Lo que canta el silencio (bl)

Ven Porque Te Necesito

Los días siguientes transcurrieron de manera lenta e incómoda para Leo. Desde la noche de su cumpleaños no lograba comprender qué sucedía con Sebas. En los ensayos apenas le dirigía la mirada, y respondía con monosílabos a sus intentos de sacarle conversación.

Iván y Ulises tampoco eran de ayuda. Cada vez que buscaba con ellos una respuesta le sacaban la vuelta al asunto. Sin duda sabían cosas, pero ¿por qué nadie le decía algo?

Nunca habían durado tanto tiempo peleados. Incluso hubo una tarde en la que, al ver el anuncio de una noche de karaoke en uno de sus bares favoritos, tomó su celular con toda la intención de invitarlo a salir. Sin embargo, tras escribir las primeras palabras, recordó súbitamente que estaba molesto con él.

La situación en verdad era molesta.

La falta de aire acondicionado, recién descompuesto, en la tienda solo conseguía acentuar el insoportable calor de inicios de septiembre y, a la vez, su malestar.

«Se está hartando de ti», había dicho Iván.

«¿Y eso qué chingados significa?», maldecía a sus adentros.

En su cabeza, aquella frase y la imagen de Sebas retumbaban como un golpe constante y frenético de hi-hat.

Al menos, la mañana prometía un turno tranquilo con pocos clientes. Podría estar solo con sus pensamientos en la caja de cobro.

A la distancia, observó a unos niños de primaria curioseando en el área de revistas. Por un momento, creyó verse a sí mismo y a Sebas como niños. Recordó sus visitas a los puestos de periódicos en el jardín principal después de las clases de música. A veces, cuando su tío le daba dinero estando ebrio, se daban el lujo de comprar un cómic para leerlo juntos en la escuela o turnárselo cada fin de semana.

«Ay, pinche Sebas, ¿qué hice para que estés tan emputado conmigo, cabrón?», pensó melancólico.

Desvió la atención de los niños, recargando su cabeza sobre una mano. Su mirada quedó justo enfrente del estante de los dulces favoritos de Sebas: gomitas enchiladas. Suspiró.

De pronto, una compañera se atravesó en su campo de visión.

—Oye…—lo llamó en voz baja.

—Mmmh… —Leo apenas emitió un sonido en respuesta.

—Debemos dejar de vernos… —dijo seria—. Mi novio empieza a sospechar.

—Ta’ bien.

«¿De qué estará harto? ¿Mis bromas?, ¿O de las peleas? Pero pues es él quién siempre empieza con sus cosas», continuó dándole vueltas al asunto.

—«Ta’ bien», ¿es todo lo que vas a decir? —preguntó la chica frunciendo el ceño.

—¿Pos qué quieres que te diga? —su tono salió indiferente—. Desde el principio quedamos en que no era nada serio. Además, yo no soy el que anda poniendo cuernos.

La chica tomó un puñado de caramelos debajo del mostrador y se los arrojó a la cara.

—Pinche idiota —murmurró antes de irse.

—Va… —Leo chasqueó la lengua.

«Idiota, dice… Ojalá fuera Sebas quien me dijera así, o “pendejo” si quiere, pero que me hablara», pasó sus manos por toda la cabeza.

Necesitaba pedirle perdón, aunque no entendiera qué había hecho. Y, al igual que otras veces, creyó encontrar la manera perfecta de hacerlo.

Tenía que estar listo para su próxima presentación.




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