La Bella. La Gallina. El Amor.

Capítulo 66.

Capítulo 66.

​Por la noche, Ksiu le dio a Alim una excelente consulta psicológica. La curó con coñac con limón y con el ronroneo de Duque. Por la mañana, Alim se puso su vestido más provocativo con la esperanza de ver a Mateo. Había tomado una decisión y quería ser amada; era mejor intentarlo que arrepentirse después.
​Alim llegó al restaurante casi en primer lugar. Tenía el teléfono en la mano y no se atrevía a escribirle ni a llamarlo para decirle que sus sentimientos eran correspondidos.
​— ¿Por qué hipnotizas ese teléfono? — se escuchó la voz de Ksiu a un lado. — ¡Llama de una vez! Que se alegre ese hombre. ¿Para quién te arreglaste tanto? ¡Llama!
​— Me convenciste — sonrió Alim y presionó el botón de llamada. Sonaban los tonos, pero nadie contestaba.
​— Sigue en camino. Verá que lo llamaste y te devolverá la llamada pronto — dijo Ksiu.
​Pero Mateo no llamó ni a los veinte, ni a los cuarenta minutos, ni al cabo de una hora. Alim no hallaba lugar. Sentía un mal presagio muy desagradable.
​Inesperadamente, su teléfono emitió una melodía. La rubia justo estaba hablando con los proveedores, pero se disculpó y se apartó para responder. El ánimo de Alim se vino abajo, porque no era una llamada de Mateo, sino de Eva.
​— ¡Mila, hola! ¡Tenemos un problema grave! — la alarmó Eva de inmediato. — Me acaba de llamar mi mamá... Lo que pasa es que... Mateo sufrió un accidente automovilístico, ahora está en el hospital... Mila, ¿podrías venir para acá? ¿Mila? Mila, ¡¿me escuchas?!
​Menos mal que Alim estaba cerca de una pared, porque se apoyó de espaldas en ella para no caerse.
​— Sí, te escucho — logró articular Alim. — ¿En qué hospital? Voy para allá ahora mismo.
​Alim no era consciente de sí misma; salió corriendo a la calle, tomó el primer taxi que se había detenido para otros pasajeros, los hizo a un lado y le dio al chófer la dirección del hospital que le había dicho Eva. Ni el conductor ni los pasajeros que iban a subir protestaron, porque por el aspecto de Alim era evidente que había ocurrido algo terrible y que necesitaba llegar con urgencia a algún lugar. El maquillaje se le corrió, las lágrimas le caían a mares y el labial se le había desparramado por la cara. A la rubia no le importaba en absoluto su aspecto. ¡En pensamientos estaba al lado de ÉL! Alim se recriminaba a sí misma, pues si le hubiera correspondido a sus sentimientos el día anterior, esto tal vez no habría pasado. No recordaba cómo llegó. Algo le decía que la dejaron pasar a regañadientes, porque ella no era nadie para Mateo. Rayita y Eva estaban cerca del quirófano, donde los médicos luchaban por su vida. La siempre alegre Rayita estaba demacrada y pálida. Abrazó a Alim de inmediato.
​— ¿Cómo está? — preguntó la rubia en voz baja.
​— No nos dicen nada, no nos dejan pasar a ningún lado. Nos permitieron estar aquí con la condición de no estorbar — respondió Eva.
​Solo media hora después, las puertas del quirófano se abrieron y de ellas salió un médico.
​— El estado del paciente es crítico, pero logramos estabilizar su ritmo cardíaco. Hicimos todo lo posible. Tiene un traumatismo craneoencefálico severo y una hemorragia interna. Detuvimos el sangrado, pero... de aquí en adelante todo depende de él — dijo fríamente el agotado doctor. — Disculpen, me tengo que retirar.
​— ¿Puedo quedarme con él? — preguntó una pálida Alim, sin reconocer en absoluto su propia voz.
​— No le veo sentido. Aquí hay personal médico, el paciente estará conectado a los monitores. Si hay algún avance, las enfermeras lo verán y les avisarán — respondió el médico sin emociones.
​— ¿Puedo quedarme con él de todos modos? — insistió Alim.
​— ¿Y yo? — suplico una desconsolada Rayita.
​— Las dos no pueden. Solo una persona — respondió el médico y se fue.
​— Quédense ustedes ahora en el hospital y yo vendré por la noche para relevarlas — propuso Alim. Comprendía que Mateo aún tardaría en salir de la anestesia y la noche es más larga que lo que quedaba del día. Alim acordó con Rayita que vendría a las ocho junto con Eva, quien debía llevarse a su mamá a casa para apoyarla.
​Alim volvió a tomar un taxi. No le importaba en absoluto su apariencia. Llamó a Karina y le informó que Mateo estaba en estado crítico. Karina le dijo que ellas se encargarían de todo, cerrarían el local y que ella personalmente se llevaría a Ksiu y a Duque del restaurante.
​Alim pasó por casa para cambiarse de ropa. Al pasar frente al espejo, detuvo la mirada y se quedó inmóvil. ¿Qué le había pasado? ¿Por qué estaba tan demacrada? Unas cuantas horas la habían transformado. Círculos oscuros bajo los ojos, arrugas. Por alguna razón, el reflejo le recordó a su antiguo yo. A la anciana bruja que no sabía lo que era la amistad, el cuidado o el amor...
​¡No quería volver a esa vida! Aunque fuera en un cuerpo joven, sin Mateo su vida estaría vacía, carente de sentido. Quería que sus ojos volvieran a brillar, que él volviera a sonreír.
​Alim fue al baño a tomar una ducha y lavarse el cansancio del día. ¡Estaba dispuesta a venderle el alma al Diablo o convertirse en la primera santa con tal de que su Mateo viviera! ¡Lo haría, le costara lo que le costara! Llena de determinación, Alim se fue al hospital junto a Mateo, dispuesta a devolverlo a la vida...




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