La madrugada es fría y oscura, con una temperatura que hiela el aliento, la pista de hielo está iluminada solo por las luces tenues que la rodean, creando un ambiente misterioso y solitario. Diana, envuelta en una chaqueta y pantalones oscuros, se encuentra en el centro del lugar, sus patines deslizándose con suavidad sobre el hielo preparándose para todo lo que conlleva su entrenamiento, ensayo y demás; estirar los músculos de sus piernas a primera hora del día luego de haber dormido como un bebé toda la noche es muy importante para no correr el riesgo de un calambre o algo peor.
El aire es crudo y cortante, la patinadora puede ver su aliento mientras exhala pero no parece importarle, está por completo concentrada en su entrenamiento. Sus movimientos son fluidos y precisos, como si estuviera bailando sobre el hielo; el lugar está vacío salvo por su entrenadora, que la observa desde la barrera. El sonido de los patines cortando el hielo es el único ruido que se escucha, un ritmo constante que marca el ritmo del entrenamiento.
Diana se detiene por un momento, respira profundo y comienza a patinar de nuevo, su rostro está concentrado, sus ojos fijos en algún punto delante, está por completo en su elemento, perdida en el ritmo y la belleza de su amado deporte; la mañana parece desaparecer mientras se mueve, creando un mundo propio de belleza y gracia, es un momento de pureza y dedicación, donde nada importa excepto el patinaje y la pasión que la impulsa día a día a seguir adelante sin importar nada más.
—¡Buenos días, Copito! —la voz de Izan sorprende a Diana que frena de golpe para voltear a ver a la entrada de la pista donde el jugador ya está preparado para ingresar.
Diana no puede evitar sonreír en grande al verlo. Siente un golpe de emoción en su pecho cuando lo ve ingresar a la pista, su corazón comienza a latir más rápido y su respiración se vuelve más superficial; desvía la mirada sintiéndose nerviosa y emocionada al mismo tiempo, como si estuviera a punto de saltar desde un trampolín sin saber qué pasará después. Pero, ¿Qué rayos le pasa? ¿desde cuándo no puede controlarse siquiera un poco? Sí, el capitán le gusta desde hace tiempo pero nunca fue algo que saliera a flote con tanta rapidez, y es que luego de ese día donde se divirtieron tanto parece que todo su enojo contra Coronado por las constantes burlas desapareció por completo.
Mientras lo observa acercarse, Diana siente una mezcla de sentimientos: ansiedad, expectativa, felicidad y un poco de miedo pero al mismo tiempo se siente orgullosa de poder enseñarle a Izan, se imagina mostrándole los movimientos básicos, ayudándolo a encontrar su equilibrio en las piruetas. Para ser sincera se siente como un mentor, guía, y eso le da una sensación de confianza y seguridad.
—Lamento llegar un poco tarde, pero me costó levantarme tan temprano, ¿seis de la mañana? ¿no te quieres ni un poquito? —Izan llega deslizándose con confianza.
—Buenos días, Izan —sonríe de lado—. Para serte franca, no creí que vinieras, mi concepto de ti es que eres muy holgazán.
—Escogiste este horario porque querías probarme, lo sé, pero aquí estoy ya que me interesa mucho aprender esos saltos —se encogió de hombros.
—Entiendo, pero, ¿Por qué? ¿Por qué quieres aprender? ¿mm? ¿Qué puede haber de interesante en los saltos que te han hecho poner la mirada en ellos cuando nunca ha sucedido? —ella se mueve lento instando a su par a seguirla.
—Créeme que tengo un motivo, pero no te puedo decir, Copito —guiñó un ojo.
—Bien, como quieras. Pero deja de decirme Copito —negó divertida, no puede creer que ese sea el mejor apodo que tiene para ella.
—¿Por qué? ¿no te gusta? Me parece mucho más bonito que “princesa”, incluso me atrevo a decir que te define muy bien —se adelantó despreocupado.
—¿Cómo? ¿Cómo me define?
—Pues, los copos de nieve caen del cielo como si bailaran lento cuando hace más frío, y tú te ves como uno cuando estás patinando —voltea verla con sinceridad—. Como un copito que baila bajando del cielo.
—Oh… —abre los ojos sorprendida, tal vez hasta halagada, sus mejillas se ruborizan en demasía y tiene que carraspear buscando con la mirada a su entrenadora para poder sentirse menos tonta ante la situación.
—Perdón, no quise decirlo así, o sea, es que… —Izan gesticuló un poco nervioso, puede jurar que hasta lo dijo de una manera empalagosa.
—Descuida —Diana recuperó el aliento para alejarse un poco hasta llegar a su entrenadora—. ¿Te molesta si tomo un descanso y le enseño algo a mi amigo?
—No, no es problema, pero no te excedas —sonrió la mujer para tomar asiento en su sitio mientras tomaba su tableta donde tecleó con facilidad.
—De acuerdo —Sinclair regresó hasta donde el capitán se encontraba—. Ahora comencemos con todo lo que tengo que enseñarte, pero te advierto que no vas a poder saberlo todo en un día.
—Puedo con ello.
Diana llega al centro de la pista seguida de su alumno novato, experimentada con años de patinaje profesional, se coloca junto a Izan quien algo nervioso pero emocionado, mira a la rubia con ansias de aprender. Es así como inician, con una ligera carrera para estirar las piernas, ella quiere ver el estilo que maneja el capitán del equipo, quiere saber cuánto puede aguantar, qué debe mejorar para saltar, qué no debe mejorar y demás; para cuando el muchacho ha terminado el calentamiento y charlado lo básico es que todo da inicio.