Para nadie pasó desapercibido el distanciamiento de Sebas durante el resto del evento. Si bien no se separó del grupo, se mantenía lo más apartado posible del baterista. Además, contrario a su naturaleza, no cantó ni bailó pese a la presentación de algunas de sus canciones favoritas.
Cada tanto, al otro extremo, Leo volteaba a verlo. No le gustaba para nada la expresión neutra de su rostro. Pero cuando intentaba acercarse un paso, Sebas se alejaba otros dos. Necesitaba poner en marcha su plan cuanto antes.
Al terminar el concierto, el grupo se dispersó por el jardín junto al resto de espectadores. Leo iba al frente, pensando en cómo quedarse a solas con Sebas. Le seguían detrás Lucas y Dina, acompañados por Ulises e Iván respectivamente, buscando reseñas de buenos lugares para cenar. Un poco más atrás caminaba el vocalista, quien se detuvo tras un par de pasos.
—Ustedes vayan a cenar… —indicó con el tono suficiente para hacerse oír. El grupo volteó a verlo—. Estoy muy cansado, me regresaré al hotel a dormir.
«¡Perfecto!», pensó Leo atento a la escena.
El guitarrista y el bajista intercambiaron una mirada rápida.
—¿Seguro? —preguntó Iván.
—Sí.
—Bueno —intervino Ulises—, te acompañamos.
—¡No se molesten! —indicó de golpe—. Vayan a divertirse… Los veo después —dijo reajustando el tono junto a un movimiento de mano.
Dio media vuelta sumergiéndose entre la gente.
El grupo apenas tuvo tiempo de preocuparse cuando Leo les pasó a un lado con prisa.
—¡Oye! —reprendió el bajista—, ¡No lo molestes, quiere estar solo!
—¡Descuida, wey! —respondió el baterista sin volver sobre sus pasos—. ¡Tengo un plan!, ¡Ya regreso! —aseguró mientras empezaba a correr.
Iván inhaló profundamente, retuvo el aire por largos segundos. Algo apestaba a podrido.
—Si no regresa en diez minutos, vamos a buscarlos —susurró a su compañero.
Ulises asintió mirando el camino por el que ambos se habían ido.
*
Vivir en una ciudad tan turística como aquella ya le había dado a Leo la habilidad de escabullirse entre hileras de gente que andaba lenta y despreocupadamente por las calles. No tardó en divisar a Sebas.
—¡Ey!, ¡Sebas! —chifló—. ¡Sebas, ‘perate!
Pese a sus llamados, el chico no se detenía, incluso parecía ir más rápido.
Entonces, Leo también aceleró el paso. Justo cuando atravesaban un callejón poco concurrido tuvo frente a sí la espalda de Sebas. Estiró el brazo alcanzando su muñeca.
—¡Suéltame! —bramó inmediatamente el cantante.
—¡Te estoy hablando, wey!
—¡¿Qué chingados quieres?! —exclamó, forcejeando.
Leo, entonces, notó el marcado ceño fruncido con el que Sebas lo miraba.
«Mierda, esto no es lo que quería». De inmediato, soltó su agarre. El chico moreno retrocedió un paso.
—Mira, ya —dijo Leo mostrando la mano libre—. Vamos a calmarnos. Nomás quiero hablar contigo.
Sebas sintió un latido tan fuerte, como si su corazón quisiera escapar del pecho, solo para inmediatamente quedarse sin pulso.
—¿Y sobre qué o qué? —preguntó, receloso.
—Iré al grano, ¿por qué estás emperrado conmigo?
El vocalista permaneció callado un momento.
—No estoy enojado… —respondió apenas audible.
—No digas mamadas, claro que sí lo estás. Me andas ignorando.
—Qué no estoy enojado —repitió más serio—. Ya déjame en paz, quiero dormir.
Giró, intentando retomar el camino hasta que Leo se interpuso de nuevo.
—¡Qué te esperes, wey! Oye, no entiendo por qué estás tan emputado, pero quiero llevar la fiesta en paz… Toma —dijo buscando algo entre los bolsillos de su chamarra.
Le tendió una cajita de regalo negra. Sebas miró fijamente el regalo, después a Leo y de regreso.
—¿Qué es eso?
—Dijiste que para Halloween quieres hacer un disfraz inspirado en la vampira esa de cabello rosa. Así que… —abrió la caja revelando un par de aretes de acero con forma de seguritos—. Te conseguí accesorios.
Sebas mantuvo la cabeza agachada observando los aretes. Hizo un gran esfuerzo por no dejar que sus labios temblaran. «¿Cómo puedes hacer algo tan lindo y no darte cuenta de nada?», preguntó para sus adentros.
Quería irse cuanto antes.
—Gracias… —murmuró tomando la caja.
Volvió a caminar en dirección al hotel.
Con la mano aún estirada, Leo abrió los ojos atónito.
—¿Gracias?, ¿Es todo lo que vas a decir? —cuestionó.
El vocalista se detuvo soltando un suspiro.
—¿Qué quieres que te diga?
—Pues no sé, ¡una sonrisa o saltitos de emoción como otras veces! ¡Algo que me confirme que estamos bien! —exclamó, acercándose.
Ante la proximidad, Sebas aumentó la velocidad. No le gustaba a donde iba la conversación. «Bajo mis propios términos. Bajo mis propios términos. Bajo mis propios términos», repetía una y otra vez mientras su respiración se aceleraba.
—¡¿En serio, qué carajo sucede contigo?! —preguntó Leo a su espalda.
—¡Nada! ¡Ya vete! —respondió sin volver la mirada.
—¡Quiero arreglar las cosas, pero tu pinche actitud no ayuda!
Sebas se detuvo.
«¿Mi pinche actitud?», todo dentro de él explotó.
Retrocedió dándole la cara.
—¡¿Me culpas a mí?!, ¡¿Es que en verdad la canción no te dijo nada?!
Leo se detuvo en seco al recordar aquella sensación de fría incomodidad. Chasqueó la lengua.
—¡No sé de qué chingados hablas!, ¡Ya déjate de fregaderas y dime qué carajos te hice para que me trates así!
—¿¡En serio no puedes darte cuenta de que me gustas, cabrón!? —gritó.
Un zumbido se extendió por los oídos de Leo. Todo a su alrededor empezó a tornarse borroso y oscuro como sacudido a una gran velocidad que resultaba mareante. «¿Está temblando?», no, era casi imposible en esa zona del país.
A los zumbidos se sumó el golpeteo de su propio ritmo cardiaco.
«¿Cómo dijo?», «Está chingando, ¿no?», «¿Qué está pasando?», las preguntas llegaron abruptamente a su mente.