Kael'varya Ii: La Corona De Los Cinco Mundos

Capítulo 2 “Mitad maldita”

Invoqué un arma y la potencié con mi energía. Al fijarme mejor, me di cuenta de que era la misma espada que me había entregado el lobo. No entendía cómo había logrado invocarla, pero en ese momento era justo lo que necesitaba.

Mi poder no se movió.

Permaneció observándome con una calma inquietante antes de lanzar una advertencia.

—Si empuñas esa espada y decides atacarme, no podré controlarme. Y si tengo que consumir tu alma para protegerte de lo que tú llamas amor, no lo dudaré.

Guardó silencio durante unos segundos.

—No quería llegar a esto, pero si esa es tu decisión... destruirnos... no te detendré.

Mis dedos se aferraron con fuerza a la empuñadura.

Dudé.

No sabía si aquello era lo correcto, pero mi instinto me decía que, si no lo vencía, jamás podría ayudar a los cinco mundos.

Sus palabras seguían clavadas en mi mente.

"Ellos aman a la diosa... no a la humana."

La idea de que mis guardianes no me quisieran en esta nueva vida y que solo me protegieran por quien fui seguía atormentándome.

Pero, por encima de ese dolor, estaba mi misión.

Salvar a los cinco mundos.

Si después de cumplirla tenía que desaparecer de sus vidas o continuar mi camino sola, no los obligaría a permanecer a mi lado.

Después de todo, esa había sido mi misión desde hacía siglos.

Respiré profundamente.

Y ataqué.

Me lancé hacia él y descargué el primer golpe con mi espada.

Mi poder reaccionó al instante.

Invocó su propia arma.

Era distinta a la mía. Su hoja era más larga, ligeramente curvada y semejante a los sables que utilizaban los antiguos samuráis.

El choque del acero rompió el silencio del vacío.

Una vez.

Otra.

Y otra más.

Cada impacto hacía vibrar mis brazos.

Él bloqueaba cada uno de mis ataques con una precisión impecable y respondía con contraataques cada vez más rápidos.

Retrocedí un paso e invoqué un hechizo de protección que envolvió todo mi cuerpo.

Su espada impactó contra el escudo.

La barrera resistió.

Aproveché ese instante para impulsarme en el aire, hacer una pirueta y atacar por su espalda.

Pero él ya lo había previsto.

Se agachó y elevó su espada en un movimiento ascendente.

La hoja brilló con una intensidad sobrenatural.

Aquel ataque estaba potenciado.

Mi escudo se quebró.

La espada atravesó la barrera y alcanzó mi brazo.

Sentí un intenso ardor recorrerlo.

Me alejé rápidamente de su alcance mientras sostenía la herida.

Él no intentó perseguirme.

Simplemente permaneció inmóvil.

Observándome.

—Todavía estás a tiempo, mi señora. Ríndete y deja que yo me encargue de todo.

Su voz no transmitía odio.

Solo una profunda determinación.

—Si no lo haces... no me hagas responsable de lo que ocurra después.

Respiré hondo.

—Rendirme no es una opción. Tengo que derrotarte.

Mi poder bajó la mirada durante un instante.

Como si aquellas palabras le hubieran dolido.

—Entonces, mi señora...

Volvió a levantar la vista.

—Perdóneme por lo que voy a hacer.

A su alrededor comenzaron a formarse varias esferas de energía.

Una.

Dos.

Cinco.

Diez.

Giraban lentamente a su alrededor mientras desprendían una energía oscura que hacía vibrar el vacío.

Con un simple movimiento de su mano, todas salieron disparadas hacia mí.

Canalicé mi poder hacia las plantas de mis pies y salté para esquivarlas.

Las esferas pasaban rozándome antes de perderse en la inmensidad de aquel espacio.

Nunca escuché una explosión.

Era como si el vacío las devorara.

Durante un segundo desvié la mirada para intentar comprender aquel fenómeno.

Fue un error.

Cuando quise reaccionar, mi poder ya estaba frente a mí.

Era tan rápido que apenas pude distinguir el movimiento de su espada.

Algunos de sus ataques lograron rozarme.

El mismo ardor que había sentido en mi brazo comenzó a extenderse por cada parte de mi cuerpo que había sido alcanzada.

El dolor me hizo perder el equilibrio.

Caí al suelo con un golpe seco.

El impacto agrietó el piso bajo mi cuerpo.

Sin embargo, las grietas comenzaron a cerrarse lentamente, como si aquel lugar se negara a permanecer dañado.

Intenté levantarme.

No pude.

El dolor era demasiado intenso.

Mi poder comenzó a caminar lentamente a mi alrededor.

No había prisa en sus movimientos.

Como si supiera que ya no podía escapar.

—¿Por qué soportar este dolor por unos mundos que te dieron la espalda?

Guardó silencio unos segundos.

Después continuó.

—¿Por tus guardianes... que te encerraron porque te consideraron peligrosa?

Sabía exactamente dónde atacar.

No buscaba herir mi cuerpo.

Buscaba quebrar mi corazón.

Aun así, dentro de mí existía algo mucho más antiguo que cualquier duda.

Algo que reclamaba con fuerza que salvar a los cinco mundos era mi deber.

Estuviera sola.

O acompañada.

Aquella era la cruz que debía cargar por ser una diosa.

Comprendía cada vez mejor cuál era mi lugar.

Pero también comprendía algo más.

Mi poder no era mi enemigo.

Era otra víctima de todo aquello.

Tenía que vencerlo.

No solo para ayudar a los cinco mundos, sino también para liberarlo del dolor que cargaba.

Porque, a pesar de todo lo que hacía...

Podía ver cuánto estaba sufriendo.

Me sacó de mis pensamientos cuando insistió en que respondiera.

Con dificultad apoyé una mano sobre el suelo y logré ponerme de pie.

Respiré profundamente antes de hablar.

—No necesito que los cinco mundos estén de mi lado.

Hice una breve pausa.

—Porque la misión que tengo... que tenemos... es protegerlos.

Al mencionar a mis guardianes, mi voz se quebró por un instante, pero reuní fuerzas para continuar.




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