Aquella tarde de sábado parecía ser perfecta para que se reunieran en la pista de hielo para aprender más del otro, a pesar de las actividades y responsabilidades de cada uno, Coronado y Sinclair han podido coordinar sus horarios para quedar en verse. El capitán del equipo ha sido el primero en llegar al sitio mientras que observa a todos lados, no ve a su compañera por ningún lado y espera no tener que ser cancelado a último momento, para ser sinceros, Izan estuvo esperando toda la semana poder verse con la rubia de ojos celestes sin tener que escuchar las quejas y molestias de sus compañeros; suspira, ¿Qué hará si no llega? ¿y si Diana tuvo algo más que hacer? ¿Qué pasa si lo ha olvidado? Tantas preguntas que tiene en mente…
Y todas son respondidas en cuánto escucha ruido a su espalda, voltea desinteresado y abre los ojos lleno de ilusión y alegría porque Diana está allí saludándolo con un gesto de mano mientras termina de arreglar sus patines y quitar los protectores de las cuchillas; Izan se siente nervioso y emocionado al verla llegar a la pista para practicar, su corazón late más rápido y su respiración se vuelve más superficial, se siente como si estuviera en una nube, flotando sobre el hielo.
Mientras la ve calentar y prepararse para practicar, el capitán no puede evitar sentir una sensación de admiración y atracción. Se siente atraído por la gracia y la elegancia de ella, por la forma en que se mueve sobre el hielo con tanta facilidad y confianza. Izan se encuentra un poco abrumado por sus sentimientos, no sabe cómo procesarlos, se ha sentido atraído por personas antes, pero nunca ha sentido algo tan fuerte e intenso como esto, es como si estuviera cayendo en amor por la patinadora, y no sabe cómo manejarlo, ¿es prudente? ¿debe tratarla como a cualquier chica? ¿coquetearle? ¿dejar que fluya? ¿no decir nada? ¿será que solo es un interés físico o hay algo más? ¿Cómo putas va a saberlo?
Mientras Diana comienza a acercarse, Izan se siente obligado a acortar la distancia entre ellos, quiere estar cerca, quiere hablar más y conocerla aún más, es como si estuviera en una misión para conquistar su corazón.
—Ey, ¿cómo estás? —Coronado trata de sonar casual y relajado—. Pensé que no llegarías.
—Lo siento, tuve que ayudar a mi madre en algunos quehaceres pero nada de otro mundo —ella sonrió—. Siento haberte hecho esperar.
—No es problema, estoy seguro de que podríamos haber agendado otra cita en caso de que no pudieras —negó restando importancia.
—Oh, ¿cita? —Diana se vuelve hacia él y sonríe, Izan se siente como si hubiera recibido un golpe en el estómago, nervioso y emocionado—. ¿Es esto una cita, Izan?
—Sí, bueno, no, o sea… Me refería a algo general, Copito, ya sabes —desvió la mirada atontado y Sinclair sonrió en grande enternecida por ese pequeño momento de torpeza.
—Entonces, ¿qué vas a enseñarme? —ladeó la cabeza ella dándole tregua al momento.
Coronado se coloca en la pista junto a Diana que le sigue el paso de manera grácil. Comienza a explicarle los conceptos básicos del hockey sobre hielo, como el manejo del stick, el control del puck y los movimientos comunes. Sinclair escucha atenta, tratando de comprender todo junto a las técnicas que son tan diferentes a los suyos. El capitán se da cuenta de que ella está luchando para adaptarse a los movimientos agresivos y rápidos del deporte.
—Trata de relajarte y dejar que el stick haga el trabajo —Izan aconseja, ajustando el agarre—. No necesitas patinar con tanta elegancia, solo necesitas ser rápida y ágil.
Diana asiente, intentando seguir las instrucciones. El jugador de hockey le muestra cómo controlar el puck, cómo hacer giros y cómo disparar, aunque se esfuerza por imitarlo su cuerpo se resiste a los movimientos nuevos y a salirse de la estructura que suele tener.
—No te preocupes, lleva tiempo acostumbrarse —con una sonrisa, Izan la alienta—. Lo importante es divertirse y disfrutar del juego.
—Estoy sudando demasiado, odio esto —Diana blanqueó los ojos—. Además, no tengo tanta fuerza.
—Claro que sí, solo que no estás acostumbrada a realizarla, por favor, ¿vas a decirme que no eres capaz de darle a la portería? —se mofó el capitán meneando la cabeza.
—Bueno, sí, claro que soy capaz, deja de burlarte —Diana pasó por su lado enojada.
A medida que seguían practicando, la patinadora comenzaba a sentirse más cómoda con el stick y el puck. Empezaba a disfrutar del ritmo rápido y la adrenalina del hockey. Izan, por su parte, se sentía orgulloso de verla progresar y la animaba a seguir adelante, tenía que admitir que estaba encontrándole el buen gusto a enseñar sobre lo que tanto ama.
—¡Estás haciéndolo genial! —vitoreó—. Sigue así y pronto serás una jugadora de hockey de mi equipo.
Diana sonrió, sintiendo un nuevo gusto por el deporte, agradeció a Izan por enseñarle y comprometerse con tanta paciencia. Siguieron patinando y riendo, disfrutando del nuevo desafío y la oportunidad de aprender algo nuevo; no cabe duda de que ambos se equivocaron en un inicio, pensado que el deporte del otro era un horror o que no debía considerarse como “deporte” porque la realidad es que se han divertido muchísimo, han aprendido, se han esforzado, han terminado cansados pero sonrientes y, tal vez, se trata de porque están en compañía mutua lo que le ha dado un plus al aprendizaje.
—Me ha gustado mucho aprender, ¿sabes? Creí que eran un montón de tontos atrás de una ficha pesada —Diana se carcajea en grande cuando se da cuenta de sus propias palabras.