Entre Crisálidas y Abejitas

Recuerdos

Si hay algo que aprendí por las malas es que la vida, definitivamente, nunca te deja alcanzar la felicidad completa.

Y lo sé porque tuve que aprenderlo de la peor manera.

Cuando creía que estaba en el punto más feliz de mi vida, ese momento en que todo parecía estar exactamente donde debía. Acababa de graduarme de la universidad, con las mejores notas. Mi padre, orgulloso de mí, había decidido ponerme al mando de la empresa.

Tenía veinticuatro años y también tenía a Audrey.

Mi novia de la universidad. Rubia, de piel blanca y porcelana, con un rostro que parecía salido de una revista. Una mujer que encajaba perfectamente con los estándares de belleza de nuestra élite. Para cualquiera, parecía perfecta.

Y yo estaba enamorado. O eso creía.

Ya estábamos comprometidos. La boda estaba cada vez más cerca. Solo faltaba que llegara el momento de decir que sí frente a todos.

A mis veinticuatro años, realmente creía que podía tocar el cielo con las manos. Tenía una carrera brillante, una empresa que algún día sería mía, una mujer hermosa a mi lado y un futuro que parecía escrito de antemano.

Hasta que un día, la vida, Dios, el universo... ya ni siquiera sé quién, decidió que yo no tenía derecho a tocar el cielo por completo.

Uno de esos hijos de puta se encargó de recordármelo. ¿Y saben qué es lo más patético?

Que la vida decidió reventarme todo en la cara en forma de una mujer de no más de un metro cincuenta… y vestida de abejita.

Sí. Como lo oyen.

Hace diez años estaba en una reunión de negocios. A mi lado estaba Adán, mi socio y mi mano derecha. Mi mejor amigo desde la infancia. Aunque decirle «amigo» se quedaba corto. Era mi hermano.

Nos habíamos criado juntos. Habíamos ido de un lado para otro toda la vida. A él le contaba mis penas, mis alegrías, mis problemas. Le confiaba mi vida.

Incluso le confié a mi prometida. Y resultó que había confiado demasiado.

Vuelta al pasado

—Bueno, señores, todo está perfecto. Ya verifiqué el contrato. Solo necesitamos la firma y la empresa será oficialmente nuestra asociada - hablo Adan con una sonrisa en el rostro

—Muy bien - respondi

Tomé la pluma. Estaba a punto de estampar mi firma sobre el contrato cuando un bullicio comenzó a escucharse fuera de la sala de reuniones. Me detuve.

Fruncí el ceño y dirigí la mirada hacia la puerta. No fui el único. Adán y los demás socios también se quedaron mirando, intentando entender qué demonios estaba ocurriendo.

Entonces, sin previo aviso, la puerta se abrió de golpe.

Una mujer irrumpió en la sala dandole una patada muy dramatica a la puerta. Podría decir que entró desesperada, pero eso no explicaría lo que llevaba puesto.

Medias amarillas y negras, rayadas hasta las rodillas. Un tutú amarillo. Una camiseta negra y, para completar semejante espectáculo, una vincha con dos antenitas negras.

Una abeja. Una maldita abeja.

—¡Alto ahí! —gritó—. ¡No firmes!

Me quedé completamente estupefacto. ¿De dónde demonios había salido esta loca?

Detrás de ella entraron corriendo dos guardias de seguridad y mi secretaria, que tenía una expresión de auténtico horror.

—¿Qué demonios está pasando? —pregunté.

—No sé, señor —respondió mi secretaria, casi sin poder respirar—. Le dije que no podía entrar, pero empezó a forcejear y consiguió zafarse.

Entonces reparé en que no venía sola. Detrás de ella había otra mujer, un poco más alta y vestida normalmente, a quien los guardias intentaban contener.

No alcancé a decir una palabra porque la mujer disfrazada de abeja volvió a adelantarse.

—¡Vine a salvarte el trasero!

Levantó un dedo con entusiasmo, como si estuviera representando una obra de teatro.

—¡Ese contrato que vas a firmar es una estafa!

Todos nos quedamos inmóviles. Miré a Adán. No porque sospechara de él. Todavía no. Simplemente porque su reacción me llamó la atención.

Se había puesto pálido. Muy pálido.

—¿De qué estás hablando? —pregunté—. Yo ni siquiera te conozco —- reparo en su vestimenta y comprendo

—Ya veo… —respondí con incredulidad—. Definitivamente perdiste la razón. Señorita, por favor, retírense. Estamos en medio de una reunión importante.

—¡No me toques mastodonte! —-le grita al guardia de seguridad que intenta tomarla

—¡No estoy mintiendo! Tengo pruebas. Déjame mostrártelas y, si después de eso no me crees, me iré por mis propios medios.

Solté un largo suspiro. Esto era una locura. Pero antes de que pudiera responder, Adán se levantó de golpe.

—¡No vas a escuchar a una maldita loca!

Se volvió hacia los guardias.

—¡Sáquenla de aquí!

—¡Tu amigo es el que te está traicionando! —gritó ella—. ¡Por eso quiere que me saquen!

—¡No le hagas caso!

Adán intentaba mantener la calma, pero algo había cambiado. Lo conocía demasiado bien. Sabía cómo se comportaba cuando estaba nervioso.

Y estaba nervioso. Muy nervioso.

—¿De qué estás hablando? —pregunté.

La mujer empezó a rodear la mesa por el lado contrario al que estaba Adán. Entonces me miró directamente.



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En el texto hay: romance y humor, romance +16

Editado: 09.10.2026

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