Desde aquel encuentro donde Izan y Diana jugaron como niños pequeños en la pista de hielo que renda la universidad las cosas, en general, no han cambiado mucho. En el campus las bromas y motes a Sinclair siguen estando presentes de parte del equipo de hockey, de algunos otros chismosos que no tienen nada mejor que hacer que meterse en dónde no los llaman; claro que entre el capitán del equipo y la patinadora no habían vuelto a ser los mismos, cuando se veían solo había uno que otro asentimiento de cabeza, las bromas de parte de Coronado habían cesado y ni una sola vez se le había cruzado la idea de llamar “princesa” a Sinclair. Por su parte, Diana tampoco había vuelto a pelear con él y cuando se veían cara a cara solo se dejaban ir sin problemas.
Era un avance, el que Izan no fuera tras ella para molestarla le dejaba un poco de tranquilidad a su jornada universitaria, pero sí debía aguantar, de vez en cuando, al resto del equipo mofándose.
En la pista de hielo que rentaba la universidad, una escena inusual se estaba desarrollando esa misma mañana, con estudiantes que habían asistido a ver al equipo de hockey entrenar para el campeonato que iniciaría en poco tiempo y con profesores alentando. En un extremo, Izan se deslizaba sobre el hielo con destreza y velocidad con su uniforme característico, manejando el stick con habilidad y concentración escuchando los gritos de los estudiantes que no perdían tiempo en hacerles saber que estaban allí viéndolos; en el otro extremo, se encontraba Diana, con su vestuario de entrenamiento, cómodo y apretado, con movimientos gráciles y precisos, realizando piruetas y saltos que parecían desafiar la gravedad.
A pesar de estar ocupados en sus respectivas prácticas, ambos no podían evitar mirarse de reojo de vez en cuando. Haber pasado tiempo juntos divirtiéndose había hecho que las cosas cambiaran, no estaban consciente de ello, tampoco que había sido muy importante para los dos y aunque sus disciplinas sobre el hielo eran distintas, algo en la forma en que se desenvolvieron con pasión en sus actividades la vez pasada les resultaba cautivador y fascinante; aceptar que había una innegable atracción por el otro, aunque no fuera física, no estaba ni cerca de ser aceptada por el par de muchachos pero no era tan imposible de ser.
—Diana, tienes que concentrarte, por favor —su entrenadora lo observaba un poco preocupada—. No quiero que vayas a tener una mala caída, no sé qué tanto ves a los jugadores pero no te pueden molestar mientras el entrenador del equipo y yo estemos aquí.
—Sí, sí —asintió parpadeando un par de veces—. Estoy un poco desconcentrada pero no es por miedo.
—¿Y por qué es? ¿mmm? —elevó una ceja—. ¿Acaso hay alguien que te gusta?
—No, no —negó frunciendo el ceño no queriendo siquiera pensar en esa posibilidad porque ya era un hecho desde hacía un tiempo solo que decirla en voz alta cambiaba demasiado las cosas, volteó preparándose para seguir su entrenamiento—. Quiero seguir, ¿te parece si seguimos practicando el Axel?
—Bien, bien, pero creo que podemos hacer algo más para la coreografía —sopesó—. He visto una rutina muy interesante, es de una patinadora que ha ganado la última clasificatoria.
—¿Quieres que haga su rutina? —la observó curioso.
—No, para nada, Diana, pero estoy segura de que podemos inspirarnos para poder adornar la coreografía que tenemos ahora, con eso, estoy más que segura que vas a poder ganar las olimpiadas —sonrió.
—¿Qué? ¿Cómo que las olimpiadas? ¿no estamos entrenando para la próxima clasificatoria? —murmuró sorprendido.
—Para la competencia que se acerca tengo una rutina con la que vas a salir vencedora. Es la misma que hicimos hace un año en donde quedaste en tercer lugar, ¿recuerdas? Bueno, la he perfeccionado y estoy segura de que será fácil para ti hacerla lucir el doble —sonrió la mujer con felicidad.
—Bien, sí, me gusta —asintió—. Entonces, esto que estamos haciendo ahora es para las olimpiadas, quiere decir que estás segura de que puedo representar al país.
—Claro que sí, vamos a darlo todo para que puedas hacerlo. Además, tienes que estar a la altura, entrenar y estar lista mentalmente para verte frente a otros competidores, entre ellos, tu hermana Alanna.
—Sí, lo sé —asintió firme—. Haré lo que sea necesario para ser la mejor patinadora.
Por su parte, Izan realizaba potentes disparos a la portería, volteaba a cada rato viendo a Diana escuchar atenta a las indicaciones de la mujer que la ayudaba a entrenar. No podía evitarlo, cada vez que ella se preparaba para saltar Coronado se detenía en seco solo para apreciar en cámara lenta cómo Sinclair movía los pies saltando por el aire, elevando todo su cuerpo mientras hacía piruetas para caer a la perfección sin siquiera despeinar uno solo de sus cabellos, ¿Cómo hacía eso? ¿Cómo podía hacerlo parecer tan fácil? Y por primera vez, Izan quería intentarlo, también quería experimentar esa sonrisa que veía en la rubia al girar en el aire, ¿estaba mal? si sus compañeros se enteraban seguro lo mataban a golpes por considerar esa idea.
—¿Quieres decirme qué tanto estás viendo? —Matt se acerca hasta estar a su lado—. ¿Es interesante su entrenamiento? ¿entiendes algo?
—No mucho, además, desde aquí no puedo escuchar nada —rió bajo.
—Entonces, ¿Por qué la ves tanto? —ladeó la cabeza.
—Es obvio, debe estar buscando una forma de joder a la princesa —Jack llegó hasta ellos—. Según escuché de un par de chicos mayores, Sinclair anda muy de coqueta cuando sale de la universidad.