«No me siento bien. Me regreso a la capital. Les hablo luego», fue el mensaje que Ulises e Iván recibieron de Sebas la noche después del concierto. Siendo lo último que sabían de él.
Por su parte, Leo tampoco aparecía por ningún lado.
Tan solo los habían dejado a solas por diez minutos y ahora no tenían idea de dónde estaban. Perdieron la cuenta de cuántas llamadas directas a buzón hicieron durante la noche. Divididos en parejas fueron a buscarlos a todas partes incluida la Central de Autobuses, pero simplemente el vocalista y baterista parecían haberse esfumado de la tierra.
«¿¡Qué chingados pasó anoche!?», se preguntaba Iván cada vez que sus intentos por encontrarlos fracasaban. Si algo malo les hubiera sucedido, jamás se perdonaría el haberlos dejado solos durante un momento tan delicado.
Al acercarse el amanecer, afuera del hotel, ya era imposible disimular la preocupación del grupo.
—Iván… —llamó Ulises mientras se aferraba a la mano de Lucas—. Será mejor hablarle a la policía…
—Pero… —chasqueó la lengua. Con la situación actual, tampoco podía descartar que los mismos uniformados estuvieran involucrados—. Sí… —asintió resignado—. Será lo mejor.
Sacó su celular dispuesto a marcar el número de emergencias.
—También deberíamos llamar a la hermana de Leo… Tienes su número, ¿no?
—Sí… —Ulises entró a los contactos con las manos temblorosas—. Dios… ¿Cómo se supone que se lo explique a Sara?
Sin embargo, antes de que las llamadas de ambos pudieran entrar en línea, Dina sujetó bruscamente a su novio.
—¡Es Leo! —gritó señalando en dirección de la calle.
Efectivamente, el distintivo peinado a rape del baterista y su chamarra de piel negra empezaron a sobresalir a la lejanía. Parecía observar su alrededor desorientado.
Con las almas de regreso al cuerpo, el grupo corrió a su encuentro.
—¿¡Dónde carajo estabas!? —preguntó Iván en cuanto lo tuvo enfrente.
—Yo… —no entendía qué hacían todos ahí—. No sé…
—¿¡Cómo mierda no vas a saber!? —continuó Iván dándole un breve empujón.
—Iván, cálmate. No es momento —susurró Dina con firmeza mientras apoyaba una mano en su hombro.
El bajista retrocedió sin dejar de mirar intensamente a Leo, quien ya estaba aprisionado entre los brazos de Ulises.
—Por favor… No vuelvas a hacerlo —suplicó el guitarrista con voz quebrada.
Leo mantenía los brazos extendidos sin saber cómo reaccionar.
—¿Y Sebas? —fue lo único en lo que puso pensar.
Todos voltearon a verse entre sí, y como si la pregunta hubiera sido un conjuro de invocación, Lucas recibió un mensaje del susodicho.
—«Me quedé sin batería. Llegué en la madrugada, estoy bien. Luego les cuento, lo siento»... —leyó en voz alta.
—¿Se fue? —volvió a preguntar Leo.
—Sí —respondió el bajista de golpe—. Justo después de que hablaras con él, ¿nos podrías explicar qué chingados pasó anoche?
El viento que recorría la solitaria calle acompañó el silencio formado entre ellos.
—Es que… —Leo parpadeó como si buscara las ideas dentro de su cabeza—. ¿Sabían que le gusto a Sebas?
Lucas y Dina intercambiaron una mirada. Ulises cerró los ojos un segundo.
—Valiendo madre… —suspiró Iván.
*
Estando más tranquilos, el grupo decidió entrar al pequeño restaurante del hotel para desayunar antes de emprender el regreso a la capital.
Lucas y Dina se sentaron en una mesa aparte para darle espacio a la banda de conversar.
—Y entonces se fue … —Leo terminó de contar lo sucedido—. Quise ir tras él, pero las piernas nomás no me respondieron… Ya rato después, sin darme cuenta, había empezado a caminar y caminar —dio un sorbo al café—. La cabeza me daba vueltas, ni me acuerdo en qué tanto estuve pensando.
El bajista, quien hasta ese momento se había limitado a escuchar con la mirada perdida en algún punto de la mesa, lo observó directo a los ojos.
—A ver si entendí. Sebas te dice que le gustas, y tú le respondes «No me gustan los hombres?»… ¿Así nada más?
Leo se rascó la nuca.
—Pos, sí…
—Me cae que sí estás bien pendejo —soltó Iván con una pequeña sonrisa incrédula.
—¡Me paralicé, wey!, ¿¡Qué se supone que hiciera!?
—¡Pues no sé!, ¡Usar el cerebro por una maldita vez!
—¡Basta los dos! —Ulises intervino temiendo convertir la conversación en pelea—. Aquí no estamos para juzgar a nadie, sino encontrar soluciones.
Iván y Leo suspiraron con pesadez, recargándose en sus respectivos respaldos.
—Leo, no estás obligado a corresponder los sentimientos de Sebas —continuó el guitarrista—, pero tampoco se trataba de un chico cualquiera sino de Sebas, tu amigo de años. Podrías haber tenido más tacto como decirle que necesitabas tiempo para pensar o algo así…
—En lugar de rechazarlo de una como si no tuviera importancia ni la situación o sus sentimientos —añadió Iván.
La imagen del rostro temeroso de Sebas volvió súbitamente a la cabeza de Leo. Apretó los puños sobre la mesa.
—¡Ya sé!, ¡Ya sé! Yo mismo me arrepentí en ese momento, pero no me salió decir otra cosa, ¿sí? ¡Me apendeje!
Se llevó ambas manos a la cara frotando con fuerza.
—Es que… ¡Chingada madre! Ni siquiera entiendo cómo es posible que yo le guste.
—Lo mismo me pregunto yo.
—Iván… —regañó Ulises en voz baja.
—¿Le di alas o qué? —preguntó Leo frotándose las sienes.
Iván y Ulises lo miraron con ojos entrecerrados.
—¿En verdad lo preguntas, cabrón? —cuestionó el bajista.
Leo parpadeó.
—¿A poco sí?
—Leo… Te la vives encima de él —señaló Ulises.
—No es cierto.
—¿Cómo no, wey? —contradijo Iván—. Siempre te andas recargando en sus hombros o ya de plano lo rodeas descaradamente en brazos.
—¿¡Y eso qué!? No es mi culpa que quede justo a mi altura ni que esté fuertecito.
—Bueno, entonces ¿qué necesidad hay de que le digas «precioso» o «príncipe»? —señaló Iván con una ceja alzada.