Afuera, en la calle, hacía tanto calor que era posible ver las ondas de calor a través de la ventana. Los tres niños, tumbados sobre el frío piso de la casa, comían helado casero de chongos zamoranos mientras escuchaban música en el estéreo familiar.
Ulises, el pequeño anfitrión, hablaba sobre una banda de chicos que vio en una película y lo mucho que le gustaría tener un grupo, o algo así. La verdad era que Sebas no le estaba prestando demasiada atención.
Su mirada y pensamientos iban sobre el chico acostado a su lado. El silencio de Leo no era habitual, ni mucho menos su vista perdida en el ventilador de techo. Esa mañana, en la escuela, había dicho casi en un susurro que su padre estaba en su casa.
Sebas parpadeó y miró su propia mano rasguñada a causa del manotazo dado por su madre para quitarle el labial que, por curiosidad, había tomado de su bolso.
Sin decir nada, se acomodó de lado colocando su frente contra el hombro de Leo. Su amigo no se movió ni hizo comentarios.
La música empezó a imponerse sobre cualquier otro ruido. Por un momento, parecía que eran los únicos dos niños dentro de un mundo propio.
Poco a poco, aquella imagen se desvaneció y la melodía fue reemplazada por una estresante alarma.
Al abrir los ojos se sintió mareado. Miró a su alrededor hasta distinguir la figura de un hombre arreglándose frente a un espejo.
«Ah, sí. El departamento de David», se recordó a sí mismo.
—Hasta que despiertas —comentó el hombre sonriendo—. Caíste como tranco, ¿no has dormido bien?
—¿Qué hora es? —preguntó somnoliento e ignorando la pregunta.
—Las 9:50
—Mierda… —maldijo incorporándose lentamente.
—¿Qué sucede? ¿Tenías clase?
—No… pero voy a cantar en un café a las once y debo llegar antes —explicó sentado sobre la cama.
Cubrió su cuerpo desnudo con una cobija.
—¿En cuál café?
David, continuaba arreglándose, mirándolo en todo momento desde el espejo.
—En «Los Michis».
—Pues te llevo, no está camino a mi trabajo, pero te dejo por el mercado.
El hombre finalmente volteó. Sebas lo observó unos segundos. Pese a que le agradaba, prefería no relacionarme más de lo estrictamente necesario con él. Sin embargo, a esa hora, llegar al café a tiempo caminando sería imposible y agotador; y tampoco traía dinero para el pasaje.
—¿Seguro?
—Claro. Solo termino de preparar unos documentos.
—Bueno… ¿Puedo usar tu baño?
—Ya sabes que sí —respondió, tomando un portafolio.
Sebas se puso de pie, dio unos cuantos pasos antes de que la voz de David lo detuviera.
—Oye… No es que me importe, pero ¿tuviste problemas con tu baterista?
El cantante frunció el ceño.
—Dijiste que no te importa, así que, mejor ni hables.
—Oye, tranquilo —sonrió el hombre—. En verdad me da igual. Si tú me sigues buscando para hacerlo por mí está perfecto. Pero lo que no entiendo es cómo alguien como tú sigue clavado con el mismo wey.
—¿Alguien cómo yo?
—Sí, mírate —sus ojos recorrieron por completo su cuerpo—. Estás como quieres. Podrías tener a quien quieras.
—¿Ah, sí? —Sebas alzó una ceja, sarcástico—. ¿A alguien cómo quién?
—Pues no sé, alguien mejor y completamente diferente a él. Y, claro, con un mejor salario que un godín como yo o cualquiera de los otros vatos con los que luego sales.
El chico de moreno se quedó callado unos segundos recordando su sueño.
—No lo entenderías —murmuró—. Como sea, no es de tu incumbencia.
—En eso tienes razón… Ándale, arréglate o te vas a tener que ir en micro.
Sebas resopló antes de dirigirse al baño.
*
En el centro de la ciudad, Leo caminaba despreocupado entre las estrechas calles en dirección a su trabajo en una tienda departamental. Atender clientes que luego hacían preguntas pendejas, como él las consideraba, o provocaban un escándalo por descuentos vencidos no era ni de cerca su trabajo ideal. Aunque, la verdad, ni estaba seguro de cuál era ese trabajo soñado. Sin embargo, para un foráneo que no estudiaba, trabajar era lo mínimo que podía hacer.
Ese día le tocaba etiquetar inventario, una actividad aburrida y a veces estresante, pero mejor que lidiar con gente terca.
Al caminar, esquivaba a los demás transeúntes al ritmo de «Mr. Brightside» de The Killers.
Le faltaban unos cuantos metros para llevar a la tienda cuando, del otro lado de la calle, una figura conocida dentro de un carro llamó su atención. Se detuvo de inmediato al reconocer a Sebas.
Quitó los audífonos de su cabeza, como si la ausencia de música en los oídos le permitiera ver mejor. Entonces, también reconoció el carro y al conductor.
«Chingada madre, no otra vez el pendejo del David», pensó para sus adentros.
No conocía a detalle la historia, solo que se conocieron en el gimnasio y era un ligue casual. Además, el tipo ocasionalmente iba a escuchar a la banda a los bares donde tocaban, tomaba un par de cervezas con Sebas y después se iban juntos. Creía entender el tipo de dinámica entre ellos, pero prefería fingir demencia porque de solo imaginarlo sentía que se le removía el estómago.
En verdad era irritante, «¿Quién se cree ese cabrón para tener esas confiancitas de sonreirle y acariciar a Sebas?».
Detestaba demasiado a ese hombre pese a nunca haber cruzado palabra alguna.
Permaneció quieto en medio de la calle observando a la parejita dentro del vehículo. La gente empezó a pasar al lado suyo, algunos empujándolo levemente y mentándole la madre.
En el interior, Sebas parecía estar a punto de bajar hasta que el otro hombre lo detuvo del brazo para darle un beso. El cantante apenas sonrió de regreso.
Al ver aquella escena, Leo caminó rápidamente dispuesto a cruzar la calle. Sin embargo, un estruendo dentro de su mente lo hizo volver a detenerse justo en la esquina. Tenía paso libre.
«¿A mí qué chingados me importa con quién ande? Es muy su pedo».