El algoritmo de la distancia

CAPÍTULO 19: EL LÍMITE DE LA ASIMETRIA

Durante casi un mes, el mundo pareció funcionar con una elegancia matemática perfecta.

Habíamos reprogramado nuestras rutinas sin necesidad de hablarlo demasiado, adaptándonos el uno al otro con la precisión fluida de dos algoritmos diseñados para complementarse. Nuestra empresa mantenía una política flexible de teletrabajo que nos permitía quedarnos en casa tres o cuatro días a la semana, pero ninguno de los dos volvió a hacer uso de esa opción. Todos los días, a las ocho y diez de la mañana, yo cruzaba el vestíbulo del edificio, compraba un café y un té de jazmín con miel en la esquina y subía a la quinta planta sabiendo que la encontraría allí.

Y allí estaba siempre.

Elena. Reclamando su espacio con una serenidad luminosa que me llenaba el pecho de un orgullo indescifrable. Habíamos reducido la barrera de seguridad de tres metros a un metro escaso. Ya no necesitaba interponer sillas vacías en las salas de reuniones ni colocarse de espaldas a la pared; su silla en la oficina estaba pegada al lado opuesto de mi mesa, separada únicamente por la anchura de la madera y un par de monitores.

Seguíamos sin tocarnos. La distancia física continuaba siendo una frontera invisible, pero tan sagrada y respetada que jamás se sintió como una carencia. La cercanía que habíamos construido no necesitaba la piel: estaba en las miradas largas y tranquilas que nos cruzábamos por encima de las pantallas, en las risas ahogadas a mitad de mañana, en las notas de voz de tres minutos que nos mandábamos de camino a casa y en las conversaciones nocturnas donde desnudábamos nuestras sombras sin un solo atisbo de miedo.

Verla florecer era la experiencia más abrumadora de mi vida. Elena sonreía. Bromeaba con el equipo. Empezó a recuperar colores en su vestuario, dejando atrás la armadura de telas oscuras para lucir jerséis suaves, tonos cálidos y una soltura al caminar que dejaba ver a la mujer increíble que siempre había estado allí, agazapada tras el dolor. La física de nuestro entorno había cambiado: no había roces, pero la intimidad entre los dos era tan densa y real que cualquier persona que entrase en la quinta planta podía palparla en el aire.

Por eso, el golpe del lunes fue como despeñarse a ciegas por un barranco de hielo.

A las ocho y quince crucé la puerta de cristal de la oficina llevando las dos bebidas calientes. Mi mirada fue directa, como cada mañana, hacia la mesa del fondo.

Estaba vacía.

Su portátil no estaba montado en el soporte. La silla continuaba perfectamente alineada contra la mesa. Pensé, en un primer arrebato de lógica, que el tráfico se le habría complicado o que el metro tendría demoras. Me senté en mi sitio, dejé el café sobre un posavasos y encendí la pantalla.

A las nueve de la mañana, su sitio seguía desierto.

Abrí el chat corporativo. Elena: Desconectada. Le mandé un mensaje corto, tratando de no sonar invasivo.

Daniel: «Buenos días, socia. Se me va a enfriar el café. ¿Todo bien con el metro?»

Un punto gris. Sin confirmación de lectura.

A las nueve y media, la inquietud empezó a arañarme el estómago. Elena no faltaba jamás sin avisar. Incluso en sus peores épocas de aislamiento, enviaba un correo a primera hora o dejaba un mensaje técnico justificando su ausencia. Intenté llamarla al teléfono móvil. El tono de llamada sonó cuatro veces, largo y hueco, antes de dar paso al buzón de voz.

—Elena, soy yo. Avísame cuando leas esto para saber que estás bien.

A las once de la mañana, la opresión en mi pecho ya era un dolor físico insoportable. Llamé de nuevo. Una, dos, tres veces. Nada. Apagado o fuera de cobertura.

Repasé mentalmente nuestro fin de semana. El viernes por la tarde habíamos salido juntos a pasear por el Retiro antes de despedirnos. Estaba de un humor extraordinario, hablándome con entusiasmo de un nuevo módulo de arquitectura que quería implementar en el proyecto. Hablamos por chat el viernes por la noche. El sábado por la mañana me mandó una foto de su té. Pero a partir del sábado a las nueve de la noche, sus mensajes se detuvieron.

En ese momento atribuí su silencio a que estuviera descansando o desconectando del ordenador. Pasó el domingo y no quise presionar, respetando su espacio, convencido de que volvería a saber de ella el lunes por la mañana.

Llevaba más de cuarenta y ocho horas sin saber de ella.

A las doce, incapaz de seguir disimulando frente al teclado, me levanté de la mesa de golpe. Me dirigí a la zona de administración buscando a Sandra. La encontré junto a la fotocopiadora, revisando unos expedientes.

— Sandra —la llamé, y el tono traicionero de mi voz hizo que ella se girase de inmediato, frunciendo el ceño al ver mi cara.

—Daniel, ¿qué pasa? Pareces un fantasma.

—¿Has hablado con Elena hoy? ¿Te ha mandado algún correo o te ha avisado de que no venía?

Sandra dejó los papeles sobre la mesa, contagiada al instante por mi alarma.

—No... no me ha dicho nada. Pensaba que estaría contigo o que habría ido directo a alguna reunión con Tomás. ¿No responde?

—Lleva dos días sin dar señales de vida, Sandra. Su teléfono da señal apagada. Esto no es normal en ella. Algo va mal.



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En el texto hay: drama, superacion, amor

Editado: 23.09.2026

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