El Precio De Olvidarte

EL PRINCIPIO DEL FIN

El silencio en el comedor de la casa de los Vega no era paz. Era ausencia.

Clara removía su café sin azúcar, mirando por el ventanal. La piscina estaba perfecta. El jardín estaba perfecto. Todo en esa casa estaba perfecto y nada era de ella.

Frente a ella, Jonathan ni la miraba. Tablet en mano, traje gris claro ya puesto a las 7:45 AM, revisaba el cierre de Wall Street y los renders de la nueva torre en Nordelta.

Para Clara era una de esas mañanas en las que sentía que su vida le quedaba grande.

El celular de Jonathan vibró. Nombre en pantalla: Martín Salas - Directorio.

—Jonathan Vega — contestó, instantáneamente con otra voz, la voz encantadora—. ¿Sí?

Clara lo observó. Cómo se transformaba. Cómo sabía ser cálido cuando quería.

—¿Hoy? — Jonathan frunció el ceño, pero sonrió —. Perfecto. Que el equipo prepare la sala de directorio. Sí, que esté impecable.

Hubo una pausa.

—Bien. A las diez lo recibo personalmente. Gracias, Martín.

Cortó.

—¿Quién es? — preguntó Clara, por inercia. Por llenar el silencio.

—El nuevo socio — dijo Jonathan, ya volviendo a la tablet —. V&V Capital finalmente firmó. El directorio aceptó vender el cuarenta por ciento a un grupo inversor extranjero. A partir de hoy tenemos nuevo socio. Un tal Alexander. Parece que es un pez gordo.

Clara asintió. Un nombre más. Alexander. En V&V Capital entraba y salía gente importante todas las semanas. Su marido siempre hablaba de negocios.

No le dio importancia.

Se tomó el café de un sorbo, como quien cumple una tarea, y se levantó.

—No olvides que hoy tenemos la cena con los Alvarado.

—Ahí estaré — dijo Jonathan sin mirarla.

Clara subió a vestirse para ir a la fundación, sin saber que en cuatro horas su vida iba a partirse en dos.

Subió a su habitación. Como de costumbre.

El vestidor de Clara Vega ocupaba más que el primer departamento donde había vivido con su madre. Ropa que no elegía, carteras que le mandaban las marcas, zapatos que usaba una vez.

Se paró frente al espejo. Se puso el anillo de casamiento. Un diamante de tres quilates que Jonathan le había elegido con su joyero personal. Pesaba. Siempre le había pesado.

Abrió el alhajero para guardarlo.

Y ahí estaba.

Abajo, escondido bajo el terciopelo, en un compartimento que nadie más conocía.

Un anillo finito, de plata gastada. Pobretón. Sin brillo. Con una piedrita mínima que ya casi no se veía.

Clara lo miró.

Lo sacó con la punta de los dedos, como si fuera algo sagrado.

Lo acarició. Una vez. Dos veces.

Y sonrió. Esa sonrisa que no le había mostrado a nadie en quince años. La sonrisa de la Clara de antes. De la que se reía a carcajadas en una plaza, sin cartera de marca y sin miedo.

Nunca lo usaba. Si Jonathan lo veía, preguntaría. Si su padre lo hubiera visto en su momento, lo habría tirado.

Pero siempre, al verlo, lo acariciaba y sonreía.

Cerró el alhajero. Con cuidado. Como quien cierra un secreto.

Se miró al espejo una última vez. Se acomodó el blazer. Volvió a ser Clara Vega, esposa del CEO de V&V Capital.

Bajó.

Jonathan ya la esperaba sentado en la limousine, con la puerta abierta, hablando por celular. Ni la miró. Solo hizo un gesto con la mano para que se apurara.

—Dale, Martín, decile que si quiere el cuarenta por ciento, que venga él en persona. Acá no negociamos por Zoom.

Clara subió al auto. Se sentó lo más lejos posible de él.

La limousine arrancó hacia la torre de V&V en Catalinas, con los dos en su mundo, cada uno mirando por una ventana distinta.

Ella no sabía que en el piso 42, ya la estaba esperando el dueño de ese anillo de plata .




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