Capítulo 61.
Ahora Rayita se había transformado de una socialité glamorosa en una devota mujer de hogar y amante del teatro. Cada día, durante el turno de Víctor, la mujer le llevaba sopas hechas por ella misma para que no se le alborotara la úlcera, y en los días libres de trabajo, Víctor Dmitrievich llevaba a su bella dama al teatro. Ya se habían visto todas las obras (algunas incluso varias veces), habían visitado galerías, exposiciones, museos y noches literarias. En una palabra: la vida de Rayita había dado un giro inesperado. ¿Y para qué querría ahora a jóvenes vividores? ¿Para qué? A su lado tenía a un Hombre de verdad que la cuidaba, la consentía y la protegía. Precisamente con él Rayita se sentía como una jovencita, pues a menudo recordaban los años de su juventud. En lugar de ir a clubes nocturnos, la mujer ahora iba a bailar al parque. Sí, ahí no había ritmos estridentes, ni luces de discoteca, ni humo artificial, pero a su lado estaba el hombre que hacía latir su corazón más fuerte; sus ojos brillaban más que cualquier proyector y ella estaba segura de que él jamás le vendería espejismos ni la engañaría.
Alim y todos los empleados respiraron aliviados, pues las ideas descabelladas disminuyeron considerablemente. Al principio, Rayita quería comprar gallinas y repartirlas entre las camareras para que vivieran en sus casas, con la idea de que las chicas las trajeran cada mañana al trabajo y las recogieran por la noche. A las chicas no les entusiasmó mucho la idea, pero la principal oponente fue Ksiu. ¡Eso significaba una multitud de competidoras! ¿Y si Duque les prestaba atención? ¡Eso era algo que Ksiu jamás podía permitir! Cuando Rayita se disponía a realizar el pedido, la baronesa aprovechó el momento y, en lugar de un número, presionó otro mientras Rayita se distrajó con un cliente. Ksiu cruzó las patitas y se puso a escuchar la conversación.
— ¡Buenas tardes! Llamo por el anuncio. Quisiera encargar diez pollitas — comenzó la mujer.
— ¡Buenas tardes! ¿Pollitas? — preguntó con sorpresa una voz masculina y ronca —. Jmm... Se puede. ¿Para cuándo?
— ¡Para nosotros, cuanto antes, mejor! Pero selecciónelas bien, que sean pollitas jóvenes y bonitas — puso como condición Rayita, dejando a Ksiu con el pico abierto. ¡¿Cómo?! ¡Si ella había marcado otro número! ¡¿Cuáles pollitas?!
— De esas meras tenemos — soltó una carcajada el hombre.
— Pero eso sí, que no estén desplumadas, que tengan un plumaje bonito — continuó Rayita.
— Bueno, podemos darles plumas de boa, pero eso le va a salir más caro.
— ¿Y para qué demonios queremos una boa? Deben tener su propio plumaje bonito y sedoso. No las necesitamos para cualquier cosa, es para un restaurante de élite — dijo la mujer con orgullo.
— Pues puras chicas de élite tenemos aquí. Una más selecta que la otra.
— Por favor, fíjese también en que tengan una bonita cola, porque pensamos usarlas para clases de yoga con gallinas. Ya sabe, cuando les ponen las gallinas en la espalda a los clientes — explicó Rayita.
— Miren, no les ando revisando la cola, y eso de que las van a poner encima de los clientes no lo acordamos por adelantado. Eso ya lo arreglan ustedes allá en el lugar. Si alguna quiere, pues adelante, pero nosotros no obligamos a nuestras trabajadoras a tener intimidad — dijo el hombre.
— ¡¿Cuál intimidad?! — Rayita peló los ojos. ¿De qué demonios estaba hablando?
— Pues arreglese allá con las chicas sobre quién se le va a acostar en la espalda a los clientes en su restaurante. En el tubo van a bailar todas, las plumas de boa se las damos por un costo extra, y todo lo demás ya lo ven allá.
— ¡¿Cuál tubo?! — pegó un grito la mujer que casi retumbó en todo el local, mientras Ksiu celebraba su victoria.
— Ya no entendí. ¿No es usted la que está llamando para encargar 10 chicas para su restaurante de élite, o cómo? — comenzó a calentarse el hombre.
— ¡¿Usted está loco?! ¡Yo necesito gallinas! ¡Con alas, pico y plumas! — se indignó Rayita.
— ¡Señora, la loca es usted! ¡¿Cuáles gallinas con alas y pico en un club de striptease?! — protestó el hombre.
— ¡Pervertido! — exclamó Rayita e interrumpió la llamada de golpe —. ¡En qué mundo vivimos! Ponen unos anuncios que, en lugar de gallinas, por poco termino pidiendo bailarinas de striptease. ¿Se imaginan si acordamos el precio y me llegan esas "pollitas"?
— ¡¿Co?! — preguntó Ksiu desde debajo de la mesa.
— Definitivamente hay que pedir fotos de las gallinas antes, porque estos sinvergüenzas y pervertidos son capaces de encajarle a una cualquier cosa... — reflexionaba Rayita.