Los Costa Ibero

Mis abuelos paternos

Los hilos de la sangre

Para comprender las tempestades y las glorias de los Costa Ibero, es necesario desenredar primero los hilos de nuestra propia sangre. Mi abuelo paterno se llamaba Raúl Costa Ibero, exactamente igual que su hijo mayor, el tío Raúl.

Mis abuelos, de hecho, eran primos hermanos, una circunstancia de la época que generaba dinámicas familiares muy particulares: la madre de mi abuelo era, al mismo tiempo, la tía y la suegra de mi abuela Cuca. Lejos de los roces que cualquiera podría imaginar, mi abuela la adoraba con devoción. Debido a este cruce familiar, mi abuelo, mi padre y todos sus hermanos compartían exactamente los mismos apellidos.

El abuelo que no conocí

Lamentablemente, mi abuelo Raúl ya había fallecido para el momento en que yo llegué al mundo. A excepción de algunas fotografías antiguas que conservo en mi Mac, sé muy poco sobre su vida y su personalidad, algo que verdaderamente lamento en el alma. Por los retazos de historias que logré rescatar en casa, sé que mis abuelos se amaban profundamente, al punto de que su muerte prematura sumió a Cuca en una depresión desgarradora y muy prolongada. Ella nunca volvió a ser la misma tras perder al gran amor de su vida.

A partir de ese quiebre, la historia de los Costa Ibero tomó rumbos inesperados. Las siguientes páginas son el testimonio vivo de ese devenir...

Un comienzo humilde

Según los recuerdos que mi hermana Irene logró rescatar de la propia fuente hace ya muchos años, nuestra abuela paterna, a la que todos le decíamos Cuca, se casó siendo sumamente joven. En aquellos tiempos en que vivían en la rigurosidad del campo, su rutina diaria era admirable: se levantaba de madrugada, ordeñaba las vacas a mano, hacía la manteca ella misma y, a las cinco de la mañana en punto, salía a venderla al paso del tren.

De esa misma época campera, en la familia siempre se contaba una anécdota providencial sobre mi padre cuando era apenas un niño: un día, en un descuido, el pequeño se cayó de cabeza en el baño de inmersión de las ovejas. Mi abuela Cuca reaccionó con una velocidad milagrosa y logró salvarlo de morir ahogado; tal y como describían la escena, al Gitano ya solo se le veían los pelos flotando en la superficie, y de ahí mismito lo manoteó su madre para sacarlo a flote.

El rescate de los rostros en el tiempo

Hay una fotografía del casamiento de mis padres muy significativa que retrata a la familia en aquellos años. Si la miramos de izquierda a derecha, se puede identificar perfectamente a Mamama, seguida por mi abuela Cuca, mi tía Lila, mi padre (el Gitano) y, finalmente, a Tata. En la escena también aparece una niña pequeña: se trata de Alicia, la segunda hija de mi tío Raúl.

Existe además otra imagen que guardo como un verdadero tesoro, la cual es en realidad el recorte de una fotografía más grande donde se alcanza a apreciar bastante bien la cara de Cuca. Mi madre siempre me decía que mi abuela paterna había sido una mujer sumamente hermosa en su juventud; sin embargo, como a ella le reventaban las cámaras y no le gustaban las fotos en absoluto.

Yo no supe realmente cómo lucía el rostro de mi propia abuela paterna hasta el 25 de enero de 2025.Ese día exacto, revisando mis archivos en la computadora, encontré la vieja imagen perdida, la agrandé de forma digital y, por fin, pude contemplar sus facciones y su belleza. En esa misma postal, la bebé que aparece en brazos es Marita, la hija mayor de mi tío Raúl.




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