«Hay personas que llegan a nuestra vida para cambiarla. Otras regresan cuando creemos haberlas perdido para siempre. Pero existen unas pocas cuya aparición es capaz de cambiar el destino de una batalla, despertar recuerdos que creíamos enterrados y devolver la esperanza a quienes estaban convencidos de haberla perdido».
CINCO SOLES CONTRA CIENTO QUINCE
La muerte parecía haber encontrado finalmente el camino hacia los cinco soles. Ciento quince hombres armados rodeaban la gigantesca sala subterránea. Algunos ocupaban las plataformas superiores; otros permanecían junto a las puertas metálicas, mientras varias decenas avanzaban lentamente hacia el centro.
Allí estaban ellos. BlackSun, completamente vestido de negro, con los soles dorados de su uniforme resplandeciendo bajo las luces industriales. A su derecha, RedSun, su hermano gemelo Akira, vestido de rojo con los característicos soles negros. Junto a ellos, otros dos soles rojos: Gaara e Izan.
Y finalmente, el quinto, Deidara Uchiha, cuyas manos sostenían dos dagas que acababan de dejar fuera de combate a ochenta y cinco hombres en el nivel anterior. Cinco figuras. Cinco identidades ocultas.
Cinco vidas amenazadas. Kawaki levantó lentamente las manos. Dos llamaradas surgieron de sus palmas.
No necesitaba ningún don ocular ni otros elementos. Su dominio del fuego, sus conocimientos de combate y su extraordinaria inteligencia eran suficientes para convertirlo en un adversario temible. Akira encendió también sus manos. Bajo la máscara, su ojo derecho permanecía preparado para activar el Kyōmeigan.
Izan hizo aparecer pequeñas llamas alrededor de sus dedos. Gaara, por su parte, sintió cómo la tierra respondía bajo sus botas. El suelo comenzó a vibrar. Deidara ajustó las empuñaduras de sus dagas. Ocultos bajo las prendas de sus respectivos compañeros, Yoru, Argent, Juuby y Lúmen permanecían atentos. El vínculo telepático de Gaara mantenía comunicados a los cinco.
«No disparen contra las plataformas todavía», advirtió Kawaki.
«¿Por qué?», preguntó Izan.
«Hay demasiados hombres. Si provocamos un derrumbe, podríamos quedar atrapados».
«¿Y qué proponés?», intervino Akira.
Kawaki contempló las posiciones enemigas.
«Abrir un corredor hacia la salida norte».
Deidara respondió mentalmente:
«Me parece excelente. ¿Alguien tiene alguna sugerencia para convencer a ciento quince criminales de que nos permitan pasar?»
Akira estuvo a punto de reír.
«Podríamos pedirlo amablemente».
«Maravilloso. La diplomacia siempre fue mi especialidad», respondió Deidara.
Lúmen, oculto junto a su cuello, adquirió un tono gris.
«Deidara, estás agotado».
«Lo sé, pequeño. Pero todavía conservo mis dos dagas y una cantidad considerable de mal humor».
Gaara no sonrió. Estaba demasiado preocupado. Podía sentir el agotamiento de Kawaki a través del vínculo. Y también algo más. Dolor.
Un dolor emocional que su novio todavía no estaba preparado para compartir.
«Kawaki...»
BlackSun respondió inmediatamente:
«Estoy bien».
Gaara cerró los ojos. No insistió.
Todavía no tenía derecho a exigirle confianza. No después de todo lo ocurrido. Entonces, desde los altavoces, resonó la voz de WhiteSun.
-¡AHORA SÍ, NARUTO UZUMAKI!
Kawaki levantó lentamente la cabeza.
-¡QUIERO VER CUÁNTO TIEMPO PODÉS RESISTIR!
Los guardias levantaron sus armas.
Y WhiteSun pronunció la orden.
-¡FUEGO!
EL MUCHACHO QUE APARECIÓ DE LA NADA
Los disparos comenzaron casi simultáneamente. Decenas de proyectiles atravesaron el aire. Kawaki preparó una barrera de fuego. Gaara hizo vibrar la tierra. Akira se dispuso a proteger a su hermano. Izan levantó ambas manos. Deidara tensó los músculos.
Pero ninguno llegó a ejecutar su defensa. Porque, en aquel preciso instante...
Alguien apareció entre ellos y los enemigos. No descendió de ninguna plataforma. No salió de una puerta. No atravesó una pared.
Simplemente, un instante antes no estaba allí y, al siguiente, ocupaba el centro de la sala. Era un muchacho.
Aparentemente tenía dieciséis años. Su belleza resultaba extraordinaria. Poseía una piel clara, facciones armoniosas y delicadas, una expresión juvenil y unos intensos ojos celestes que parecían observarlo todo con una mezcla de inteligencia, curiosidad y diversión.
Sus cabellos eran rojos. De un rojo intenso, casi semejante al fuego. Le llegaban hasta los hombros y caían en suaves mechones alrededor de su rostro. Vestía ropa moderna: pantalones negros ajustados, una camiseta oscura de cuello alto y una chaqueta juvenil de líneas elegantes. Sobre aquellas prendas llevaba una túnica larga de color rojo sangre, abierta por delante, que descendía hasta casi rozar sus botas negras. No utilizaba guantes.
Sus manos estaban completamente descubiertas. Y, a diferencia de los cinco soles, su rostro permanecía visible. El muchacho contempló los proyectiles que se aproximaban.
Después sonrió. Una sonrisa tranquila. Casi divertida.
-Vaya - murmuró - Qué recibimiento tan poco hospitalario.
Entonces sus ojos cambiaron. El azul desapareció. Un rojo intenso ocupó ambos iris. Y dentro de ellos apareció un diseño complejo, extraordinariamente hermoso y aterrador. El Mangekyō Sharingan.
No levantó los brazos. No hizo sellos. No pronunció ninguna técnica. Simplemente miró. Y el mundo pareció obedecerle.
EL ESPEJO INVISIBLE
Los proyectiles se detuvieron. No todos al mismo tiempo. No de manera uniforme. Cada uno pareció encontrar una superficie invisible situada entre el muchacho y quienes habían disparado. Durante una fracción de segundo, el aire brilló. Después...
Los proyectiles regresaron. A la misma velocidad. Siguiendo sus trayectorias de origen. Hacia los hombres que los habían disparado.
Los gritos estremecieron la sala. Los guardias intentaron apartarse. Algunos levantaron sus armas. Otros se arrojaron al suelo. Pero el ataque ya había sido devuelto. Uno tras otro, los hombres fueron alcanzados por sus propios disparos.