La joven no respondió. Se quedó mirando a Facundo, ambos se miraban fijamente, no se apartaban sus ojos del otro, Facundo sintió una punzada en el corazón, la joven tenía unos mechones rojos hermosos que salían de la capa que tenía sobre la cabeza, ojos claros profundos, pecas alrededor de su cara, unos labios rojos que Facundo miraba con deseo, era delgada, pero Facundo le sentía los músculos en los brazos, como si entrenara horas continuas, y lo más importante, sentía que la conocía de toda la vida
—Suéltala, Facundo — exigió Agustín—. ¿Me escuchas? Que la sueltes, la estás agarrando con demasiada fuerza
Facundo la soltó, no se había dado cuenta que la tenía agarrada aún, solo podía pensar en los hermosos ojos que estaba mirando y en la sensación que ella le producía
El resto del grupo se demoró un poco en llegar, habían corrido demasiado y no estaban acostumbrados a correr en un bosque, por lo cual se les dificultó un poco
—¿Por qué te fuiste corriendo así? —interrogó Hugo a la joven— ¿Sabes dónde estamos?
—No es seguro hablar acá —dijo finalmente la joven—. Síganme.
No les quedaba más opción que seguirla, era la única persona que habían visto en todas estas horas, y además ellos no sabían dónde estaban, ella sí, así que no podían cuestionarla
La siguieron durante un buen rato hasta que vieron un campamento. Cuando llegaron, las personas que estaban allá se quedaron mirando al grupo; los miraban tan fijamente que era hasta incómodo. Ivanna reconocía el lugar; ya habían pasado por ahí un par de horas antes. ¿Cómo era posible que no lo vieran?
La joven les hizo seña de que entraran a una de las tiendas que había, el grupo entró sin reparos, y una vez todos adentro, continuaron
—Ahora sí, ¿nos dirás quién eres? —Vaciló Ivanna al preguntarle—. ¿Por qué no vimos este lugar hace unas horas? Estoy segura de que pasamos por acá —Ivanna miraba cada gesto de la joven, no era posible que no lo hubiera visto
—No lo vieron porque no queríamos que lo vieran —afirmó la joven.
—No nos has dicho quién eres —era lo que realmente Facundo quería saber; se sentía bastante intrigado por ella y, a su vez, atraído—. ¿Cuántas veces quieres que te lo preguntemos?
—Es cierto, lo siento, me distraje —se disculpó la joven y se dispuso a decir— me llamo Elizabeth
—¿Por qué nos mirabas así en el río? —preguntó Lizbeth antes de que Elizabeth siguiera hablando.
—Estaba esperando que alguno de ustedes me notara; no podía gritar: era peligroso hacerlo, pero sabía que tú me notarías —añadió Elizabeth sin mostrar emoción ante sus respuestas.
—¿Cómo sabías que lo haría?
—Solo lo sabía—. Elizabeth sabía más de lo que decía
—Bien, ¿sabes cómo podemos salir de acá? —preguntó Alicia pronto; no le importaba saber quién era ella ni qué hacía ahí; quería salir del bosque y volver a su casa.
—No pueden, no aún —les respondió Elizabeth, sin importarle el resto de las preguntas del grupo—. Espérenme un momento; tengo que hacer algo y ya vuelvo.
Elizabeth salió de la tienda, dejando al grupo solo.
Todos tenían la misma frase en la cabeza: “no pueden, no aún”. ¿Cómo que no podían salir de allá? ¿Los habían secuestrado? ¿Estaban soñando? ¿O si estaban drogados? La última pregunta la descartaron; Ivanna estaba ahí también, por lo cual la respuesta era “no”, pero entonces, ¿qué significaba eso?
Al cabo de unos minutos volvió Elizabeth, esta vez volvió con un hombre, era muy alto, un poco gordo, pero no tanto, aún se le marcaban los músculos, tenía alrededor de unos 50 años, ya tenía canas y una expresión de cero amigos, así que cuando entró a la tienda, sabían que era él quien mandaba ahí
—Mi nombre es John, soy quien manda acá, bienvenidos a nuestro campamento
Elizabeth traía con ella un mapa, Luca lo reconoció porque durante su carrera había visto mucho y ya sabía cómo se veían, pero lo tenía enrollado
—Se estarán preguntando dónde están —prosiguió John—. Se encuentran en Eryndral.
—Perdona, ¿en dónde? —A Agustín le había sonado gracioso el nombre y, a su vez, un poco ridículo.
—Eryndral, están en Eryndral
—¿Qué mierda es Eryndral? —Agustín en cualquier momento se reiría, juraba que esa gente estaba muy drogada
—Les recomiendo que se sienten —miró a Elizabeth y se dirigió a ella—; creo que es mejor que expliques tú; esto no será sencillo.
—El objeto que tiene Lizbeth en la mano es un transportador. —Continuó Elizabeth.
—¿Cómo sabes mi nombre? —Lizbeth se asustó, no era normal la situación y la hacía menos normal que mencionara su nombre sin ni siquiera ella decírselo
—Sabemos el nombre de todos —añadió Elizabeth, ignorando lo extraño que se sentía el grupo.
—¿De qué estás hablando? —Alicia ahora sí sentía miedo al estar alrededor de esta gente, comenzó a pensar que los secuestrarían
—Nosotros fuimos quienes los trajeron acá; yo me encargué de poner el archivo que encontraste en tu mesa de noche y el transportador.
—¿Por qué hicieron eso y por qué nosotros? —cuestionó Alicia asustada
—Los estuvimos evaluando y, según sus habilidades, son los indicados para ayudarnos —les aclaró Elizabeth, comenzando a notar que el grupo se estaba asustando; de igual forma, siguió sin importarle.
Todos se miraron entre sí; era un chiste de mal gusto.
—¿Y en qué ayudaremos? —interrogó Luca con un poco de incredulidad; todo sonaba estúpido.
—En la guerra, nos ayudarán en la guerra
—Suficiente, no estamos para este tipo de chistes sin sentido; queremos salir de acá, no estar en su viaje extraño —chistó Agustín. Ya no le hacía gracia la situación; le parecía estúpida y, además, ellos ni sabían pelear.
Se dispusieron a salir de la tienda, cuando un par de soldados con trajes blanco y dorado, bastante relucientes y miedosos a la vez los detuvieron
—Van a escuchar a Elizabeth y después decidirán si se van, pero antes no: antes se sentarán y la escucharán con atención —ordenó John.