Eryndral: el error

Ataque

Al ver a Elizabeth salir de la tienda, les dejó una sensación de miedo, de terror; no sabían qué estaba sucediendo y cada suceso que había ocurrido desde que encontraron el collar hasta llegar al campamento había sido más extraño que el anterior. Algunos aún se sentían como en un sueño; querían creer que solo era una pesadilla de la que no eran capaces de despertar, por más que lo intentaran.

Escuchaban gritos, sonidos de metales chocando, y ninguno de ellos soltaba una palabra, no porque quisieran estar callados, sino porque las palabras no salían, el miedo los consumía, la ansiedad los consumía, y al decir alguna palabra, sentían que podrían hacer realidad lo que estaban viviendo, así que el silencio fue lo que inundó la tienda, claro, el silencio junto con los gritos del exterior

Ivanna fue la primera en ponerse de pie; la invadió un gran sentimiento de curiosidad, así que se asomó por un lado de la tienda, siendo precavida para que no la vieran desde el exterior. Lo que vio fue una escena desgarradora, cuerpos muertos en la tierra, personas peleándose a muerte y, lo más importante, los trajes más extraños que había visto en su vida.

Al llegar al campamento había visto que todos estaban vestidos igual, personas con capas largas de color marrón, y debajo tenían una camisa larga clara, casi blanca, decorada con líneas doradas que bajaban desde el pecho, los pantalones, también de color marrón, con un cinturón ancho de cuero que les rodeaba la cintura, con pequeñas fundas a los lados, las manos cubiertas por guantes oscuros y, además, botas altas de cuero, firmes y resistentes.

Pero los que llegaron llevaban trajes más oscuros; irradiaban una sensación de caos. Capas negras que parecían absorber la luz y los hacían casi indistinguibles entre los árboles. Bajo ellas, vestían trajes en negro con tonos de morado oscuro y azul profundo, como si fueran diseñados para el silencio absoluto, se movían por el bosque como sombras vivas, como si no fueran humanos, pero sí lo eran

Había un hombre en especial, se movía con gran rapidez y asesinaba a todos los que encontraba en su camino, era un hombre alrededor de 30 años, bastante alto, de complexión delgada pero marcada, con la mandíbula muy definida, pómulos altos, su cara tenía líneas fuertes y bien marcada, a lo lejos, Ivanna veía los ojos de aquel hombre oscuros, oscuros como la noche, en los que solo veía odio, maldad.

Nunca había visto aquel hombre en su vida, pero al verlo, sintió una ira profunda, que nunca había sentido antes, y más aún, unas ganas de pelear con él hasta la muerte, el odio la absorbía y sin darse cuenta, estuvo a punto de salir de la tienda a enfrentarse a aquel hombre

—¿Qué mierda piensas que estás haciendo? —La frenó Alicia en seco

Ivanna no supo qué responder, pues realmente no pensó lo que hacía, solo siguió su instinto, y se dejó llevar por él

—No lo sé —respondió con la mirada perdida, aún mirando a aquel hombre—, solo quería ir donde él —y lo señaló.

Alicia intentó mirar por la misma abertura por la que estaba mirando Ivanna

—Y al llegar allá, ¿qué? ¿Qué pensabas hacer? ¿Estás loca? —Alicia subió el tono de su voz, le parecía inadmisible que Ivanna no estuviera pensando las cosas, se notaba en la forma en que hablaba, algo estaba pasando por su mente y no sería nada bueno

En ese momento, un soldado oscuro diferente empezó a dirigirse a la tienda, con zancadas largas y seguras, ellas retrocedieron

—Se acercan —se notaba el terror en la voz de Ivanna—, mientras que Alicia ni pudo pronunciar una palabra; el miedo la consumió. ¿Ahora qué iban a hacer?

El soldado entró en la tienda y, al verlos todos reunidos allá, se quedó en seco, mirándolos como si hubiera visto un fantasma. La respiración del grupo estaba agitada, esperando que el soldado usara la espada en cualquier momento y los atacara hasta que murieran. En ese momento, una mano haló al soldado fuera de la tienda. Era Isaac.

—Corran, ¡ahora! —Les ordenó Isaac frenético

—¿Y adónde se supone que iremos? —preguntó Hugo tan asustado que no podía mover sus piernas

—A donde sea, los encontraremos —aseguró Isaac, aunque notó el miedo en los ojos del grupo—. Se los prometo, pero corran, ¡YA! —no tuvo que repetirlo dos veces; el grupo salió disparado, excepto Hugo, por lo que Alicia tuvo que agarrarlo de la mano y arrastrarlo con ella.

Se alejaron lo más rápido del campamento que pudieron, corrieron tanto tiempo que, de nuevo, se encontraban a la deriva, el paisaje que los rodeaba ya no era brillante y hermoso como lo fue cuando llegaron, sino que ya era oscuro y sombrío, daba la sensación de misterio y tristeza a su vez

—¿Dónde estamos ahora? —cuestionó Facundo mientras miraba a su alrededor, esperando reconocer algo del bosque inicial que habían encontrado.

—Perdidos, obviamente —afirmó Luca, con voz desesperada ante la pregunta tan estúpida que había hecho Facundo. ¿Cómo iban a saber dónde estaban si nunca habían estado en ese bosque?

—No correremos ni caminaremos más —ordenó Lizbeth—. Nos quedaremos acá; estamos lo bastante lejos del campamento e Isaac nos dijo que nos encontraría, así que esperaremos a que nos encuentre.

—¿Y si nos vuelven a atacar? —Agustín la miraba con asombro mientras veía cómo se sentaba en el suelo. —¿Cómo nos vamos a defender?

—Pues nos pueden atacar tanto acá como en otro lado, no tiene caso seguir corriendo— era lo más razonable que podía decir Lizbeth, sin explicar por qué sentía que no debían ir más allá, si antes tenía la sensación de estar en un lugar peligroso, mientras más se adentraba al bosque, su sensación aumentaba, en su interior algo le advertía que debía ir hacia el otro lado, y alejarse de ahí lo más pronto posible, pero ¿cómo iba a explicar eso sin sonar como una loca?

—Bien —accedió Agustín, para sorpresa de Lizbeth, y se sentó al lado de ella.

Todos se sentaron siguiendo a Agustín, y nuevamente no dijeron nada por unos largos minutos, que se sentían como una eternidad, finalmente Facundo cortó el silencio




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