Por costumbre, «Claro de Luna» solía reunirse la tarde siguiente a cualquier presentación para analizar los aciertos y áreas de oportunidad. Y si tenían tiempo de sobra, incluso ensayaban alguna canción.
Aquella tarde no fue la excepción, con el insignificante detalle de que ya llevaban una hora de reunión sin tener noticias de Leo. Todas las llamadas en su celular quedaban en el buzón.
«Déjenlo, hay que empezar sin ese hijo de la chingada», dijo Sebas cuando entraron al salón que rentaban en el Centro Cultural. Sobre su frente se pronunciaba un ceño fruncido que advertía a Ulises e Iván de no contradecirlo. Incluso lo mejor sería que Leo ni se presentara, pues cualquiera que viera al vocalista molesto comprendía que, por seguridad, lo mejor era pasar desapercibido.
Sentados ante una mesa, observaban la grabación de la noche anterior. Sebas mantenía la espalda completamente recargada contra el respaldo y los brazos cruzados; cada tanto, sus amigos podrían jurar escucharlo resoplar. Terreno inseguro de abordar.
Pasaron varios minutos de video cuando, justo al hacer las últimas anotaciones, la puerta se abrió de golpe.
—¡Perdón! —exclamó Leo, despreocupado—. Pero, no mamen, ¡estuvo chingonsísima la fiesta! Había unas morras que…
La mirada de Sebas se posó sobre él como una brasa. Los hombros del guitarrista y del bajista se tensaron automáticamente.
—...¿Qué?
—Nada —respondió tajante.
Al levantarse, la silla tambaleó, amenazando con caer. Se dirigió a la caja de almacenamiento, de donde sacó un micrófono que comenzó a ajustar. Ulises e Iván intercambiaron una mirada rápida. Aquello era extraño.
Cuando Sebas se enojaba con Leo solía reprocharle cosas, ponerse a la defensiva o incluso insultarlo. Pero esa frialdad contenida no era propia de él.
Se mantuvieron alerta.
Leo chasqueó la lengua, igual de extrañado por la actitud. Sin embargo, lo ignoró al instante y continuó hablando.
—La que me invitó estaba bien chida, wey. Y luego del bar nos fuimos a…
—Qué bueno —volvió a interrumpir Sebas con tono golpeado.
Ni siquiera lo estaba mirando; le daba la espalda, prestando atención al micrófono.
Ahora el baterista parpadeó desconcertado. Observó a Ulises e Iván con duda mientras señalaba al chico de rizos negros.
«¿Qué pedo con este cabrón?»
Ambos negaron entender a qué se refería.
El guitarrista cortó el ambiente antes de que pudiera estallar una bomba.
—Bueno, Leo —carraspeó—. Estábamos diciendo que para la próxima tocada queremos incluir más de nuestras canciones originales.
—Así que empezamos con la última que compuse —añadió el bajista, indiferente.
—Va… —respondió Leo caminando hasta la batería sin quitarle la mirada de encima al cantante frente a él.
«¿Por qué tan pinche frío?», se preguntó sin comprender absolutamente nada.
El ensayo iba relativamente bien. No era de sus mejores prácticas, pero tampoco calificaba dentro de las peores. Se respiraba un aire denso que, como una toxina, tensionaba los músculos y limitaba el control de los movimientos.
Sin embargo, para Leo ese no era el verdadero problema. Sebas en ningún momento se había dignado a mirarlo o dirigirle la palabra. Además, su voz salía ronca, tanto que se quebró varias veces al intentar las notas más altas; registros que dominaba sin dificultad.
«¿Estará enfermo? Eso explicaría muchas cosas», reflexionó en medio de la última repetición. Sonrió de lado, si ese era el caso, sabía perfectamente qué hacer para animarlo.
—Bueno, pudo ser peor —señaló el bajista cuando la música se desvaneció.
—Sí, ya lo iremos mejorando —coincidió el guitarrista—. Tengo que irme, no he terminado de calcular unos presupuestos que dejaron de tarea y se entregan hoy. A la próxima yo recojo —dijo mientras guardaba su instrumento.
—Claro, nos vemos —se despidió Iván.
A su salida, el silencio se disparó como un afinador fuera de frecuencia. Los miembros restantes del grupo acomodaron el enredo de cables y papeles que solían dejar.
Cuando el cantante terminó su parte de la limpieza y tomó sus pertenencias dispuesto a irse, el brazo de Leo lo rodeó por los hombros, acercándolos.
—Oye, precioso —su voz salió entre una sonrisa coqueta y el tono burlón con el que solía molestarlo—. La siguiente semana en León habrá uno de esos bazares de ropa alternativa que te gustan. Pedimos prestada la minivan y…
La expresión de Sebas resultó completamente nueva. Claramente estaba molesto, pero al mismo tiempo sus labios y ojos parecían temblar, como si contuvieran algún otro vocablo imposible de descifrar. La intensidad de esa mirada dejó mudo a Leo, quien solo podía esperar una inevitable mentada de madre.
Sin embargo, sin decir palabra alguna, Sebas quitó el brazo de sus hombros y se fue a pasos pesados que resonaron sobre el piso empedrado.
Por un breve instante, el brazo de Leo quedó suspendido en el aire. Atónito ante la acción que acababa de presenciar.