Siete de la mañana y Diana se encuentra abriendo los ojos de manera lenta tendida sobre su cama, está comenzando su día ya teniendo dolor de cabeza y no puede creerlo, se supone que se acuesta a dormir por las noches para descansar pero amanece más cansada que el día anterior. Suspira, talla sus ojos incorporándose despacio mientras observa hacia el escritorio de su cuarto donde puede ver el par de patines sobre el mismo, estuvo limpiándolos hasta antes de irse a dormir e incluso se aseguró de que los protectores de las cuchillas estuvieran en buen estado; solo pensar en la rutina que está preparando le hace sonreír en grande más esta desaparece cuando recuerda que debe compartir la pista con el equipo de hockey de la universidad.
Para su desgracia no llegaron a un acuerdo que fuera beneficioso para ella, el entrenador le dijo que estaban próximos a comenzar un importante campeonato y que, no podía simplemente evitar entrenar solo para que tuviera la pista a sus anchas, sí o sí debían solidarizarse con el otro; no tuvo más opción que aceptar, usaría las primeras dos horas de la mañana para poder practicar con su entrenadora y el resto de las horas —cuando Coronado y su ganado de tontos llegaban— debería ser solo para pulir su estilo y nada más evitando así tener que toparse mucho con ellos —debe terminar cuanto antes, no quiere siquiera verlos ni en estampillas—.
Escuchó la voz de su madre y de su padre animados en la sala, frunció el ceño saliendo del cuarto descalza, medio dormida para poder verlos. Nunca esperó que al ingresar en la sala se encontraría con su hermana Alanna riendo a la par de su progenitora, ambas jóvenes se observaron unos segundos para que la mayor de las Sinclair se pusiera de pie acercándose a saludarla y Diana solo podía pensar que era demasiado temprano para tener que lidiar con el tema.
—Veo que ya has regresado —Diana la observó con desagrado.
—Diana, llevamos tiempo sin vernos, creces muy rápido. Cada vez que me voy pareces ganar más centímetros —sonrió.
—Si bueno, es lo común —se encogió de hombros pasando por su lado sin siquiera detenerse a devolverle el abrazo o ser más amable. Ni muerta.
—¿No vas a darle un abrazo a tu querida hermana? Estuve fuera muchos meses —volvió a intentar.
—Uh, la verdad no me di cuenta de que te habías ido —sonrió tomando una cajita de jugo de naranja de la nevera—. Apenas sentí tu ausencia.
—Estás de mal humor por lo que veo, relájate un poco, ahora que estoy de regreso en casa luego de un largo viaje quisiera tener unas buenas vacaciones —rió.
—Tú me pones de mal humor —rodó los ojos, en cuanto vio a su madre alejarse fue que aprovechó—. Dejemos las cosas claras, Alanna, ni tú ni yo queremos tener que compartir siquiera el aire que respiramos, haz tu vida y yo haré la mía. Y por favor, evita estas escenas estúpidamente empalagosas porque no son de mi agrado y tú no las sientes, ¿bien? Avísame cuando vuelvas a irte, para volver a ser feliz.
—Vaya, vaya, sí que tienes mal carácter, no lo recordaba —se cruzó de brazos—. Supongo que decirte que debemos llevarnos medianamente bien por mamá no es una opción.
—No, la verdad no —negó—. No me interesa que mamá siga creyendo que tenemos diferencias por las edades o tonteras así, ya no somos niñas y yo te odio por ser tan desgraciada.
—Me halagas —soltó con mofa.
—Oh, créeme que es el halago más suave que tengo para ti pero respeto mi hogar —masculló Diana—. Mantente lejos de mí, no te me acerques, tú y yo dejamos de ser hermanas hace años.
—Creo que eres demasiado sentimental, ¿todo este escándalo es por un chico? ¿Porque me quiso más a mí que a ti? Eso no es culpa de nadie, ni siquiera tuya, cada uno tiene percepciones diferentes de la belleza ajena, aunque siempre he sido la más guapa de las dos. —se encogió de hombros—. No tienes que ser tan dura, Diana, para mí no significó nada en lo absoluto y fue de una noche… o varias, pero me entiendes.
—Pero para mí significaba mucho, Alanna, y a ti te importó un carajo —sonrió—, no te me acerques, infeliz resbaladiza.
Sin más, Diana salió de la cocina como alma que lleva el diablo por el solo hecho de que si no la detenían terminaría dándole un buen golpe a esa estúpida hermana suya. A pesar de que ya habían pasado dos años desde que su gran pelea se dio aún no puede ver a Alanna con otros ojos que no sean los del dolor, si antes tenían rivalidad por el deporte y por la forma en que la más experimentada en el deporte despreciaba sus esfuerzos, ahora eran simplemente desconocidas que se veían en la casa cada cierto tiempo cuando Alanna no estaba de viaje compitiendo, dando clases, haciendo entrevistas y demás.
Todo el mundo sabía que de las hermanas, la exageradamente virtuosa era Alanna con cientos de medallas ganadas, todas de primer puesto, críticas excelentes, los mejores saltos, récords ganados, campeonatos enteros siendo el centro de atención de las cámaras y de los jueces, con un gran grupo de fans… En definitiva, era la maestra del patinaje artístico, fina, delicada, perseverante, políticamente correcta, asquerosamente pulcra al realizar sus rutinas y siguiendo a raja tabla todas y cada una de las indicaciones de sus entrenadores o coreógrafos.
Y luego estaba Diana, talentosa de todas formas pero aún joven y novata a la par de su hermana, era más pasional, más arriesgada, prefería cambiar una rutina en plena competencia porque lo sentía a seguir lo que había preparado por seguridad, también solía ser quien creara sus propias coreografías con ayuda de su entrenadora —porque el presupuesto para contratar un coreógrafo era demasiado alto y apenas podía con su coach—; Diana había ganado algunas medallas, un tercer puesto en una importante competencia, tenía críticas buenas como malas, si estaba ante las cámaras o en el ojo de los chismes era por ser “el hermana menor de…” y odiaba eso.