El viaje en carretera estaba siendo especialmente pesado para Leo. No solo por las curvas que mareaban aún más sus revueltos pensamientos, sino por el silencio de Sebas sentado en el asiento contiguo al suyo.
«Claro de Luna» se presentaría como telonero de un grupo relativamente grande en una de las ciudades cercanas a la capital del Estado. Y, como era costumbre, cada vez que tenían que ir a otra ciudad usaban la minivan oficial de la banda. Que en realidad solo era la vieja camioneta que el abuelo de Iván le había heredado unos años atrás, cuando cumplió dieciocho.
Ejerciendo su autoridad sobre el vehículo, el bajista iba conduciendo con su novia, Dina, como copiloto. En los asientos de atrás iban Ulises y Lucas, abrazados y conversando sobre cualquier cosa.
Mientras que a Leo le había dejado atrapado en el medio junto a Sebas. Cada tanto volteaba a verlo, pero por más intenciones que tuviera por llamar su atención y hablarle, el vocalista no dejaba de mirar por la ventana.
Aquella indiferencia provocaba que Leo moviera los pies a la misma velocidad con la que pisaba el pedal del bombo.
El plan era que, después de la tocada, todos se quedarían a ver el concierto y saldrían a turistear. Incluso había reservado una noche de hotel.
Leo tenía por objetivo llevarse a Sebas en algún punto de la salida para hablar con él y darle lo que había preparado. Al igual que en discusiones anteriores confiaba en que todo saldría bien. Mañana, al regreso, la distancia entre ellos no existiría más.
Tomó aire y también volteó hacia su ventana.
*
El concierto se llevaría a cabo al aire libre en la zona centro de la ciudad, justo en frente de la parroquia principal. La organización había acondicionado un escenario bastante sólido que, bajo el cielo naranja del atardecer y el estilo gótico del edificio en el fondo, lucía bastante imponente.
Al llegar, horas antes de iniciar el evento, la banda debió reunirse con los organizadores para preparar el equipo y coordinar posiciones, así como marcar la entrada y salida.
Mientras tanto, fuera de la zona exclusiva del personal, Dina y Lucas exploraban el jardín a la espera de la participación de «Claro de Luna».
Conforme descendía el sol, la gente que transitaba por el lugar comenzaba a acercarse curiosa por el evento.
Detrás del escenario, los chicos continuaban ensayando cuando apareció la organizadora principal.
—¡Ya casi empezamos, disculpen el retraso! Solo necesitamos asegurar la calidad del sonido. Y también si me pueden apoyar confirmando que su lista de canciones este correcta, porfa —dijo pasándole a Iván unos documentos—. Denme chance de ir a checar la transmisión, ahorita vuelvo.
Enseguida, dio media vuelta perdiéndose en el caos de trabajadores, cables y bocinas.
Despreocupado, el bajista sacudió las hojas. Sus ojos comenzaron a recorrer los títulos de las cinco canciones originales que tocarían esa noche.
—Ah, chinga —murmuró al leer la última canción.
—¿Qué sucede? —preguntó Ulises soltando las cuerdas de la guitarra.
—Aquí dice que cerraremos con un cover en español de «Bad Romance» versión Halestorm.
Entonces, el guitarrista también tomó las hojas. Leo, hasta entonces quieto, lanzó una mirada rápida a Sebas.
—¿Y esto? —Ulises estaba igual de confundido.
—Yo envié un correo cambiando el programa —admitió de pronto el vocalista, serio.
En menos de un segundo, Iván lo tenía sujeto de la playera, tirando hacia abajo para reducir su altura.
—¡¿Y por qué chingados no nos dijiste?! ¡¿Quién te crees que eres?!
Sebas permaneció inerte.
—¡Oigan, oigan! Tranquilos, podemos solucionarlo… —intervino Ulises.
Leo apenas escuchaba las voces de sus amigos. «Recuerdo que pasó semanas trabajando en ese cover, pero al final nunca quiso sacarlo… ¿Por qué ahora?».
—¡Nunca hemos tocado esa canción!, ¡¿Qué chingados esperas que hagamos?!
—No te preocupes, Iván —mencionó Sebas con esa voz casi inexpresiva—. Será con pista, ustedes no tienen que hacer nada. Solo déjame cantarla.
El vocalista sostuvo la mirada de su furioso amigo. Poco a poco la respiración de Iván se calmó. Lo soltó con un leve empujón.
—Como quieras… —bufó retomando su instrumento.
—Pero… —Leo se atrevió a hablar—. Dijiste que nunca cantarías esa canción.
Una ráfaga de viento trajo consigo el silencio. Ni Ulises ni Iván se atrevieron a levantar el rostro.
Por primera vez en días, Sebas giró el rostro hacia él.
—Entonces, más te vale que escuches con atención.
*
Leo no podía identificar la razón de la tensión formada al momento de subir al escenario. Quizás eran los nervios habituales que siempre intentaban disimular, o los residuos de la reciente discusión.
La decisión de Sebas en verdad no tenía sentido. «¿Qué podría tener de especial una canción tan gastada y comercial como para darle tanta importancia?», pensaba mientras caminaba en dirección a la batería.