El portazo al cerrar la puerta del copiloto retumbó como una detonación dentro del auto.
Gabriel puso el motor en marcha y aceleró bruscamente hacia la avenida. La lluvia afuera comenzaba a repicar con fuerza contra el parabrisas, pero la verdadera tormenta estaba dentro del vehículo. El silencio duró apenas tres calles antes de que el volcán de celos y frustración terminara por estallar.
—¿Te parece divertido? —soltó gabriel, rompiendo el aire con una voz raspada, cargada de una furia contenida que hacía temblar el espacio—. Permites que te abrace frente a toda la universidad, dejas que te toque en la barra como si fuera lo más natural del mundo y encima te burlas en mi cara.
Me giré en el asiento, sintiendo cómo la indignación me quemaba el pecho.
—¡Yo no le permito nada a nadie,gabriel! —le espeté con fuerza, encarándolo—. Samuel es un hombre amable que me trata con cariño y respeto. ¡A diferencia de ti, que un día me acorralas en la cocina y al día siguiente me ignoras en la clase para coquetear con mi mejor amiga!
Gabriel apretó el volante con tanta rabia que las llantas chillarón ligeramente al dar una vuelta cerrada.
—¡Estaba dándole un reconocimiento académico a Sophie! —exclamó él, levantando la voz por primera vez desde que lo conocía.
—¡Estabas usándola para ponerme celosa! —le grité, inclinándome hacia su lado—. No seas hipócrita, profesor Vance. Te molesta no tener el control sobre mí. Te carcome saber que no soy de tu propiedad y que fuera de esa casa hay gente que sí sabe ser cálida conmigo.
—¡Cállate,isabella! —retumbó su voz por todo el habitáculo.
—¡No me voy a callar! —continué, con la respiración agitada y la voz temblando de rabia—. Estás frustrado porque tus reglas absurdas no sirven de nada, porque no puedes controlar lo que siento, ni con quién salgo, ni…
Gabriel no me dejó terminar.
Frenó el auto de golpe a un lado de una calle oscura y solitaria, debajo del puente de la avenida. Antes de que pudiera protestar o reaccionar, se quitó el cinturón de seguridad, se giró hacia mi asiento y tomó mi rostro con ambas manos. Su agarre era firme, posesivo y ardiente.
—Dije que te calles —murmuró contra mis labios antes de devorar mi boca en un beso apasionado.
El choque fue eléctrico, violento y desgarrador. Se acabaron las barreras, las reglas del aula, el fantasma del profesor y la sombra de mi tío sebastian . Toda la tensión reprimida durante semanas, la furia de los celos, la atracción prohibida y el deseo constante explotaron en un solo contacto.
Solté un gemido ahogado contra su boca, pero en lugar de empujarlo como la última vez, mis manos buscaron por instinto su cuello, enredando mis dedos en su cabello. Gabriel gruñó desde el fondo de su garganta, profundizando el beso con una intensidad que me dejó sin aire. Su lengua se abrió paso con hambre, reclamando cada rincón, mientras su mano bajaba desde mi mandíbula hasta la curva de mi cintura, pegándome a su cuerpo lo más posible dentro del reducido espacio del auto.
El beso olía a lluvia, a menta y a peligro puro. Nos besamos con un frenesí desesperado, como si el mundo fuera a acabarse al amanecer, devorándonos los labios hasta que la falta de oxígeno comenzó a hacernos falta.
Cuando finalmente nos separamos, nuestras frentes quedaron pegadas. Teníamos la respiración agitada y los corazones martillando a mil por hora contra las costillas.
Gabriel tenía los ojos oscuros completamente nublados por el deseo, los labios entreabiertos y la camisa ligeramente arrugada. Sus dedos temblaban levemente mientras aún sostenían mi rostro con delicadeza. Yo lo miraba con los labios hinchados y el pecho elevándose a un ritmo descontrolado, incapaz de articular una sola palabra.
El silencio que siguió ya no era de odio ni de discusión: era el abismo de dos personas que acababan de cruzar la línea de no retorno y que, a pesar del peligro, se habían quedado con ganas de muchísimo más.
El calor sofocante dentro del auto contrastaba violentamente con el frío de la lluvia que seguía estrellándose contra el cristal. Nuestras respiraciones agitadas eran el único sonido en la penumbra de esa calle solitaria.
Gabriel no me había soltado. Sus dedos seguían enredados en mi cabello, sosteniendo mi nuca con una firmeza que quemaba. Rozó su pulgar lentamente por mi labio inferior, aún hinchado por la intensidad del beso, mientras sus ojos oscuros devoraban cada rasgo de mi rostro.
—Esto es una locura… —murmuré contra sus labios, apenas en un hilo de voz que delataba lo mucho que temblaba por dentro.
—Lo es —admitió él con la voz completamente rasposa, bajando la cabeza para dejar un beso lento y profundo justo en la comisura de mi boca, haciendo que un escalofrío me recorriera de pies a cabeza—. Pero me estabas volviendo loco,isabella.
Se separó despacio, como si le costara un esfuerzo sobrehumano romper el contacto. Apoyó la cabeza contra el respaldo del asiento, cerrando los ojos unos segundos para intentar recuperar el control y la compostura que siempre lo caracterizaban. Yo me acomodé en mi asiento, acomodándome el abrigo con manos temblorosas y mirando fijamente hacia el parabrisas mojado.
Puso la marcha de nuevo. El resto del camino al departamento transcurrió en un silencio cargado de una tensión eléctrica, casi tangible. Ya no había discusiones ni reclamos sobre Samuel; solo la certeza compartida de que habíamos cruzado un punto de no retorno.
Al subir por el ascensor, la distancia de un metro entre los dos se sentía como una tortura. Gabriel mantenía las manos metidas en los bolsillos de su abrigo, pero cada vez que nuestras miradas se cruzaban en el reflejo del espejo, la chispa del auto volvía a encenderse.
Abrí la puerta del departamento con cuidado. Las luces de la sala estaban apagadas, salvo por la pequeña lámpara del pasillo. Mi tío Sebastián ya se había ido a dormir, dejando la casa en un silencio profundo.