Para cuando regresaron a la estación ya era un día nuevo. El cambio de turno pasó sin que notaran su ausencia. El inspector ingresaba a la estación en plena madrugada y en un estado deplorable. Al pasar cerca de unos oficiales, estos se cubrieron la nariz con los papeles que tenían a mano o fingiendo toser. Harris no llegaría a trabajar hasta dentro de unas horas.
—Debimos ir a por un baño —se quejó Cyd, sus tripas rugieron recordando que se saltaron el almuerzo en la prisa de encontrar respuestas—. Un plato caliente sería un regalo en este momento.
Considerando el dinero que tenía y el lugar donde vivía, le sorprendió un poco que no se quejara más por la falta de alimentos. Solo un comentario lanzado al azar, sin sentimientos por detrás.
—¿Qué le parece si regreso a su departamento para lucir más presentable mientras usted se queda a hacer lo que sea que quiera hacer?
—No me parece —desecho la idea con rapidez. Con la información recabada estos últimos días no podía dejarlo fuera de su vista. No confiaba en Cyd.
Leonard hizo el amago de quitarse el sombrero para dejarlo en el perchero, entonces se dio cuenta de que lo había perdido. Cyd lo notó al instante, aunque miraba alrededor como si fuera su primera vez en la comisaría, el centro de su atención era el inspector. Una atención no deseada.
Fue directo a la silla detrás del escritorio, donde se sentó y, pasó una mano por su cansado rostro. Tenía la cabeza apoyada en la parte superior del asiento y extendió las piernas hasta apoyar las botas en la esquina del escritorio. Qué importaba si estaban sucias, necesitaba recostarse unos minutos.
Cyd permaneció de pie sin moverse. Leonard entreabrió los ojos para verlo, estaba con las manos en las caderas y lo miraba con fijeza. Con que así se ve un hombre adulto haciendo un berrinche.
—¿Su oficina es mejor que su departamento?
—No lo vas a dejar estar, ¿eh? Bien, puedes quedarte ahí parado toda la mañana —hasta que le crezcan raíces, pensó.
Cyd no se movió y Leonard fingió descansar.
—En mi viaje al mar —canto— conocí a un marino. Era alto, robusto y olía a pescado muerto. Y me enamoreeee. Mi amado me llevaba pescado. Oh, mi amado me abandonó.
¡Por todos los santos! Más tarde le preguntaría de dónde conocía esas canciones.
—Está bien —se frotó el entrecejo con fuerza, los dolores de cabeza se habían vuelto frecuentes esos días—. Baño, comida y de vuelta al trabajo.
El cuchicheo mañanero, parecido al de las mujeres en el mercado, se detuvo al verlos salir de la oficina. Los oficiales se despidieron en voz baja, disimulando que el cuchicheo no volvería en cuanto estuvieran lejos como para escucharlo.
El edificio donde vivía era viejo y se encontraba en las afueras del centro de la ciudad, para cuando llegaron el sol ya estaba en lo alto. Tanto el baño como la comida iban a tener que esperar, porque tenía una visita inesperada fuera de su puerta. Andy estaba parado de puntillas, intentando mirar por la mirilla. Desistió al cabo de varios intentos, entonces optó por otra táctica, apoyó la cabeza y cerró los ojos. Frunció los labios al no escuchar nada.
Leonard retrocedió tres escalones y luego los volvió a subir pisando con fuerza. Andy estiró el brazo y le indico que siguiera su camino, todo sin despegar la oreja de la puerta. Leonard se aclaró la garganta.
—Shhh.
El descaro de ese chico no tenía límites. Esta vez, tosió con fuerza.
—No ve que estoy ocupado —se quejó al darse la vuelta—, intentó… —las palabras murieron al notar a Leonard y su mirada de desaprobación.
—¿Se te perdió algo?
—Solo cuidaba de que no hubiera ladrones, entre vecinos nos cuidamos.
—No husmees —reprendió.
—¿Cuándo lo he hecho! —exclamó indignado. Andy levantó el periodico—. Vengo por asuntos oficiales.
Leonard sonrió a su pesar. Paso por su lado para abrir la puerta, lo detuvo antes de que se colara dentro. Señaló el morral que colgaba en su hombro.
—Termina pronto. Dentro de una hora nos vemos para desayunar en el mismo lugar.
El adolescente no esperó a que lo repitiera, pudieron escuchar lo ruidoso que era al bajar por las escaleras. Quiso decirle lo mismo a Cyd para que no se entretuviera, pero cuando se dio la vuelta él ya estaba en el baño y había retomado esa horrible canción.
Andy se tomó la molestía de elegir lo que quería antes de que llegaran y al verlos volvió a pedir. Cyd siguió su ejemplo de inmediato, al verlos supo que no tardarían en llevarse bien. La mesera dejó dos desayunos completos y una taza de café.
—¿Cuál es el alcance de la información que puedes conseguir, Andy?
En la cara del muchacho apareció una gran sonrisa. —¿Qué es lo que busca, inspector?
—Quiero saber acerca de un grupo de soldados desertores que se ocultan en la ciudad, más precisamente en los barrios bajos —aclaró, conociendo la aversión del muchacho por el lugar.
Andy mastico con cuidado sus huevos, considerando el riesgo de lo que le estaba pidiendo. En otras circunstancias lo hubiera dejado fuera de todo, pero nadie en ese lugar estaba dispuesto a hablar. Llevar a una unidad a sus calles no los haría más cooperativos. Los barrios bajos tenía información no solo de un asesinato sino también que estaba vinculado con una tripulación desaparecida.