La deuda de sangre

​Capítulo 9.6: La furia de una líder

Todavía sentía el eco de aquellas puertas cerrándose cuando el teléfono vibró en mi mano. Era una notificación corta, un archivo adjunto enviado desde un número desconocido. Me quedé mirando la pantalla un segundo, con una corazonada helada congelándome los dedos antes de darle reproducir.

​En cuanto el video cargó, el horror me paralizó por completo.

​La pantalla mostró el suelo de madera de una cabaña vieja. De repente, la bota de Óscar enganchó la pata de la silla y la levantó de un golpe violento. Ahí estaba mi hermana. La dejaron erguida, pero apenas podía sostener la cabeza. Tenía el rostro bañado en sangre, el labio reventado y la mirada ida por el dolor. Detrás de la cámara, la voz de mi tío retumbó con una satisfacción enferma:

​—Mirá bien esto, Esperanza. Mirá cómo quedó tu hermanita por tu culpa, por andar jugando a la valiente. Tenés exactamente tres horas para firmar el traspaso del Grupo Volterra y retirar las denuncias. Si no lo hacés, el próximo video que te mande no va a ser con ella respirando.

​El teléfono me pesaba como si fuera de plomo. Un sollozo ciego se me escapó del pecho y me llevé la mano a la boca, sintiendo las lágrimas brotarme a borbotones, quemándome la piel. La imagen de Saraí golpeada me destrozaba; Alejandro estaba con el cráneo abierto al otro lado del quirófano y Nehemías yacía en una camilla con el cuerpo fracturado. Sentí que las piernas me cedían, que el aire me faltaba y que el pánico me devoraba entera...

​Hasta que el video terminó y la pantalla se volvió negra.

​Entonces cayó el silencio. Un silencio denso, helado, pesado.

​Me quedé inmóvil en medio del pasillo del hospital, mirando mi propio reflejo en el cristal oscuro del teléfono. El llanto fue cesando lentamente, reemplazado por un latido pausado y constante en mis sienes. Entendí que la desesperación era un lujo que no me podía permitir. El llanto no le iba a quitar el dolor a Saraí, y las lágrimas no le iban a cortar las cuerdas que le quemaban las muñecas.

​Me pasé el dorso de la mano por la cara, secándome el rastro de la pena. Sentí cómo la vulnerabilidad se evaporaba, dejando en su lugar una determinación pura, fría y calculada. Me erguí despacio, estirando la espalda hasta sentir que me volvía de piedra.

​Giré sobre mis talones y le entregué a mi hija a mi mamá. La forma en que sostuve a la niña y se la acomodé en los brazos fue tan firme que mi mamá no se atrevió a preguntar nada; solo me miró con los ojos muy abiertos. A su lado, mi papá dio un paso atrás, descolocado por la frialdad que debió habérseme atravesado en la mirada.

​—Se acabó el llanto —dije en voz baja, con una gravedad serena pero peligrosa que congeló el ambiente.

​Marqué directamente al jefe de seguridad del Grupo Volterra mientras avanzaba con paso firme hacia la salida del hospital. Cuando contestó, mi voz ya no era la de la muchacha acorralada. Era firme, fría y precisa.

​—Les acaba de caer un archivo a la red —ordené—. Necesito que extraigan los metadatos y me triangulen la antena celular que usó ese infeliz en la zona fronteriza. Quiero que reduzcan el radio de búsqueda todo lo posible y me den una ubicación antes de veinte minutos.

​—Entendido, señora. ¿Avisamos a la Policía Nacional? —preguntó al otro lado.

​—No. Óscar tiene gente comprada en el sector de La Hachadura; si ven patrullas, se va a poner nervioso y matará a Saraí antes de que nos acerquemos —respondí sin vacilar—. Quiero al equipo de seguridad privada desplegado en modo de observación a dos kilómetros del perímetro. Que ubiquen las salidas, pero nadie entra hasta que tengamos la confirmación exacta de su posición. Si presionamos de golpe, la ponemos en riesgo.

​Sin perder tiempo, el jefe de seguridad enlazó la llamada con la dirección financiera.

​—Cierren las cuentas operativas y de emergencia vinculadas a la firma de Óscar —añadí, calculando cada paso—. Si intenta moverse, va a necesitar efectivo para pagarle a los matones que lo cuidan. Si le cortamos el flujo de dinero en este instante, lo dejamos sin capacidad de respuesta.

​Al bajar las escaleras hacia el estacionamiento, dos de nuestros hombres de confianza se cuadraron frente al vehículo de la empresa. Me detuve ante ellos, ajustándome el saco con un movimiento pausado y mirándolos con una firmeza absoluta.

​—Nos movemos a La Hachadura —les dije, marcando cada palabra—. A mi hermana me la traen de vuelta con vida... y a Óscar me lo dejan a mí.




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