La niebla descendía lentamente sobre el valle, espesa, fría, demasiado silenciosa; los soldados de Chronos permanecían inmóviles detrás de las enormes líneas blancas y doradas que atravesaban el campo como una muralla viva; el tenue brillo de sus armaduras apenas lograba atravesar la oscuridad de la madrugada, mientras las banderas del reino se agitaban lentamente en el viento helado.
Nadie hablaba; solo se escuchaban el sonido del metal tensándose, las respiraciones contenidas y el lejano crujido de las lanzas al acomodarse. Al otro lado del valle, Noctharis esperaba; casi no podían verlos: solo sombras, filas interminables de figuras negras perdiéndose entre la niebla, como si el propio vacío hubiera tomado forma humana; algunas antorchas violetas brillaban en la oscuridad, moviéndose lentamente, demasiado, como ojos que los observaban desde lejos.
Entonces ocurrió algo extraño: los caballos comenzaron a inquietarse, uno tras otro, con relinchos bajos y pasos nerviosos; incluso los soldados más experimentados levantaron la mirada, porque el valle acababa de hacerse aún más frío.
El viento se detuvo por completo y, durante un instante insoportable, nadie escuchó nada, hasta que un cuerno oscuro atravesó el silencio profundo, antiguo. El sonido recorrió el valle entero como si hubiera salido de debajo de la tierra, y entonces las sombras comenzaron a avanzar. La batalla había comenzado.
Los soldados cronistas permanecían inmóviles, a la espera de la señal de Fernando. Él se tomaba su tiempo, pues esperaba el momento exacto. Cuando los primeros soldados noctharianos estuvieron lo suficientemente cerca, Fernando dio la señal a los arqueros, lanzaron sus flechas las cuales iban a una velocidad casi imperceptible, y así los primeros soldados cayeron, Fernando esperó un momento más y con un leve movimiento de su mano, los soldados cronistas salieron disparados a contraatacar a Noctharis, de lejos podían ver a Roberto, el rey de Noctharis, permanecía inmóvil al igual que Fernando, ninguno de los dos apartaba la vista del otro
Ethan y Esteban salieron de entre las sombras, en el momento exacto, asesinando con un solo movimiento a cualquier soldado croniano que se atravesara.
Los movimientos de Esteban eran fuertes; no peleaba como un soldado, sino como una bestia; cada paso suyo hacía temblar el suelo húmedo del campo de batalla, y cada golpe parecía demasiado pesado para ser el de un ser humano. No intentaba calcular movimientos ni estudiar al enemigo; simplemente avanzaba y destruía. Su espada descendió con brutalidad contra un soldado de Chronos, partiéndole la defensa como si fuera madera podrida. No se detuvo después de eso; nunca se detenía. Giró el cuerpo y embistió al siguiente enemigo con el hombro, lanzándolo varios metros entre el barro y los cuerpos caídos. Su respiración era pesada, casi animal, mientras la sangre y la lluvia resbalaban por sus brazos tensos. Recibía golpes, muchos, pero parecía no sentirlos, como si el dolor solo lograra volverlo más peligroso; no luchaba con elegancia, no luchaba con precisión: luchaba como alguien que había decidido convertirse en un arma, y lo peor era que funcionaba, porque donde él avanzaba, la línea enemiga comenzaba a romperse.
Ethan, a diferencia de los demás, no parecía atrapado en el caos; parecía comprenderlo. Mientras los soldados chocaban desesperadamente alrededor, sus ojos recorrían el campo, calculando distancias, movimientos y errores en cuestión de segundos. No desperdiciaba energía ni realizaba ataques innecesarios. Cada movimiento tenía un propósito. Esquivó una lanza apenas inclinando el cuerpo y, antes de que el enemigo pudiera reaccionar, sujetó el arma con una mano y utilizó la fuerza del propio soldado para desequilibrarlo. El golpe siguiente fue rápido, limpio y preciso. Luego levantó la mirada; ya estaba pensando en el siguiente movimiento. Vio una brecha en la formación enemiga a varios metros y avanzó directamente hacia ella. No corría por impulso; corría porque sabía exactamente dónde debía estar y, aun así, cuando atacaba, la fuerza seguía siendo monstruosa. Sus golpes no eran tan brutales como los de Esteban, pero sí devastadores. La diferencia era que él sabía perfectamente dónde golpear para destruir más rápido; mientras otros peleaban contra personas, él peleaba contra la batalla completa: movía soldados, abría caminos, cerraba formaciones y, cada vez que parecía que Noctharis iba a perder terreno, él ya estaba ahí antes de que ocurriera, como si pudiera adelantarse a la guerra misma.
Facundo luchaba con un soldado nocthariano, el soldado le transmitía una expresión de terror a Facundo desde el momento que lo vio, pero ignoró su reacción, pues sentía ira en su interior, ira por Isaac, necesidad de venganza por lo que le hicieron, mientras luchaba con el soldado, intentaba abrirse campo para llegar a Esteban y vengarse directamente de él, pero lo agarraron antes de poder llegar
—No te atrevas a ir tras él —gritó Elizabeth mientras ella luchaba con otro soldado nocthariano
—¿Por qué no? —cuestionó Facundo colérico
—Porque iré yo —dictó Elizabeth.
Y se dirigió hacia Esteban con paso firme. Esteban no la derribó tan fácilmente como sí lo hizo con el resto de los soldados. Elizabeth se anticipaba a sus movimientos; le dio pelea, lo que hizo que Facundo no se opusiera. Él se despistó al verla luchar e inconscientemente una ventana en el aire se abrió. Facundo vio que una lanza lo atravesaría, así que, antes de que pasara, pudo evitarla y atacó al soldado con antelación.
Luca luchaba con furia, los soldados noctharianos lo miraban alegremente, no le gustó, no le gustó porque sentía como ellos no querían luchar con él, como si estuvieran seguros de que no los atacaría, pero se equivocaban, lo haría, y cada vez que su espada fallaba, él eliminaba el evento, cada vez eliminaba con mayor frecuencia, hasta que Lizbeth se le puso en frente
—Debes parar de hacerlo ya —advirtió Lizbeth.