Con la respiración agitada tras correr cuesta arriba entre callejones, Sebas llegó a la cafetería justo a tiempo para prepararse.
El lugar era bastante modesto. Contaba con apenas un par de mesas distribuidas en el espacio principal, mientras que la barra, que además fungía como caja de cobro, ocupaba la mayor parte del lugar. Al fondo había una pequeña sala que solía albergar talleres de artesanías, clubes de lectura e incluso lecturas de tarot gratuitas los miércoles por la noche para consumos superiores a cien pesos.
La decoración principal consistía en libreros con libros de libre acceso, varias plantas y todo tipo de objetos con temática gatuna. Aunque, precisamente, la verdadera atracción era un gato naranja que parecía supervisar el negocio a través de sus redondos ojos verdes.
Con un rayo de luz entrando por la ventana, Sebas se acomodó sobre una silla alta en una esquina cercana a la entrada de la sala. Tenía una vista completa del local.
A la hora exacta, sujetó el micrófono colocado frente a él. Respiró con la esperanza de liberar sus pesares a través de cada verso.
Empezó a cantar acompañado por música instrumental. Su voz armonizó con el ambiente tranquilo de la cafetería.
Los minutos pasaron. Todo marchaba a la perfección hasta que, por la puerta, vio entrar a Lucas, el novio de Ulises.
Desentonó ligeramente.
Cuando sus miradas se encontraron, el chico lo saludó con un alegre movimiento de mano. Lo acompañaba un amigo suyo al que algunas veces había visto de lejos durante las presentaciones.
Sebas le mostró una sonrisa pequeña como respuesta mientras cantaba un cover acústico en español de «Still Into You» de Paramore. No obstante, por dentro podía sentir cómo el calor iba subiendo por su cara. La última vez que lo vio había llegado borracho y deshecho al departamento que compartía junto al guitarrista. No creía ser capaz de volver a sostenerle la mirada.
«A pesar de todo…
te amo a ti».
Pronunció ocultando su rostro detrás del micrófono.
Tras una hora de canto, Sebas se levantó de la silla e hizo una reverencia, recibiendo aplausos del reducido público. Enseguida, caminó hasta el mostrador.
—Estuviste increíble, Sebas —dijo la encargada tras el mostrador—. Gracias por aceptar con tan poca antelación. Aquí tienes.
Deslizó un sobre por la barra que el joven guardó con cautela.
—Gracias a ustedes por invitarme —sonrió—. ¿Les molesta si me quedo aquí un rato?
—Claro que no, siéntate donde gustes.
Cuando la chica dio media vuelta para continuar preparando pedidos, la postura de Sebas se deshizo por completo. La mesa donde estaba Lucas estaba a solo unos cuantos pasos de distancia. No podía irse como si nada y fingir que no lo había visto. Además, el remordimiento pesaba en su cabeza.
Inhaló para tomar valor.
—Hola, Lu —saludó de pie delante de la mesa—. ¿Debería preocuparme por Ulises al verte saliendo con un chico tan guapo? —preguntó coqueto y seguro.
Lucas soltó risas suaves. El chico sentado del otro lado permaneció en silencio, sutilmente sonrojado.
—Para nada, es mi amigo desde prepa. Sebas, él es Eli; Eli, Sebas —presentó.
—No habíamos tenido el placer —señaló el cantante—. Has ido a escuchar a la banda, ¿no?
—Algunas veces, cuando Lucas me invita —respondió Eli intentando mantener la calma—. Tocan muy buena música.
—Gracias —agradeció Sebas, guiñando un ojo—. ¿Les molesta si me siento?
Lucas intercambió una breve mirada con su amigo.
—Para nada, adelante —indicó Eli.
—¿Quieres pedir algo? —le preguntó Lucas—. Yo invito.
—¡Oh, no! No te molestes.
—No es molestia. Aún no te agradezco por la ropa que me regalaste el otro día. Está muy padre —mencionó el chico, alegre.
Sebas volvió a sentirse avergonzado. La actitud de Lucas, en ocasiones, le resultaba ridículamente inocente, pero a la vez muy tierna.
—Sí insistes —alzó el rostro—. Un capuchino estaría bien.
—¡Wow!, ¿Entonces tú le diste la ropa que traía puesta el otro día? —intervino Eli—. Para nada es lo que está acostumbrado a usar, pero sin duda se veía increíble.
—Elías… —murmuró su amigo con las mejillas rojas.
Los ojos de Sebas se fijaron en el chico. Recargó los codos sobre la mesa y la barbilla entre las palmas de sus manos.
—Sí, hice una limpieza en mi armario y de inmediato supe que esa ropa sería perfecta para él… Se nota que sabes de estilo —señaló con picardía—, ¿Qué estudias?
—Artes.
—Bueno, eso lo explica todo. Tienes una vibra muy creativa, me gusta.
—Gracias. Mi novia piensa igual —aclaró, sonriendo gentil.
De inmediato, Sebas se irguió sobre la silla como si esa acción pudiera aumentar la distancia entre ellos.
—Lo siento. No quise incomodarte.
—Está bien. No hay problema —dijo tranquilo—. La verdad, viniendo de ti es un halago.
El pequeño grupo rió cómodamente. Platicaron un par de minutos sobre la universidad, conocidos en común y alguna que otra experiencia de supervivencia foránea; dando tiempo a que el capuchino, y de paso una orden de chilaquiles, fuera preparado y servido para Sebas.
Cuando los alimentos llegaron, Elías tuvo que despedirse para ir a una reunión de trabajo en equipo.
Al estar solos Sebas y Lucas surgió un silencio no incómodo, pero expectante.
—Deja de verme así, Lu —pidió el cantante con voz serena mientras removía la comida.
Su acompañante, sutilmente sobresaltado, lo miró de frente.
—¿A… Así cómo? —cuestionó, rígido.
—Como diciendo «Este pinche pendejo llegó a mi departamento en plena madrugada, pedísimo y berreando por cabrón que no lo ama. Y ahora anda de resbaloso con mi amigo».
La cara de Lucas enrojeció por completo.
—¡No, no, no! —exclamó moviendo las manos en negación—, ¡No pensaría algo así!
Sebas, calmado, lo observó a la par que daba un sorbo al café.