Habían intentado todo lo que estaba en sus manos, pues después de que la flecha disparara al pecho de Isaac, lo habían llevado de urgencia al castillo, los líderes habían ordenado a todos actuar con prisa, pues Isaac no sobreviviría si no hacían su mayor esfuerzo
Fue la noche más larga; todos estaban en vela, a la espera de noticias de Isaac. Elizabeth estaba inconsolable, su preocupación estaba en el punto máximo, se movía de un lado a otro, nerviosa y a su vez, Facundo sentía la necesidad de gritar, de saber cómo iba, si lograrían salvarlo o no, sentía desesperación, hacía unos meses que conocía a Isaac, pero le tenía un cariño enorme, solo en cuestión de semanas, Isaac había logrado atrapar el corazón de Facundo y ahora estaba a punto de perderlo. Luciana no paraba de llorar; por más que Anastasia le diera palabras de aliento, no podía tranquilizarse, pues decía que lo conocía desde niños y temía perder la mitad de sí misma.
Un médico salió después de muchas horas y habló con los líderes en voz baja, lo que impidió que nadie del grupo pudiera escuchar, ni Elizabeth ni Luciana. Fernando se dirigió a ellos, a contarles las noticias
—Chicos, lo siento mucho, Isaac no pudo sobrevivir —se lamentó Fernando
—No, no, no, me niego, me niego a que no se pueda hacer nada —dictó Luciana
—El médico lo intentó todo, pero la flecha le perforó un pulmón; no había nada que pudiera hacerse —explicó Fernando.
Elizabeth salió casi corriendo del castillo, necesitaba salir, sentía que se estaba ahogando allí adentro, Facundo la siguió
—Eli… —vaciló Facundo
Elizabeth se giró con brusquedad hacia Facundo
—No pudo, no pudo luchar, Facundo —casi gritó Elizabeth con lágrimas en los ojos
Facundo no sabía exactamente qué decir, por lo que Elizabeth prosiguió
—No pudo hacerte sentir orgulloso; no lo logró.
En ese momento Facundo la abrazó, pues sentía un nudo en el pecho, no hacia hace unas semanas que Isaac le expresaba como se había preparado para esta batalla, como quería que Francisco se sintiera orgulloso de él, y ni siquiera se había podido despedir de él, no había podido volverlo a ver, y no hace unas horas, Isaac hablaba con entusiasmo de que lucharían juntos y ahora Elizabeth le informaba que también quería que él se sintiera orgulloso, eso lo destrozaba.
Estuvieron un rato ahí, debajo las estrellas, Elizabeth lloraba en sus brazos, y Facundo no podía dejar de lamentarse no haber podido hacer algo para salvarlo
***
Los líderes habían preparado una ceremonia bellísima para Isaac. La ceremonia se realizaba en el Salón de las Horas Eternas, una estructura abierta construida sobre plataformas blancas suspendidas entre jardines elevados y corrientes de luz dorada. No tenía techo cerrado; sobre ella solo había el cielo. Columnas inmensas de mármol blanco ascendían alrededor del lugar, atravesadas por finas líneas de oro brillante que parecían moverse lentamente como si el tiempo respirara dentro de ellas. Miles de telas blancas caían desde lo alto y se agitaban suavemente al viento.
El ataúd no estaba hecho de madera; era una estructura de cristal blanco y oro, casi translúcida, rodeada de flores de Chronos: pétalos blancos con bordes dorados que, según las leyendas, solo florecían cuando alguien importante abandonaba el mundo.
Miles de personas vestidas de blanco permanecían inmóviles alrededor de la plataforma; no había gritos ni caos, solo un silencio insoportablemente pesado.
Sobre el suelo, hilos dorados de luz recorrían lentamente los caminos y ascendían hacia el cielo, como si el reino entero estuviera devolviendo algo al tiempo, y alrededor del ataúd flotaban pequeños fragmentos luminosos, recuerdos, pequeños momentos de la vida de Isaac que aparecían durante segundos: una risa, una carrera, una mirada, una tarde cualquiera.
Luciana dio un paso al frente, con intenciones de dar unas palabras, su voz temblaba, no porque quisiera llorar, sino porque llevaba mucho tiempo conteniéndose
—Siempre pensé que ibas a estar conmigo cuando fuéramos grandes, de verdad lo pensé. Pensé que íbamos a seguir peleando por cosas tontas. Que íbamos a reírnos de los mismos chistes malos dentro de diez años. Pensé que seguiría buscándote entre la gente porque eras la persona que siempre encontraba primero, y ahora sigo buscándote, pero ya no estás. Lo peor es que todavía espero escucharte; sigo girando la cabeza porque una parte de mí cree que vas a aparecer y decirme que todo esto fue una broma horrible, pero no lo haces, y odio eso, lo odio muchísimo. Porque tenías quince años, quince, ni siquiera alcanzaste a vivir todas las cosas que prometimos vivir juntos, y no sé cómo seguir haciendo cosas si tú no estás ahí para verlas conmigo. Solo quiero que sepas algo: si existe algo después del tiempo, si existe algún lugar, espérame, porque sigo siendo tu mejor amiga y sigo pensando en quedarme contigo hasta el final.
Para cuando terminó, las lágrimas no paraban de correr; le dio un beso en la frente, en el cuerpo helado de Isaac. Anastasia la ayudó a volver a su asiento, pues Luciana temblaba tanto, que en cualquier momento caería
Elizabeth también quiso dar unas palabras
—Los capitanes creemos que enseñamos a nuestros soldados, pero a veces ocurre algo injusto: aparece alguien tan brillante que termina enseñándonos. Tú tenías una manera extraña de mirar el mundo; veías belleza donde otros veían rutina. Y hoy entendí algo terrible: nunca me prepararon para despedirme de alguien que todavía debía estar aquí.
Elizabeth no pudo continuar; se encontró con la mirada de Facundo y él entendió que ella no podría decir más, así que fue hasta donde ella estaba, la sostuvo y volvieron a su asiento. Sus palabras habían sido cortas, pero lo demasiado poderosas como para que Facundo sintiera un escalofrío en todo su cuerpo, como si Elizabeth hubiera logrado expresar con exactitud lo que él sentía