Me quedé congelada a la orilla del camino de tierra, sintiendo el viento helado de la mañana pegándome en la cara. Me pegué el teléfono al oído con tanta fuerza que me dolían los nudillos. El corazón me iba a mil por hora mientras esperaba que don Francisco hablara al otro lado de la línea.
—Esperanza... —dijo con la voz todita temblorosa—. Acaba de salir el doctor del quirófano.
—¡Dígame, por favor! ¿Cómo salió Alejandro? —le supliqué, sintiendo que las piernas se me querían volver de agua.
—Lograron sacarle el pedazo de vidrio y limpiar toda la infección —respondió don Francisco, y escuché cómo se le quebraba la voz, pero esta vez de puro alivio—. La operación fue un éxito. Sobrevivió a la cirugía, hija. ¡Alejandro está vivo!
Se me vino un llanto flojo de golpe, pero esta vez no era de miedo, sino del peso gigante que se me quitaba de encima. Apoyé la mano en la camioneta para no caerme y tomé un respiro profundo.
—Gracias a Dios... —murmuré secándome las lágrimas—. Don Francisco, Saraí ya está a salvo. La llevan directo a un hospital privado en la capital para que la atiendan bien. Y con Nehemías también me avisaron que ya lo estabilizaron de las costillas y está fuera de peligro. Los tres están con vida.
—¡Bendito sea el Señor, Esperanza! —exclamó don Francisco emocionado—. A tu tío Óscar ya lo agarraron las autoridades en la capital, mis abogados se encargaron de mover todo. Ese hombre no vuelve a ver la luz del sol en su vida.
—Allá voy de regreso para el hospital —le dije antes de colgar.
Subí a la camioneta y le pedí al chofer que manejara rápido. El sol ya había salido por completo, pintando el cielo de un dorado clarito y quitando toda la oscuridad de la noche. En todo el camino solo pensaba en mi niña Elena, en mi hermano Nehemías que ya estaba fuera de riesgo, en Saraí protegida en la capital y en Alejandro, que había peleado como un guerrero por quedarse con nosotros.
Cuando llegué al hospital, corrí por los pasillos hasta el área de recuperación. Mi mamá y doña Elena estaban abrazadas llorando de alegría, y mi papá Humberto se me acercó para darme un abrazo apretado que me llenó el alma.
—Orgulloso estoy de vos, mi niña —me dijo al oído con la voz entrecortada—. Sos la cabeza de esta familia.
Unos minutos después, el doctor salió a avisarnos que la sedación estaba cediendo poco a poco y me dio permiso de entrar a ver a Alejandro. Me puse la gabardina de protección y me lavé las manos con cuidado antes de entrar despacito a la habitación.
El ambiente adentro era silencioso y sereno. El pitido del monitor ya no sonaba desesperado; llevaba un ritmo constante y tranquilo. Alejandro estaba acostado con la cabeza vendada, pero su rostro se veía finalmente en paz, libre de la angustia de las últimas horas.
Me acerqué a la camilla y le tomé la mano con mucho cuidado. Estaba calientita. Me agaché y le di un beso suave en la frente, dejando caer una lágrima de alivio sobre su mejilla.
—Cumplí mi promesa, mi amor —le susurré al oído, apretándole los dedos despacito—. Saraí ya está a salvo en un hospital en San Salvador, a Nehemías ya lo estabilizaron de las costillas, Óscar va para la cárcel y toda la familia está bien. Ahora te toca a vos despertar, porque la niña y yo te estamos esperando.
Sentí un leve apretón en mis dedos. Muy despacio, Alejandro movió la mano y fue abriendo los ojos. Le costó un par de segundos enfocar, pero en cuanto me vio, sus ojos zarcos brillaron con esa luz limpia que me enamoró desde el primer día.
—Esperanza... —murmuró bien débil, con la voz rasposa por la anestesia y una sonrisita chiquita en los labios.
—Aquí estoy, mi amor —le contesté apretándole la mano, sonriendo entre el llanto—. No te esforzás por hablar, ya todo pasó.
—Mi vida... ¿y la niña?... ¿y tu hermana? —preguntó despacio, buscando mi mirada con preocupación.
—Todas están bien —le aseguré acariciándole la cara con ternura—. Elena está con las abuelas afuera, Saraí está rescatada y fuera de peligro, y Óscar ya está en manos de la policía. Se acabó la pesadilla, Alejandro. Ganamos.
Alejandro dejó ir un suspiro largo, como si apenas en ese instante su cuerpo se permitiera descansar de verdad. Cerró los ojos un segundo para asimilarlo y luego me volvió a mirar con un amor gigante que me inundó el pecho.
—Supe que ibas a poder... —murmuró con la voz entrecortada—. Sos la mujer más valiente que conozco, Esperanza. Tuve tanto miedo de no volver a verte...
—Yo nunca me iba a ir sin vos —le dije apoyando mi frente contra la suya, sintiendo su respiración tranquila pegada a la mía—. Nos hicieron pedazos, pero nos levantamos. De aquí en adelante vamos a cuidar a nuestra hija juntos y nadie, nunca más, nos va a volver a separar.
Alejandro entrelazó sus dedos con los míos con más fuerza, apretándome la mano como si estuviera sellando un pacto.
—Juntos —repitió con una sonrisa llena de paz—. Para siempre.
Me quedé a su lado sosteniéndole la mano mientras él volvía a dormirse plácidamente, sabiendo que la tormenta finalmente había quedado atrás y que un nuevo comienzo empezaba para nosotros.