con una devoción sencilla. Nos cogíamos de la mano al caminar por el parque del Retiro en otoño, pisando las hojas secas. Recordaba el tacto de su chaqueta de pana, el olor de su colonia barata mezclado con el tabaco de liar que fumaba a escondidas de sus padres. Me besaba en la esquina de los labios cuando yo estaba demasiado concentrada leyendo, y me hacía reír hasta que me dolía el estómago haciendo imitaciones pésimas de nuestros profesores.



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En el texto hay: drama, superacion, amor

Editado: 23.09.2026

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