El viaje hacia La Hachadura fue larguísimo y sofocante. El motor de la camioneta iba rugiendo en medio de la carretera oscura, mientras afuera la madrugada apenas empezaba a pintar el cielo de gris. En el asiento de atrás, el radio de comunicación sonaba con pura interferencia.
—Señora Esperanza —sonó la voz del jefe de seguridad a través de la bocina—. Ya tenemos el lugar. El video se mandó desde una cabaña vieja que está abandonada cerca de la frontera, metida entre unos cañonales. Ya llegamos y estamos afuera.
—¿Ven a alguien? —pregunté sin soltarme las manos, apretándome los dedos para que no me temblaran.
—Hay dos hombres afuera cuidando la entrada. Óscar sigue adentro con la muchacha. No nos han visto.
—Ni se les ocurra meterse a lo loco —les advertí, tragando saliva—. A mi hermana me la entregan viva. No quiero que arriesguen nada.
Apreté los puños contra mi pantalón. Pensar en Alejandro tirado en esa mesa de operaciones y en Nehemías todo golpeado en el hospital me daba un nudo en la garganta que me quemaba, pero me aguanté las ganas de llorar. Ya no había tiempo para derrumbarme.
Diez minutos después, la camioneta apagó las luces y se metió despacio por un camino de tierra. El olor a monte mojado y a encierro se sentía en el aire. Bajé del vehículo en silencio, sintiendo el corazón latiéndome a mil en el pecho. Entre los árboles se alcanzaba a ver la lucecita amarilla y débil que salía de la cabaña.
El encargado de la seguridad se me acercó casi a escondidas entre las ramas.
—Esperanza, los dos hombres de afuera ya están reducidos, no hicieron ruido. Tu tío está solo con Saraí allá adentro.
—Entren ya —les dije en un susurro firme—. Agarren a Óscar, pero nadie le dispara a menos que él intente matarlos. Él me las debe a mí.
Los muchachos avanzaron rápido, empujaron la puerta trasera de un solo golpe y entraron a la cabaña. Yo me fui pegadita detrás de ellos, sintiendo las hojas secas crujir bajo mis zapatos.
De repente, adentro se armó el gran desorden:
—¡Al suelo! ¡Nadie se mueva!
Óscar pegó un brinco del susto, tirando la silla donde estaba sentado. Buscó la pistola que llevaba en el cinturón, pero en un segundo ya tenía a tres hombres apuntándole directo al pecho.
—¡Apártense! ¡No saben con quién se están metiendo! —gritó Óscar, yéndose de espaldas, blanco del puro miedo—. ¡Tengo gente afuera!
—Tus hombres de afuera ya están tirados en el suelo, Óscar —dije, saliendo de la oscuridad y poniéndome de frente.
A mi tío casi se le sale el corazón por la boca al verme. Quiso correr, pero mis hombres lo agarraron de una vez, le tiraron el arma lejos y lo obligaron a hincarse con las manos atrás.
En eso, volteé a ver a una esquina de la habitación.
—¡Saraí! —se me salió el grito, sintiendo que la dureza se me deshacía por un segundo.
Saraí estaba amarrada a la silla, todita golpeada y con la sangre ya seca en la cara. Pero al escucharme, levantó la cabeza. Tenía un ojo bien hinchado, pero me miró con una fuerza increíble.
—Esperanza... —murmuró con la voz rasposa—. Sabía... sabía que ibas a venir por mí.
—Sáquenla de aquí ya —les ordené a los muchachos con la voz cortada—. No la lleven a ningún hospital de Sonsonate; llévensela directo a un hospital privado en la capital donde nadie la moleste y que me la atiendan de inmediato.
Le cortaron las cuerdas rapidito y la levantaron con mucho cuidado. Antes de que se la llevaran por la puerta, Saraí me sostuvo la mirada y me hizo una seña con la cabeza, sabiendo que la pesadilla ya había terminado.
Cuando se la llevaron, la cabaña se quedó en un silencio pesado. Quedamos solo los guardias, Óscar hincado en el piso, y yo.
Mi tío respiraba agitado, mirándome con un odio y una rabia desbordada.
—¿Te creés muy viva, verdad, patoja? —escupió con rabia—. Aunque me metáis a la cárcel, no vas a ver un peso del Grupo Volterra. Tengo los papeles y las firmas...
Me acerqué despacio hasta quedar cerquita de él. Me agaché a su altura y lo miré bien a los ojos, sin que me temblara ni un solo pelo.
—No tenés nada, Óscar —le dije con una voz tan helada que el hombre hasta tragó saliva—. Tus cuentas bancarias están congeladas desde hace rato. El notario que te ayudó con la trampa ya está preso en San Salvador, y el video que me mandaste golpeando a mi hermana es la prueba con la que te vas a pudrir en la cárcel.
A Óscar se le descompuso la cara. Toda esa hombría y ese orgullo con el que nos había pisoteado siempre se le cayeron al suelo en un segundo, quedando como el gran cobarde que siempre fue.
—Esperanza... si somos familia... —empezó a balbucear, cambiándome el tono para rogarme—. Pensá en tu papá... en tu hermano... podemos arreglarlo...
—Mi familia son los que están en el hospital sufriendo por tu culpa —le respondí poniéndome de pie y dándole la espalda—. Vos dejaste de ser mi familia el día que te vendiste.
Le hice una seña a la gente que me acompañaba.
—Llévenselo y entréguenselo a la policía de la capital, no a la de aquí que está comprada. Lleven todas las pruebas.
Salí de la cabaña caminando despacio mientras atrás se escuchaban los gritos e insultos inútiles de mi tío. Cuando salí al aire libre, el sol ya estaba empezando a salir sobre las montañas, tiñendo todo de anaranjado.
El celular en mi bolsa volvió a sonar. Con los dedos todavía fríos, contesté rápido.
—¿Esperanza? —era la voz de don Francisco desde el hospital.
—¿Don Francisco? ¿Qué pasó? ¿Cómo salió Alejandro de la operación? —pregunté aguantando la respiración.