En el juego

07

La noche había caído, Diana iba llegando a casa de Lila lista para tener la cena con su familia, los conocía desde hacía más de dos años pues fueron compañeras en el último año de instituto y no volvieron a despegarse hasta ser las buenas amigas que son. Si bien sus planes para esa noche eran dormir temprano sin preocupaciones, la invitación le vino como anillo al dedo para poder despejar su mente de sus pensamientos nada buenos, dejar de lado la rutina y el entrenamiento, darse un gusto con una comida caliente y rica y, por sobre todo, no tener que escuchar a su mamá preguntarle a su hermana cosas sobre la competencia o sus viajes.

Su madre no era una persona que causara conflictos, tampoco tienen preferencias con Alanna pero como toda madre hace preguntas a más no poder hasta saber todo lo que se le antoje siendo Diana la que debe escuchar toda la fabulosa y bienaventurada fama que lleva y blah, blah, blah, ¿se estresa? Sí, ¿se molesta? Obvio, ¿Por qué? Porque es la forma en que su hermana le recuerda que no ha podido sobrepasarla, que sigue siendo mejor, que todavía no ha logrado encontrar un logro que sea suyo y nada más que suyo; Diana quiere que sus padres la vean triunfar y que se sientan orgullosos de ella y su trabajo, que deje el mundo de conocerla como “la hermanita de Alanna” o que en las competencias los presentadores y jueces esperen ver otra versión de Lanna en ella cuando no está ni cerca de parecérsele —y con mucho orgullo—.

Toca la puerta esperando que la reciban, sacude la cabeza quitando su mal humor, es hora de despejarse, lleva en una mano una tarta de frambuesas y en la otra un pote de helado, en cuanto la puerta se abre es la pelirosa la que se ve sonriente dejándola pasar.

—Lamento la demora, pero pasé por helado para agradecerte la invitación, además, ¿Qué es una cena sin un buen postre? —Diana sonrió viendo a su amiga mientras sacudía el pote en el aire.

—No tenías que molestarte, tonta —restó importancia—. Tengo dos potes más para esta noche, créeme, pretendo comer hasta no tener idea de nada.

—Genial, parece que hemos tenido la misma idea —Sinclair le dio un toquecito bajo el mentón y terminó de cerrar la puerta.

—¡Diana, querida! —Danna, madre de Lila, acudió a la salita para estrecharla con fuerza—. Me alegra tanto que hayas podido venir, he preparado todos tus platos favoritos y Lila me ha ayudado, estuvo toda la tarde asegurándose de que saliera perfecto.

—¡Mamá!

—Gracias, a ambas, siempre están mimándome y asegurándose de que esté bien —les sonrió—. Necesitaba esto, he tenido unos días de locos.

—Me imagino que sí, querida, con la universidad y las calificaciones. Ahora que vas a competir tienes que cuidarte mucho, lo que necesites sabes que puedes contar conmigo —Danna la invitó a tomar asiento en la mesa ya que estaba todo listo para ser servido—. Lila me estuvo contando que hay un tonto que te molesta en la universidad por tu deporte, pero no tienes que dejar que te afecte, solo tú conoces lo que realmente eres y quieres, no dejes que las malas lenguas te agobien.

—Ojalá fuera tan fácil —suspiró con un susurro—. Logra desesperarme, además, me ha traído otro tipo de problemas con los demás estudiantes.

—Son todos unos idiotas —la chica rodó los ojos.

—Concuerdo —Danna sonrió—. Son burlas sobre el deporte, tómalas como de quién vienen.

—No es solo el deporte, mamá Danna —gesticuló bajo la atenta mirada de la mujer—. Me molestan porque dicen que el patinaje artístico es para niñas pequeñas, entonces, me dicen princesa como si serlo fuera motivo de ser menos.

—Yo quisiera ser princesa, piensa en los zapatos, los vestidos, carruajes… —Lila bromeó y la rubia la secundó con poses dramáticas.

—Pero qué locura, eso es arcaico, no debería ser así. Los deportes son para todos así como lo son las artes o las carreras universitarias —negó Danna con su habitual tono materno—. Diana, no te preocupes, sé que puede parecer difícil pero si les prestas atención les das lo que quieren, ignorarlos es lo mejor.

—Eso pensé también —asintió.

—¿Y no has pensado en salir con algún muchacha? O tener citas, ¿tal vez? Estás en la edad más bonita, al menos una cita te vendría bien —se encogió de hombros mientras servía los platos.

—No se me ha presentado la oportunidad de conocer a alguien que me motive a ello y, la verdad, no me sale natural solo salir por salir, no sé, estoy concentrada en otras cosas —respondió con una sonrisa amable, la veía ir por toda la mesa arreglando detalles.

—También lo entiendo —asintió Danna—. Pero dejemos ese tema de lado, esta noche vamos a comer algo muy rico, quiero que me cuentes tus planes para la competencia, te informo que tengo ya mis porras listas para ese gran día.

—¿Irá a verme? —Diana sonrió en grande.

—Claro que sí, no me lo perdería por nada del mundo, además, Lila es la más emocionada aquí, no ha dejado de hablar de ti y la competencia —la mujer jugó con sus cejas de arriba abajo viendo a su hija—. Queremos darte todos los ánimos posibles.

—Les agradezco mucho —la rubia volteó a ver a su mejor amiga—. Eres la mejor, ¿sabías?

—No es para tanto —se sonrojó.

Lila comenzó a comer escuchando a su madre contarle a Diana el cómo estaba yendo el negocio familiar, lo de siempre, lo que ya sabía, pero adoraba que la muchacha prestara tanta atención, que se preocupara por ellas o que fuera atenta. No era un secreto que la pelirosa estaba muy enamorada de su mejor amiga, ya no podía soportar solo verla de lejos tragándose lo que sentía sino que ahora quería avanzar, haría el intento, le haría saber que la quiere y que es alguien de suma importancia en su vida; era eso o vivir con la incertidumbre de no haber hecho o dicho algo que pudiera cambiar o no las cosas, lo mejor era arriesgarse y hablar.




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