La semana volvió a empezar con otro lunes cargado de clases desde temprano y actividades extras para sumar créditos complementarios. A Iván le dolía la cabeza cuando salió de clases cerca del atardecer. Se acariciaba la nuca y hacía movimientos circulares intentando aliviar la tensión sobre sus hombros.
Parado en la puerta de entrada, sacó un cigarro. La primera inhalación fue lo bastante profunda como para hacerlo toser ligeramente. Quieto, su mochila pesaba muchísimo más de lo que debería con apenas unas libretas y unos lápices en el interior.
Observó atentamente ambos lados de la calle. Doblando una esquina, apareció una chica alta, de rizos castaños y rostro pecoso. De inmediato, tiró el cigarro al piso y lo apagó de un pisotón.
—Hola, amor —saludó la chica mientras se acercaba—. ¿Te hice esperar mucho?
El joven sonrió, aún incrédulo de que aquella chica tan linda llamada Dina fuera su novia.
—No, acabo de salir —respondió, dándole un beso.
—¿Día pesado? No me lo tomes a mal, pero te ves acabadísimo —señaló, preocupada.
—Más que día, diría fin de semana —resopló, frotándose los ojos—. Estoy preocupado por la banda.
La chica inclinó la cabeza.
—¿Y eso?, ¿Les fue mal en la presentación?
—No, salió bien. Pero igual todo está valiendo madre… Ya sabes, volvieron a pasar cosas entre Sebas y Leo.
Dina torció los ojos.
—¿Ahora qué hizo el imbécil de Leo?
—Ya sé que no te cae bien, pero tampoco es que haya hecho algo malo a propósito… No tiene ni idea de que le gusta a Sebas.
—En serio, ¿cómo no se da cuenta?
El bajista se encogió de hombros.
—Está ciego el pendejo. Y pues no es como que yo pueda llegar y decirle: «Ey, cabrón, deja de andar de pata de perro porque tu mejor amigo está enamorado de ti». No me corresponde —señaló dando un suspiro.
Iván tomó la mano de su novia, juntos empezaron a recorrer las calles. La chica, durante varios minutos, observó el piso en silencio, decidiéndose a indagar en el tema.
—Sebas debe estar pasándola mal, ¿verdad? —preguntó, seria.
Las imágenes de lo ocurrido la madrugada de la fiesta regresaron a Iván como el chillido de un acople. Sus labios se torcieron.
—Ni te imaginas.
—¿Y de verdad nunca ha pensado en decirle lo que siente?
—No lo sé, pero entiendo que no quiera hacerlo.
—¿Y eso?
Dina lo miró atentamente mientras esperaban en una esquina a que dejaran de pasar los carros para poder cruzar. Iván solo respiró profundamente.
—Se conocen desde muy niños y, desde entonces, parecen uña y carne. Yo… no sé bien qué pedo con sus familias. Desde que los conocí, no suelen hablar de esos problemas, pero es evidente que ambos son el apoyo del otro. Si le confiesa a Leo lo que siente y no es correspondido, no solo tendría que aguantar el rechazo. También podría perder a su mejor amigo, su lugar seguro.
Dina frunció ligeramente el ceño. Cruzaron la calle en dirección a un pequeño centro comercial.
—Entonces sí está bien jodido este asunto.
—Ey, y después de lo que pasó tras la presentación, no estoy seguro de cuánto tiempo Sebas pueda seguir aguantando. Va a explotar en cualquier momento.
La chica ajustó el agarre entre sus manos con fuerza.
—¿Y si hablas con Ulises? A lo mejor entre los dos se les ocurre algo.
Iván soltó una pequeña risa sin humor.
—Ya lo hemos hablado muchas veces.
—¿Y luego?
—Nada. Estamos igual de perdidos.
—¿En serio ninguno sabe qué hacer?
—Nel. ¿Qué se supone que hagamos? No podemos obligar a Sebas a confesarse. Incluso una vez en la prepa intentamos persuadirlo. Y tampoco podemos ir con Leo y soltarle todo así nada más. Esa no es nuestra decisión.
Dina mostró media sonrisa.
—Supongo que no.
Exhausto, Iván tomó un largo respiro y pasó la mano libre por su cabello.
—Suficiente. Por hoy no quiero pensar más en eso.
Su novia levantó una ceja.
—¿Seguro?
—Sí. Será problema de mi yo de mañana.
Enseguida, le dio un beso corto.
—Vamos, me muero de hambre.
La chica sonrió y se enganchó de su brazo. Se dirigieron a la sucursal de una cadena de hamburguesas.
Por esa tarde, al menos, decidieron dejar los problemas de «Claro de Luna» atrás.
*
En otro punto de la ciudad, en la facultad de música, Sebas se aferraba al mesabanco intentando distraer su mente de cualquier pensamiento relacionado a Leo. Sin embargo, la lección teórica del viejo profesor de dirección musical resultaba todo menos una solución.