Las semanas que siguieron al rescate en La Hachadura demostraron que la decisión de tomar el control médico fue la correcta. Con las gestiones inmediatas de los abogados y el apoyo del Grupo Volterra, no solo Saraí fue ingresada en un centro especializado en San Salvador, sino que tanto a Alejandro como a Nehemías los trasladamos de urgencia a un hospital privado de primera calidad en la capital.
La diferencia en la atención fue de la noche a la mañana. Los cirujanos y especialistas del centro privado trabajaron sin descanso: a Alejandro le realizaron un monitoreo continuo para asegurar que la infección de la cabeza cediera por completo y su herida cerrara limpia; a Nehemías le trataron las costillas fracturadas con equipo de última generación para calmarle el dolor y acelerar su recuperación. Ver a los tres en habitaciones cómodas, protegidos por seguridad privada y recibiendo el mejor cuidado del país, nos dio a todos la tranquilidad de que sus vidas ya no corrían ningún peligro.
El día que los médicos firmaron el alta definitiva de los tres fue de pura fiesta. En la casa de mis papás el ambiente olía a sopa de gallina india y a chocolate caliente. Mi niña Elena no hallaba con quién quedarse: saltaba de los brazos de Alejandro a los de Nehemías, y luego corría a abrazarle las piernas a Saraí. Verlos a todos reunidos en el corredor, sonrientes y sanos bajo el sol de la tarde, me llenó el pecho de una paz que no sentía desde hacía años. Pero todos sabíamos que para cerrar esta historia de verdad, todavía faltaba el último paso.
Un mes después, el Centro Judicial de San Salvador amaneció rodeado de cámaras de televisión, periodistas y patrullas de la policía. El caso del Grupo Volterra y los crímenes de Óscar se habían vuelto la noticia principal en todo el país.
Caminamos por los pasillos del tribunal en grupo, unidos como un puño. Alejandro me llevaba tomada de la mano con fuerza, luciendo un traje oscuro que le sentaba bien y dejando ver apenas una pequeña cicatriz cerca de la sien. A mi lado iban Saraí, erguida y recuperada, Nehemías caminando firme, don Francisco y doña Elena. Detrás de nosotros, nuestro equipo de abogados cargaba varios portafolios repletos de carpetas, dictámenes médicos del hospital privado, registros financieros y los videos que Óscar había mandado desde la cabaña.
Al entrar a la sala de audiencias, el aire se sentía frío y pesado. Unos minutos después, por una puerta lateral, custodiado por cuatro agentes armados y encadenado de pies y manos, entró Óscar.
Traía un uniforme azul de reo, la cara demacrada y el pelo canoso y despeinado. Cuando nos vio sentados en la primera fila, intentó sostenernos la mirada con la misma arrogancia de siempre, pero bastó con que Alejandro y Nehemías se pusieran de pie junto a mí para que agachara los ojos, acobardado.
El juez principal tomó su lugar en el estrado y dio inicio a la sesión.
Durante horas, la fiscalía fue destapando cada una de las porquerías de mi tío. Mostraron las transferencias bancarias ilícitas con las que intentó saquear el Grupo Volterra, los documentos falsificados por el notario corrupto —quien ya estaba preso—, los expedientes médicos de Alejandro y Nehemías de la clínica privada, y el testimonio desgarrador de Saraí.
Cuando pasé al estrado, miré al juez fijamente y hablé sin que me temblara la voz:
—Ese hombre no solo buscaba dinero, Señor Juez. Intentó destruir a nuestra familia, mandó a golpear a mi hermano, dejó al borde de la muerte al padre de mi hija y secuestró a mi hermana. No tuvo compasión de nadie, y no merece ninguna contemplación.
Al verse acorralado por el peso aplastante de las pruebas, a Óscar le entró el pánico. Su abogado defensor apenas podía articular palabra ante la contundencia de las evidencias. De repente, rompiendo todo protocolo, Óscar se puso de pie bruscamente, haciendo sonar las cadenas.
—¡Señor Juez! ¡Por favor! —gritó con la voz descompuesta y sudando a mares—. ¡Esto es una trampa de estos muertos de hambre! Escúcheme a mí... yo tengo recursos, tengo propiedades en el extranjero... Podemos arreglar esto de otra manera, usted solo dígame cuánto necesita y se lo transfiero hoy mismo, pero no me deje encerrado con esos criminales...
En la sala se armó un murmullo de indignación. El juez dio un golpe firme con el mazo, con el rostro endurecido por la ofensa.
—¡Guarde silencio inmediatamente, acusado! —ordenó el juez con voz de trueno—. Este tribunal no se presta para sus marramucias ni para sus intentos descarados de soborno. Lo que usted acaba de hacer en esta sala solo confirma su falta total de remordimiento y su desprecio por la ley.
Óscar intentó dar un paso hacia el estrado como queriendo escapar o rogar, pero los guardias de seguridad lo agarraron de los hombros y lo sometieron contra la mesa, dejándolo inmovilizado.
El juez acomodó sus papeles, miró directamente a Óscar y dictó la sentencia definitiva:
—Por los delitos de secuestro agravado, homicidio en grado de tentativa en perjuicio de Alejandro y Nehemías, fraude financiero, falsificación de documentos y delincuencia organizada, este tribunal condena al señor Óscar a la pena máxima de cárcel perpetua, sin derecho a libertad condicional. Llévenselo.
—¡No! ¡Esperanza, maldita desagradecida! ¡Deciles algo! ¡Soy tu familia! ¡No me podés hacer esto! —gritaba Óscar fuera de sí, pataleando mientras los agentes lo arrastraban encadenado hacia la salida trasera.
Nadie en nuestra familia dijo una sola palabra. Lo vimos desaparecer por la puerta de hierro con una mezcla de tristeza y alivio, sabiendo que la justicia terrenal finalmente le había cobrado cada una de sus deudas.
Al salir del edificio de los tribunales, la luz cálida del mediodía nos recibió en la plaza. Los periodistas se agolparon con micrófonos y cámaras, pero Alejandro nos abrió paso con tranquilidad, protegiéndome con el brazo alrededor de la cintura.